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Las
fuerzas económicas han consagrado las formas narrativas
realistas como expresión de la literatura moderna.
De este modo se aseguran desde el punto de vista mercantil
mantener o extender los niveles de consumo, en la medida que
el lector toma la lectura como pasatiempo y rara vez como
recurso de reflexión o de crecimiento personal. De
hecho esta seudo literatura contribuye a consolidar las reglas
del poder establecido acotando los territorios de libertad.
La
mayoría de los escritores contemporáneos seducida
por la proyección social que brinda la industria editorial
parece no darse cuenta de la trampa que comporta la fidelidad
al modelo realista. Esta forma, acaso idónea para las
condiciones de la primera mitad del siglo XIX, ya no puede
expresar la complejidad de la sociedad actual y mucho menos
la de la realidad del ser humano y del mundo.
La
reinvidicación del argumento como esqueleto de la historia
sería tan ridícula como reivindicar la cuaderna
vía, si no fuese porque en la reivindicación
del argumento se asienta el orden represivo del sistema. No
sin ingenuidad, muchos escritores se presentan como defensores
de la libertad y al mismo tiempo escriben contra ella. Lo
hacen exponiendo una historia concluida a la que el
lector accede como un agente pasivo siguiendo paso a paso
el argumento sin poder entrar en otras realidades que la misma
historia narrada puede contener. El escritor utiliza en estos
casos su poder creador para dominar al lector y someterlo
a sus propias argumentaciones acerca de la realidad, sin percatarse
de que imita el modelo represivo del sistema. El escritor
ignora, real o aparentemente, que este modelo estético
no es una vía de liberación sino de perpetuación
del sistema.
La novela realista no es una novela emancipada del orden establecido.
La novela realista pertenece al poder. Sus mecanismos expositivos
reducen la realidad, incluso sus registros más profundos,
a una mera crónica de acontecimientos y sentimientos
epidérmicos acotada a un determinado segmento, del
cual el lector no tiene ninguna posibilidad de escapar. En
consecuencia, la realidad que expone no sólo es limitada,
sino también fraudulenta porque las cosas no son
verdaderamente como pretende hacerlas ver. Este superficial
apego a lo real actúa como una capa que vela los matices
y la esencia de la realidad y contribuye a la enajenación
del lector y a la negación de su capacidad para acceder
libremente a esos registros.
Para
el escritor moderno narrar es contar algo único y original;
es revelar a través del lenguaje aquello esencial que
el orden establecido pretende ocultar detrás del pensamiento
único, expresiva formulación de la alienación,
clausurándole así al lector las puertas y ventanas
que dan acceso a la imaginación o lo que es lo mismo,
al ejercicio de la libertad.
En el curso de la vida sucede
que el esfuerzo del intestino
no basta para evacuar la corrupción.
Como Borges detesto esos escritores realistas que documentan
la realidad como si la realidad humana fuese sólo aquello
que se ve. Los hijos de los Flaubert, los Zola, los Balzac,
etc., que en su día representaron un estadio de la
literatura, los Wolfe, los Carver y toda esa gente adscripta
al "realismo sucio", incluidos los epígonos
de habla castellana, parecen no haberse enterado de que ya
existen los periódicos y la televisión. Muchos
de ellos redactan bien, pero ignoran o, lo que es más
perverso, desprecian la función contemporánea
de la literatura. Por ejemplo, no se puede decir que La
fiesta del chivo de Vargas Llosa esté mal escrita,
pero me pregunto qué tiene de literaria cuando
apenas supera la categoría de crónica
recreada de la dictadura trujillista. ¿Es eso literatura
si la comparamos con Yo, el Supremo de Roa Bastos?
¿O el Recurso del Método de Carpentier?
¿O el Señor presidente de Asturias?
¿O El tirano Banderas de Valle Inclán?
Recuerdo
a mi querido Gerard de Nerval para contradecirlo, pues no
soy el desconsolado príncipe de la torre abolida, sino
la piedra de esa torre, acaso la misma que servirá
de apoyo a algún peregrino o mural para un mensaje
de auxilio o de amor, acaso para la flecha que indica el camino.
Sí, soy esa piedra entre las ruinas.
...he
pegado sobre mi pecho carteles con tu foto y la leyenda Wanted.
Ofrezco mil flores de recompensa a quien me dé información
sobre tu paradero. ¿Estás en casa? ¿De
vacaciones? ¿En el trabajo? ¿Congelada? ¿Enamorada?
¿O simplemente perdida en los senderos del día?.
Otra cosa: también, a quien me dé datos de ti,
le daré el siguiente poema que compré en el
mercadillo de los miércoles:
Agradezco
al jaguar la naturaleza de sus pasos,
porque de ella aprendí el modo de acariciarte.
Nota
introductoria -
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