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agua / aire / tierra / fuego

el otro mensual, revista de creación literaria y artística - ISSN 1578-7591

Antonio Tello

Cuaderno de notas
de Manuel T. (4)

Antonio Tello

 

4

Sitges, verano del 90. Estoy atrapado. Tirado al sol a orillas de la piscina de Vallpineda, miro el cielo despejado. Parezco un tipo feliz. Arriba, en el apartamento, un montón de folios escritos cuenta una historia verosímil. Bastaría. Pero sé que los personajes han nacido muertos. No. No tienen alma. Alguien me saluda desde el agua. Sonrío. Estoy atrapado entre el bienestar y la desesperación. La voz que debía alentar los personajes es sólo un eco de la memoria.

Ahora sé que ya no oigo sino mi empeño en aferrarme a aquel que fui. Ese que en diciembre de 1975, en unas pocas horas, pasó del verano de Buenos Aires al invierno de París. Nada sobrenatural en un siglo de grandes innovaciones tecnológicas. Velocidad y transporte. Pero el paso sin transición de una estación a otra arrastraba un ruptura irreparable. Los lazos biográficos que me unían al paisaje conocido se habían tensado más allá de lo soportable. Había perdido mi mundo. Debía fundar otro. Otro.

Aunque en general no nos demos cuenta tendemos a seguir nuestra voz interior. El profundo sonido que nos guía a través de la realidad inmediata. Entre los gestos de supervivencia. Entre los restos del naufragio. Acaso porque la palabra es aquello que nos crea y nos identifica, recalo en Barcelona. Refundo el paisaje. Estoy salvado. Pero de un modo brutal reconozco el trazo de la pérdida. El valor de la palabra. Ésta no sólo es un medio para contar una historia. Es la historia misma. Sí, la nueva voz me sirve para escribir reportajes, artículos, pero no para narrar historias que describan el mundo con las íntimas vicisitudes que provocan el dolor y la alegría, el temor y el arrojo, la soledad y la compañía. Esas historias que corren por mis venas como la savia por el cuerpo del árbol. Y ahora sé que tampoco la antigua voz vale para contarlas. Estoy perdido. Sin voz.Oigo las risas y mi propia risa entre ellas. Sin embargo, no puedo evitar un sentimiento de aislamiento y extrañeza.

El extranjero. Sin nostalgia que cultivar sólo me queda el vacío. La imposibilidad de pronunciar la palabra verdadera que salve las historias de su falsedad argumental y a sus protagonistas de su no vida. Entonces sucede. La cuadrícula de la piscina se abre al mar y al horizonte del valle. El recuerdo de una lectura y del breve apunte para un poema o historia que suscitó aparece como una pequeña nube en el cielo despejado. Ni siquiera entorpece el sol. Está allí: «Sospecho que Howard Phillips Lovecraft al escribir The colour out of Space fue presa de la misma patética emoción que turbó al anónimo astrólogo asirio de Dur Sarrukin, cuando, en escasas líneas llenas de venerable estupor, refirió en el Libro Sagrado de Ishtar, el paso de un cometa y el recuerdo de una piedra que cayó del cielo, en tiempos en que los hombres aún ignoraban la forma de notariar sucesos y asombros».

Alzo la vista al cielo. Miro la nube. Sé que por algo está allí. Como la piedra fundamental de un edificio en un baldío. La metáfora, aunque vulgar, tiene la facultad de remitirme a un cuento escrito años antes: «El arquitecto». Es la historia de un hombre que construye una catedral que todos tienen por la más bella del mundo. Sin embargo, él queda atrapado en ella. Ha cometido un error. Acaso arrastrado por el afán de gloria ha construido un edificio perfecto. No importa que los demás confundan belleza y perfección. Él sabe que su catedral es perfecta, pero no bella. La coincidencia sólo se verifica cuando el espacio, la materia y el alma comulgan en plenitud. Cuando, en algún instante, se convierten en un destello del mundo.

Me pregunto qué hacen esas dos nubes en el cielo. El sol y el agua siguen su juego de brillos. El calor no deja espacio para la brisa. Sin embargo, un escalofrío me eriza la piel. Un sutil cataclismo me agita. Miro hacia arriba y el sol me enceguece. Cierro los ojos y veo un cielo oscuro y líquido. Pequeñas estrellas van y vienen por esa bóveda ocular ¿o son planetas?

He llegado a un momento decisivo. Sé también que cualquier cosa que haga todo seguirá igual, salvo para mí. Las voces de los bañistas suenan próximas. No obstante el silencio crece. Estoy en compañía y solo. Inmerso en la familiaridad y la extrañeza. Comprendo que como el arquitecto del cuento también he cometido un error. Sin saberlo entonces he escrito sobre la misma confusión. La palabra que nos expresa y nos identifica vive con nosotros. No pertenece a ningún paisaje geográfico. Éste ha sido mi error. Creer que podía fijar y moldear mi verdadera voz en la memoria sin atender a que el tiempo discurre con nosotros. Algo que no aceptamos naturalmente porque también estamos ligados al cuerpo. A la parte de nuestro ser que se nutre de sentimientos y sensaciones; a la parte que envejece y perece induciendo a aferrarnos de aquello que fuimos.

