16
noviembre
2002
Juan
Barbagelata
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Leaving
Santiago [8]
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No
es necesario desplazarse muchos kilómetros para viajar.
He soñado con estar en Londres, París, New
York, Barcelona.
Pero también he visto la miseria, sobre todo humana,
en los cordones industriales de Buenos Aires y Rosario en
Argentina. Y día a día transito el dolor de
las almas que se apiñan en los bordes de Santiago,
Chile.
Desde la ventana de mi dormitorio veo la cordillera de los
Andes, imponente, nevada, la columna vertebral del planeta
como dice un conocido. A veces enturbiada por las nubes
y el smog.
En los atardeceres roza lo mágico, el sol que se
oculta sobre el océano Pacífico le lanza sus
últimos rayos de luz ayudándola a brillar.
Bajo la vista de la cordillera y encuentro visualmente la
población de Santa Julia. Con sus casas mediagua,
oscuras, con rejas, patios de tierra sin pasto, oscuridad
en los colores. Oscuridad en la gente. En sus almas.
Camino por Rodrigo de Araya rumbo a casa, en la rotonda
Lo Plaza.
Los adolescentes en la plazoleta central intentan formas
de relación, estirando el tiempo para volver a sus
casas, que albergan más carne humana por metro cuadrado
que lo que sugiere la UNESCO. Una forma de evitar conflictos
es estar en la calle lo más que se pueda.
Son las 18 horas, y mientras atardece y camino, me cruzo
con varias personas borrachas.
A pesar de su estabilidad económica, sobre todo comparando
con sus vecinos, Chile tiene un alto grado de alcoholismo
en la población. Quizás sea la presión
constante que tienen. Para producir, para consumir, en una
ciudad donde las risas son un elemento extraño.
En una de las plazoletas me encuentro con la imagen que
más me conmueve. Una mujer de edad indefinida tirada
en el pasto. Otras dos paradas a su lado. Una dice "la
Nancy parece muerta". La otra responde "no, si
está curada, poh". Curado es borracho.
Mientras paso a su lado, hoy Lunes 2 de Setiembre, las dos
mujeres intentan levantar a su amiga. Si queda dos horas
más en ese lugar, sufrirá mucho. La temperatura
baja rápidamente cuando el sol se va.
No he viajado tantos kilómetros, pero me acuerdo
de "Blade Runner" de Ridley Scott.
Y puedo decir, como el replicante con su angustia a cuestas,
"he visto incendiarse naves en la constelación
de Orión..."
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11
de Setiembre de 1973. Golpe de estado que derroca al gobierno
de la Unidad Popular de Salvador Allende.
Bombardean el Palacio de la Moneda, la casa de Gobierno.
Allende muere en su despacho con una ametralladora en sus
manos, defendiendo la democracia.
El golpe fue ejecutado por Augusto Pinochet Ugarte y sostenido
materialmente por la CIA y Estados Unidos.
11 de Setiembre de 2002. Tengo que renovar mi visa. Temprano
en la mañana tomo un bus a la frontera, intentaré
salir y entrar en el mismo trámite para no bajar
la cordillera del lado Argentino.
Mientras viajo disfruto el paisaje de montaña casi
Zen.
Día soleado, cielo celeste de ilustración
de libro escolar.
La ruta está atascada por un derrumbe de nieve. Se
viene el deshielo, nos bajamos, hacemos tiempo caminando
por el blanco de las últimas nieves del año.
Mientras, allá arriba, dos cóndores planean.
Hasta ahora sólo los había visto en el zoológico.
Regreso a casa de noche.
Rodrigo Araya, mi calle está en una tensa calma.
Ya me habían advertido.
Todos los 11 de Setiembre, desde la población Santa
Julia se generan disturbios en protesta contra la dictadura.
Cruzo a comprar una bebida y se escucha una fuerte explosión
quedando todo a oscuras. Desde los callejones afloran sombras
que arman barricadas cortando la avenida, encendidas y llameantes.
Se escuchan gritos contra los "pacos", los carabineros,
que llegan en camiones, vestidos como extras de "La
guerra de las galaxias", cascos, pecheras, botas, palos,
fusiles lanzagases.
Las barricadas son muchas a lo largo de la Avenida Araya,
todas con fuego, la única luz que hay.
Corridas. Gases. Respuesta con armas automáticas.
La Santa Julia se ilumina con los estallidos.
Termino mirando todo desde mi ventana, como una película
de acción con malos efectos especiales.
El sonido de los disparos, los gritos y las corridas siguen
hasta entrada la madrugada. Como una coreografía
repetida año a año.
