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autores latinoamericanos:
"Cuando el verbo tensó su cuerda"
Por
Sergio Pravaz
LOS HERALDOS NEGROS
Hay
golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como el odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!
Son
pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son
las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y
el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay
golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
PIEDRA
NEGRA SOBRE PIEDRA BLANCA
Me
moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves
será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César
Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también
con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros;
la soledad, la lluvia, los caminos...
PARADO
EN UNA PIEDRA
Parado en una piedra
desocupado,
astroso,
espeluznante,
a la orilla del Sena, va y viene.
Del río brota entonces la conciencia,
con pecíolo y rasguño de árbol ávido:
del río sube y baja la ciudad, hecha de lobos
abrazados.
El
parado la ve yendo y viniendo,
monumental, llevando sus ayunos en la cabeza
cóncava,
en el pecho sus piojos purísimos
y abajo
su pequeño sonido, el de su pelvis,
callado entre dos grandes decisiones,
y abajo,
más abajo,
un papelito, un clavo, una cerilla...
¡Este
es, trabajadores, aquél
que en la labor sudaba para afuera,
que suda hoy para adentro su secreción de sangre
rehusada!
Fundidor del cañón que sabe cuantas zarpas son
acero,
tejedor que conoce los hilos positivos de sus venas,
albañil de pirámides,
constructor de descensos por columnas
serenas, por fracasos triunfales,
parado individual entre treinta millones de parados,
andante en multitud,
¡qué salto el retratado en su talón
y que humo el de su boca ayuna, y como
su talle incide, canto a canto, en su herramienta
atroz, parada,
y que idea de dolorosa válvula en su pómulo!
También
parado el hierro frente al horno,
paradas las semillas con sus sumisas síntesis al aire,
parados los petróleos conexos,
parada en sus auténticos apóstrofes la luz,
parados de crecer los laureles,
parada en un pie las aguas móviles
y hasta la tierra misma, parada de estupor ante este
paro,
¡qué salto el retratado en sus tendones!
¡Qué transmisión entablan sus cien pasos!
¡Cómo chilla el motor en su tobillo!
¡Cómo gruñe el reloj, paseándose impaciente
a sus
espaldas!
¡Cómo oye deglutir a los patrones
el trago que le falta, camaradas,
y el pan que se equivoca de saliva!
Y oyéndolo, sintiéndolo, en plural, humanamente,
¡cómo clava el relámpago
su fuerza sin cabeza en su cabeza!
Y lo que hacen, abajo, entonces, ¡ay!
Más abajo, camaradas,
el papelucho, el clavo, la cerilla,
el pequeño sonido, el piojo padre!
César Vallejo