Ahora entendía la razón por la cual resultó un engaño creer que había recuperado la voz tras viajar a Argentina y reencontrarme con la gente y el medio. La absurda geografía del recuerdo. Lo vi todo igual. Creí verlo todo igual, pero ya nada lo era. No comprendí entonces que la identidad no tenía nada que ver con la constatación de los afectos ni el reconocimiento de una calle. Estas eran sensaciones que permanecían a pesar de todo en algún lugar de nuestras biografías, pero que éstas habían seguido caminos diferentes, apartadas y desmembradas del entorno común. No, la voz no podía ser la misma. Tampoco otra. Quiero decir que mi voz había sufrido el desgarro de todo destierro, pero también que había sobrevivido. Sigue definiéndome como hombre y como artista. Aunque parezca traicionar los sentimientos, continúa fiel al espíritu que me alienta. Soy yo, ser de cuerpo y alma, quien debe reconocer su identidad más allá del paisaje y de la memoria.

 

A partir del día siguiente, comencé a viajar en tren a Barcelona por la mañana muy temprano y a regresar por la noche. Durante todo el día escribía como un poseso una novela que en principio llamé «El señor de los vientos» y después «El hijo del arquitecto». A partir del cuento «El arquitecto» y del poema en el que un sacerdote asirio lee unas páginas del «Libro de Ishtar» construí el relato de una metáfora. La del dramático esfuerzo del artista, cualquiera sea el tiempo y el lugar, por hallar y expresar la palabra capaz de fundar el mundo y hacerlo más habitable y armonioso.

No sin sorpresa para mí, dada mi lentitud habitual para dar forma a una novela, en dos meses acabé un texto de más de doscientas páginas. Al leerlo supe que había recuperado el tono, pero también que éste estaba confundido en un bosque de múltiples sonidos. De modo que me aboqué a la tarea de despojar a la palabra de todo aquello que disimulaba u ocultaba su sustancia. Así, durante más de un año, cayeron episodios superfluos, giros ampulosos, adjetivos y adverbios que contaminaban el sustantivo y el verbo y distorsionaban su potente significación. El libro quedó reducido a un centenar de páginas. Un amigo –Virgilio Ortega– tras una gestión fallida me sugirió que se lo enviase a Mario Muchnik y así lo hice a finales de 1992. Al cabo de una semana de habérselo enviado, Mario me llama para decirme: «No sé qué decirte, es un libro extraño, se lo he pasado a Jacobo (su padre), para que me aconseje». El libro fue publicado en agosto de 1993, con un fragmento de Agonía en el jardín, de Andrea Mategna, ilustrando la portada.

Fue así como aquel verano del 90, cuando, atrapado entre dos poderosas fuerzas opuestas que cuestionaban mi presente, hallé el modo de reconocerme en mi extranjeridad y de armonizar, aunque fuese por un instante, con el mundo. Uno de los personajes que descubrí en esos días me hizo escribir: «...el mundo, el mundo humano, es una palabra sin pasado, sin presente y sin futuro. Una palabra que simplemente existe por un acto de voluntad. Es la lectura lo que fragmenta el ser de la palabra en presente, pretérito y futuro. Pero la lectura es también un acto de voluntad que perfecciona el mundo, porque evoca la dimensión del todo y valora el esfuerzo del hombre por superar el dolor, aunque este esfuerzo no sea más que un fugaz destello en el gran espacio» .

 

 

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¿Tiene la poesía una función? Tengo reparos en reconocerle a la poesía una función y estos reparos obedecen a que habitualmente se suele limitar dicha función a la instrumentalización de los recursos poéticos para describir la realidad inmediata, ya sea en forma de denuncia, como la llamada poesía social, o en forma de costumbrismo, como la mal llamada poesía de la experiencia. En todo caso, de tenerla, la función de la poesía es la de ser vía de aproximación a la contemplación de la belleza y al conocimiento del alma humana.

La función poética surge del deseo de conocer el origen que anima al poeta. Todo poeta –no hablo de quien sólo escribe versos- es atraído por una fuerza irresistible que lo lleva a los confines del silencio –al origen-, donde la palabra anida desnuda y con toda su potencia genésica. De aquí que el acto poético sea un gesto fundacional del mundo en cuya ejecución el poeta accede a distintos registros y dimensiones de la realidad existencial.

 

 

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La palabra determina el camino entre el sonido y el silencio. Desde un punto de vista lingüístico la palabra contiene la raíz, el concepto o idea de lo que nombra y, para decirlo en palabras de Ferdinand de Saussure, la imagen acústica. En términos poéticos el sonido es expresión de la existencia, la voz que pronuncia, frente a la no existencia, el silencio original e insondable.

En Sílabas la palabra, degradada por la impunidad y la injusticia del mundo y fragmentada en sílabas por la violencia, es llevada por el poeta hacia los confines del silencio en un desesperado y al mismo tiempo racional intento de re-crear el mundo. En cierto modo, una vez rota la palabra, destruido el mundo, el poeta confía, a pesar de todo, en la razón humana para preservar la sílaba, la última partícula de la voz, del sonido que contiene el germen de la vida.

 

 

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Leo en Vida secreta, novela de Pascal Quignard que la palabra fascis, "haz", "manojo", también fue empleada por los romanos como extensión significativa para designar al pene. Pero lo más notable es que de la sensación hipnótica y arrobadora que produce la mirada del pene en erección crearon el sustantivo fascinator -encantador- y de éste el verbo fascino -encantar- que está en el origen de la voz castellana fascinación -encantamiento, hechizo- aunque aparentemente desprovista de la directa connotación sexual de su origen.

 

 

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¿puede la flor pedir fidelidad al viento?

 

 

El viento no sopla para que las plantas se inclinen a su paso;

ni para llevarse las hojas de sus ramas, ni los pétalos de sus flores,

sino para nutrirse de millones de fragancias,

voces y sonidos que nacen a su paso;

para sentir el temblor de lo que toca, entre el arrebato y la duda,

para explorar las honduras del bosque y la horizontalidad de las llanuras.

 

La naturaleza del viento es la caricia.

 

 

© Antonio Tello

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