Mientras tanto nadie va al barrio La Dehesa a molestar a
Augusto Pinochet, el genocida.
Y mañana, cuando termine su turno, muchos "pacos"
se sacarán el uniforme y volverán al mismo
barrio donde reprimieron.
El saldo en tapa de los periódicos es "20 comunas
sin luz, 24 carabineros heridos, 4 graves".
Hace más de doce años que Chile tiene democracia.
Hoy y hasta el 2006 con presidente Socialista. Sospecho
de la lógica chilena.
Me queda el sabor amargo de haber sido testigo, de que América
Latina sigue siendo un perro que se muerde la cola.
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Mes
de festejos patrios. Las banderas azul, rojo y blanco engalanan
los frentes de los comercios, las casas humildes de la Santa
Julia, los edificios de las multinacionales, los modernos
chalets de Las Condes, las camionetas todo terreno, las
guirnaldas de los shoppings y supermercados.
Tanto fervor patrio contagia, o acaso estoy sensible a cualquier
contagio de entusiasmo...
Echo mano a una botella de "Artesanos del Cochiguaz",
pisco de 40º. Sólo con un poco de hielo (pisco
on the rocks?!?). Se siente como tequila reposado, fuego
en la garganta, relajo, te pone pa'delante y estás
"curado" compadre...
En la compactera comienza a sonar "Sr. Cobranza"
de la Bersuit, esa que manda a Menem a la concha de su madre.
Es raro escuchar esa canción en Chile y sentirnos
más cerca...
Segundo vaso de pisco y abrimos las ventanas, y no sentimos
frío, y nos adelantamos al 18, y lanzamos fuegos
artificiales al cielo. Que caen sobre los techos de la Santa
Julia, que está enfrente. La compactera sigue atronando
mientras los techos de las casas mediagua comienzan a arder.
Cúando harán las mediaguas de otro material
que no sea cartón alquitranado?
Y los vecinos salen a la calle, y todo el barrio huele a
marihuana quemada. Y los vecinos ríen y bailan a
la luz del fuego. Se abrazan y gritan "Viva Chile mierda!".
Y suena el despertador a las 7,30 hs. Hay que levantarse
a trabajar. En la promoción que hago me tengo que
vestir de Huaso chileno, luzco como un mapuche vestido de
astronauta.
Siento el sabor residual del pisco. Salgo. Todo está
como siempre, casas bajas, oscuras y micros amarillos que
corren endiablados como si fuera su última carrera
por Rodrigo Araya rumbo a ninguna parte.
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Viernes
13 de Setiembre. Rumbo al trabajo.
Vicuña Mackenna y Vespucio, suburbio oriente de Santiago.
Un puesto callejero, manta sobre el piso, ofrece libros
piratas.
Como los libros y los cd's son muy caros en Chile, existe
una gran industria de la falsificación.
Entre los títulos se destaca "La crisis del
capitalismo global" de Noam Chomsky.
Y me parece muy divertido, que los gringos nos colonizan
a la fuerza, nos imponen su pensamiento por las armas, las
modas, las marcas.
Y aquí, en el extremo sur, en algún suburbio
de Santiago o Arica, les falsificamos su música,
su cultura, sin pagar royalties.
Y en un suburbio de Asunción de Paraguay, en este
preciso instante están fabricando Levi's, Wranglers
y Nikes falsos.
Y en Avellaneda o Gonzalez Catán de Argentina, hay
una imprenta que escupe dólares con la urgencia de
la clandestinidad.
Y George Bush manda tropas a Irak o Afganistán.
Y viven atemorizados por otro atentado.
Y la nana que cuida sus niños es una indocumentada
chilena.
Y el jardinero que corta su césped es un espalda
mojada mejicano.
Y el chofer de ese taxi en Manhattan es un Pakistaní.
Y ese joven que fríe papas en un Mc Donald's de Miami
es un argentino que llegó como turista y se quedó.
Y el dealer que le vende drogas a sus hijos es un balsero
cubano.
Y mientras, los gringos preparan sus tropas para atemorizarnos,
tenemos una multitud de desangelados colándose por
todas partes dentro de su imperio.
Y vivirán con temor, sabrán lo que es tener
miedo.
A que te torturen, a que te maten, a no tener qué
comer mañana.
Cuando un ejecutivo de la Banca Morgan se levante con jaqueca
en Nueva York y firme el despido de miles de latinos.
Y no van a dormir tranquilos nunca más.
Porque somos quienes limpiamos sus casas, los que hacemos
su comida, los que bañamos a sus niños.
Y ahí estamos, en las sombras, esperando que se descuiden.
Noam Chomsky, descansa en paz, que tu profecía se
cumple.
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©
Juan
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