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Cuaderno de notas
de Manuel T.

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Yo soy ese extranjero que mañana regresará

a la patria, al cabo extraña, a cavar

la colina en busca del poema que su memoria

sepultó en una lata de galletas.

Yo soy ese poeta que hundió en la tierra

la palabra y ha olvidado

el lugar

el índice

la página

la montaña

el poema.

Yo soy ese náufrago sin mares que terminará

sus días contando historias, urdiendo leyendas,

pagado por la caridad de los curiosos,

cuando la fatiga le anude los músculos.

 

 

 

 

 

 

Crear es pronunciar, decir. Crear es preguntar. Un acto del habla que, en literatura, hacemos efectivo a través de la escritura. De aquí que la escritura tenga un carácter genésico por el cual es posible dar forma y contenido a un nuevo universo y animarlo con el hálito de nuestro espíritu. Un universo en el que habitan todas las otras criaturas que somos y cuya naturaleza, si las dejamos vivir a su libre albedrío, reproduce la complejidad del individuo y del mundo que lo rodea. Por esta razón, escribir apelando a la esencialidad del lenguaje también significa poner en práctica la decisión -la voluntad- de explorar y saber. