17
diciembre 2002

10 autores
            latinoamericanos:
"Cuando
  el verbo
tensó
 su cuerda"

 

por Sergio Pravaz


Datos en el
índice de autores

Pablo
Neruda
Pablo Neruda
Síntesis biográfica  

AMOR AMÉRICA

TESTAMENTO II

MADRID (1936)

10 autores
seleccionados
con tres poemas
de cada uno
y síntesis biográfica

 

eom
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17
diciembre 2002

Rubén Darío
José Martí
César Vallejo
Oliverio Girondo
Carlos Drummond de Andrade
Manuel Bandeira
Pablo Neruda
Salomón de la Selva
Nicanor Parra
Juan Laurentino Ortíz

eom
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10 autores latinoamericanos:
"Cuando el verbo tensó su cuerda"

Pablo Neruda

Hombre vestido de palabras

Así como el movimiento modernista de Rubén Darío, José Martí y Leopoldo Lugones, tiró de la cuerda de nuestra poesía a fin de romper con la dependencia e ir hacia la adultez proyectando el peso y el valor de su voz sobre la poesía española a partir de la innovación en el lenguaje, dos décadas más tarde, estos mecanismos se consolidan y profundizan, extendiéndose por todo el continente a partir de los movimientos vanguardistas. Desarrollan las propuestas más osadas del modernismo y se formulan nuevas a partir del contacto con las corrientes europeas (expresionismo, futurismo, surrealismo, etc.) como de la propia experiencia cultural. Estos movimientos que generalmente se llaman "vanguardias" y que predominan en los años veinte, tienen grandes nombres que brillan en la poesía latinoamericana; uno de ellos es el poeta chileno Pablo Neruda.

Nació en 1904 en Parral (Chile) como Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, (por sentencia judicial cambia de nombre en 1946 por el de Pablo Neruda). Sus primeros libros fueron Crepusculario (1923), al año siguiente Veinte poemas de amor y una canción desesperada el que tendrá una larga aceptación popular con millones de ejemplares vendidos en todo el mundo.

En un marco histórico, César Vallejo, Oliverio Girondo y Pablo Neruda son los grandes nombres que transitan el límite del postmodernismo y la vanguardia. Su poesía muta a partir de la guerra civil española, adquiere una dimensión social, cuyo sentido americanista lo aleja de toda su producción anterior.

Desde un punto de vista cuantitativo, fue calificado con innumerables adjetivos; aún así, su trabajo se sostiene desde una visión generalizada de su calidad, ya que a pesar de los naturales altibajos en una obra de medio centenar de volúmenes, posee gran intensidad y firmeza. La potencia verbal de su discurso contiene un único ropaje: la poesía; no hay elementos subalternos; el vehículo es uno sólo y es la propia poesía la que emerge como un valor absoluto. Llevó a la práctica la vieja y noble aspiración de impedir que las palabras se queden huecas y vacías por el mal uso o el deshuso de los hombres. Muere el 23 de setiembre de 1973, días después del golpe militar contra el gobierno de Salvador Allende. recibe el Premio Nobel de Literatura en 1971. Su obra es traducida a innumerables idiomas, dejando como legado un trabajo magnífico, tumultuoso, de carácter masivo, que compensa sus flaquezas con momentos incomparables.

Más que levantar un santuario inútil en torno de un poeta hay que arrojarse en su única vertiente para encontrarse con sus versos; leerlos y disfrutarlos; ellos están allí, esperando que cerremos el círculo.

Otra bibliografía: Residencia en la tierra (1925/1947), Canto general (1950), Los versos del capitán (1952), Odas elementales (1954), Cien sonetos de amor (1959), Cantos ceremoniales (1961), Memorial de Isla Negra (1964), La espada encendida (1970).

