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Cuaderno de notas
de Manuel T.

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Las fuerzas económicas han consagrado las formas narrativas realistas como expresión de la literatura moderna. De este modo se aseguran desde el punto de vista mercantil mantener o extender los niveles de consumo, en la medida que el lector toma la lectura como pasatiempo y rara vez como recurso de reflexión o de crecimiento personal. De hecho esta seudo literatura contribuye a consolidar las reglas del poder establecido acotando los territorios de libertad.

La mayoría de los escritores contemporáneos seducida por la proyección social que brinda la industria editorial parece no darse cuenta de la trampa que comporta la fidelidad al modelo realista. Esta forma, acaso idónea para las condiciones de la primera mitad del siglo XIX, ya no puede expresar la complejidad de la sociedad actual y mucho menos la de la realidad del ser humano y del mundo.

La reinvidicación del argumento como esqueleto de la historia sería tan ridícula como reivindicar la cuaderna vía, si no fuese porque en la reivindicación del argumento se asienta el orden represivo del sistema. No sin ingenuidad, muchos escritores se presentan como defensores de la libertad y al mismo tiempo escriben contra ella. Lo hacen exponiendo una historia concluida a la que el lector accede como un agente pasivo siguiendo paso a paso el argumento sin poder entrar en otras realidades que la misma historia narrada puede contener. El escritor utiliza en estos casos su poder creador para dominar al lector y someterlo a sus propias argumentaciones acerca de la realidad, sin percatarse de que imita el modelo represivo del sistema. El escritor ignora, real o aparentemente, que este modelo estético no es una vía de liberación sino de perpetuación del sistema.

La novela realista no es una novela emancipada del orden establecido. La novela realista pertenece al poder. Sus mecanismos expositivos reducen la realidad, incluso sus registros más profundos, a una mera crónica de acontecimientos y sentimientos epidérmicos acotada a un determinado segmento, del cual el lector no tiene ninguna posibilidad de escapar. En consecuencia, la realidad que expone no sólo es limitada, sino también fraudulenta porque las cosas no son verdaderamente como pretende hacerlas ver. Este superficial apego a lo real actúa como una capa que vela los matices y la esencia de la realidad y contribuye a la enajenación del lector y a la negación de su capacidad para acceder libremente a esos registros.

Para el escritor moderno narrar es contar algo único y original; es revelar a través del lenguaje aquello esencial que el orden establecido pretende ocultar detrás del pensamiento único, expresiva formulación de la alienación, clausurándole así al lector las puertas y ventanas que dan acceso a la imaginación o lo que es lo mismo, al ejercicio de la libertad.

 

 

 

 

 


En el curso de la vida sucede
que el esfuerzo del intestino
no basta para evacuar la corrupción.

 

 

 

 

 

Como Borges detesto esos escritores realistas que documentan la realidad como si la realidad humana fuese sólo aquello que se ve. Los hijos de los Flaubert, los Zola, los Balzac, etc., que en su día representaron un estadio de la literatura, los Wolfe, los Carver y toda esa gente adscripta al "realismo sucio", incluidos los epígonos de habla castellana, parecen no haberse enterado de que ya existen los periódicos y la televisión. Muchos de ellos redactan bien, pero ignoran o, lo que es más perverso, desprecian la función contemporánea de la literatura. Por ejemplo, no se puede decir que La fiesta del chivo de Vargas Llosa esté mal escrita, pero me pregunto qué tiene de literaria cuando apenas supera la categoría de crónica recreada de la dictadura trujillista. ¿Es eso literatura si la comparamos con Yo, el Supremo de Roa Bastos? ¿O el Recurso del Método de Carpentier? ¿O el Señor presidente de Asturias? ¿O El tirano Banderas de Valle Inclán?

 

 

 

 

 

Recuerdo a mi querido Gerard de Nerval para contradecirlo, pues no soy el desconsolado príncipe de la torre abolida, sino la piedra de esa torre, acaso la misma que servirá de apoyo a algún peregrino o mural para un mensaje de auxilio o de amor, acaso para la flecha que indica el camino. Sí, soy esa piedra entre las ruinas.

 

 

 

 

 

...he pegado sobre mi pecho carteles con tu foto y la leyenda Wanted. Ofrezco mil flores de recompensa a quien me dé información sobre tu paradero. ¿Estás en casa? ¿De vacaciones? ¿En el trabajo? ¿Congelada? ¿Enamorada? ¿O simplemente perdida en los senderos del día?. Otra cosa: también, a quien me dé datos de ti, le daré el siguiente poema que compré en el mercadillo de los miércoles:

Agradezco al jaguar la naturaleza de sus pasos,
porque de ella aprendí el modo de acariciarte.

 

 

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