17
diciembre 2002

10 autores
            latinoamericanos:
"Cuando
  el verbo
tensó
 su cuerda"

 

por Sergio Pravaz


Datos en el
índice de autores

César
Vallejo
César Vallejo
Síntesis biográfica  

LOS HERALDOS NEGROS

PIEDRA NEGRA SOBRE PIEDRA BLANCA

PARADO EN UNA PIEDRA

10 autores
seleccionados
con tres poemas
de cada uno
y síntesis biográfica

 

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17
diciembre 2002

Rubén Darío
José Martí
César Vallejo
Oliverio Girondo
Carlos Drummond de Andrade
Manuel Bandeira
Pablo Neruda
Salomón de la Selva
Nicanor Parra
Juan Laurentino Ortíz

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10 autores latinoamericanos:
"Cuando el verbo tensó su cuerda"

César Vallejo

El poema como unidad autónoma

César Vallejo nació en Santiago de Chuco (Perú) el 18 de marzo de 1892. Tras siete años de residencia en Trujillo donde estudió Filosofía y Letras, se estableció en Lima a finales de 1917. Allí apareció su primer libro Los heraldos negros (1918) y cuatro años después el polémico y revolucionario Trilce (1922, año clave para las vanguardias en latinoamérica).

Escala (cuentos) y la novela Fabla Salvaje son de 1923 año de su partida definitiva hacia París, ciudad que sólo abandonaría para algunos viajes a España y los tres realizados a Rusia. La literatura y la decidida actividad política en el Partido Comunista ocuparon todo su tiempo en la capital francesa en una situación permanente de austeridad y pobreza. Colaboró asiduamente con poemas y artículos periodísticos en diversos diarios y revistas de Lima, Buenos Aires, París y Madrid aunque no volvió a publicar libros de poesía. Su novela El tugsteno y sus crónicas de viajes llamada Rusia aparecen en 1931; pero Poemas en prosa, Poemas Humanos, y España, aparta de mi ese cáliz, trabajos con los que se eleva a su madurez artística, no fueron editados hasta después de su muerte, ocurrida el 15 de abril de 1938.

El dolor humano (sentido de manera plural), el erotismo, la solidaridad, los recuerdos de infancia, la tierra americana, la muerte, el sentimiento religioso son algunos de los elementos permanentes de su obra. Según Mario Benedetti, "la importancia de Vallejo radica en que su lírica operó como un factor revulsivo, más como la incitación a una búsqueda que como una influencia literaria, a diferencia de Neruda que impregnó a una legión de cuasi imitadores". Son reconocibles sus acólitos posteriores, pero en la originalidad de su voz, en sus hallazgos y básicamente en su actitud, se observa una relación nueva del poeta con la labor literaria. A pesar de haberse relacionado con los grandes nombres de esa época (Neruda, los surrealistas franceses, Maiakovsky, Picasso, Lorca) jamás perteneció a ningún movimiento estético. En su texto titulado "Contra el secreto profesional", sostiene: "no atender sino a las bellezas estrictamente poéticas, sin lógica, ni coherencia, ni razón. Como cuando Picasso pinta a un hombre, y por razones de armonía de líneas o de colores, en vez de hacerle una nariz, hace en su lugar una caja". O cuando reclamó (a través de la prensa) a sus colegas de la vanguardia latinoamericana: "un timbre humano, un latido vital y sincero, al cual debe propender todo artista, a través de no importa que disciplinas, teorías o procesos creadores".

Violentando las barreras formales y levantando su gran vocación comunicativa, Vallejo desarrolló el poema como una unidad autónoma que se autogestiona, capaz de sorprender con su belleza, con su audacia expresiva y relacionar a la vez sus componentes internos.

A pesar de los ataques de la crítica a sus primeras obras, César Vallejo conoció en vida el prestigio literario (aún cuando tres de sus libros fundamentales son póstumos) hoy es proclamado por unanimidad como uno de los poetas mayores del siglo XX, fundamental por su aporte a los nuevos e innumerables sitios que hoy reconoce el lenguaje y que él tuvo la audacia, el temperamento y la convicción de explorar.

 

Sergio Pravaz   

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17
diciembre 2002

César
Vallejo

 

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10 autores latinoamericanos:
"Cuando el verbo tensó su cuerda"

Por Sergio Pravaz


LOS HERALDOS NEGROS

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como el odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

 

 

PIEDRA NEGRA SOBRE PIEDRA BLANCA

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros;
la soledad, la lluvia, los caminos...

 

 

PARADO EN UNA PIEDRA

Parado en una piedra
desocupado,
astroso,
espeluznante,
a la orilla del Sena, va y viene.
Del río brota entonces la conciencia,
con pecíolo y rasguño de árbol ávido:
del río sube y baja la ciudad, hecha de lobos
abrazados.

El parado la ve yendo y viniendo,
monumental, llevando sus ayunos en la cabeza
cóncava,
en el pecho sus piojos purísimos
y abajo
su pequeño sonido, el de su pelvis,
callado entre dos grandes decisiones,
y abajo,
más abajo,
un papelito, un clavo, una cerilla...

¡Este es, trabajadores, aquél
que en la labor sudaba para afuera,
que suda hoy para adentro su secreción de sangre
rehusada!
Fundidor del cañón que sabe cuantas zarpas son
acero,
tejedor que conoce los hilos positivos de sus venas,
albañil de pirámides,
constructor de descensos por columnas
serenas, por fracasos triunfales,
parado individual entre treinta millones de parados,
andante en multitud,
¡qué salto el retratado en su talón
y que humo el de su boca ayuna, y como
su talle incide, canto a canto, en su herramienta
atroz, parada,
y que idea de dolorosa válvula en su pómulo!

También parado el hierro frente al horno,
paradas las semillas con sus sumisas síntesis al aire,
parados los petróleos conexos,
parada en sus auténticos apóstrofes la luz,
parados de crecer los laureles,
parada en un pie las aguas móviles
y hasta la tierra misma, parada de estupor ante este
paro,
¡qué salto el retratado en sus tendones!
¡Qué transmisión entablan sus cien pasos!
¡Cómo chilla el motor en su tobillo!
¡Cómo gruñe el reloj, paseándose impaciente a sus
espaldas!
¡Cómo oye deglutir a los patrones
el trago que le falta, camaradas,
y el pan que se equivoca de saliva!
Y oyéndolo, sintiéndolo, en plural, humanamente,
¡cómo clava el relámpago
su fuerza sin cabeza en su cabeza!
Y lo que hacen, abajo, entonces, ¡ay!
Más abajo, camaradas,
el papelucho, el clavo, la cerilla,
el pequeño sonido, el piojo padre!

 

César Vallejo

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