 

Sergio Pravaz   

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17
diciembre 2002

Pablo
Neruda

 

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10 autores latinoamericanos:
"Cuando el verbo tensó su cuerda"

Por Sergio Pravaz


AMOR AMÉRICA
(1400)

Antes de la peluca y la casaca
fueron los ríos, ríos arteriales:
fueron las cordilleras, en cuya onda raída
el cóndor o la nieve parecían inmóviles:
fue la humedad y la espesura, el trueno
sin nombre todavía, las pampas planetarias.

El hombre tierra fue, vasija, párpado,
del barro trémulo, formas de la arcilla,
fue cántaro caribe, piedra chibcha,
copa imperial o sílice araucana.
Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura
de su arma de cristal humedecido,
las inicales de la tierra estaban
escritas.
            Nadie pudo
recordar después: el viento
las olvidó, el idioma del
agua fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio o sangre.

No se perdió la vida, hermanos pastorales.
Pero como una rosa salvaje
cayó una gota roja en la espesura,
y se apagó una lámpara de tierra.

Yo estoy aquí para contar la historia.
Desde la paz del búfalo
hasta las azotadas arenas
de la tierra final, en las espumas
acumuladas de la luz antártica,
y por las madrigueras despeñadas
de la sombría paz venezolana,
te busqué, padre mío,
joven guerrero de tiniebla y cobre,
o tú, planta nupcial, cabellera indomable,
madre caimán, metálica paloma.

Yo, incásico del légamo,
toqué la piedra y dije

Quién
me espera? Y apreté la mano
sobre un puñado de cristal vacío.
Pero anduve entre flores zapotecas
y dulce era la luz como un venado,
y era la sombra como un párpado verde.

Tierra mía sin nombre, sin América,
estambre equinoccial, lanza de púrpura,
tu aroma me trepó por las raíces
hasta la copa que bebía, hasta la más delgada
palabra aún no nacida de mi boca.

 

 

TESTAMENTO II

Dejo mis viejos libros, recogidos
en rincones del mundo, venerados
en su tipografía majestuosa,
a los nuevos poetas de América,
                  a los que un día
hilarán en el ronco telar interrumpido
las significaciones de mañana.

Ellos habrán nacido cuando el agreste puño
de leñadores muertos y mineros
haya dado una vida innumerable
para limpiar la catedral torcida,
el grano desquiciado, el filamento
que enredó nuestras ávidas llanuras.
Toquen ellos infierno, este pasado
que aplastó los diamantes, y defiendan
los mundos cereales de su canto,
lo que nació en el árbol del martirio.

Sobre los huesos del cacique, lejos
de nuestra herencia traicionada, en pleno
aire de pueblos que caminan solos,
ellos van a poblar el estatuto
de un largo sufrimiento victorioso.

Que amen como yo amé a mi Manrique,
                   mi Góngora,
Mi Garcilaso, mi Quevedo:
                                            fueron
titánicos guardianes, armaduras
de platino y nevada transparencia,
que me enseñaron el rigor, y busquen
en mi Lautrémont viejos lamentos
entre pestilenciales agonias.
Que en Maiakovsky vean como ascendió la
                  estrella
y como de sus rayos nacieron las espigas.

 

 

 

MADRID (1936)

Madrid sola y solemne, Julio te sorprendió con tu alegría
de panal pobre; clara era tu calle,
claro era tu sueño.

                Un hipo negro
de generales,
una ola de sotanas rabiosas
rompió entre tus rodillas
sus cenagales aguas, sus ríos de gargajo.

Con los ojos heridos todavía de sueño,
con escopeta y piedras, Madrid, recién herida,
te defendiste. Corrías
por las calles
dejando estelas de tu santa sangre,
reuniendo y llamando con una voz de océano,
con un rostro cambiado para siempre
por la luz de la sangre, como una vengadora
montaña, como una silbante
estrella de cuchillos.

Cuando en los tenebrosos cuarteles,
cuando en las sacristías
de la traición entró tu espada ardiendo,
no hubo sino silencio de amanecer, no hubo
sino tu paso de banderas,
y una honorable gota de sangre en tu sonrisa.

 

Pablo Neruda

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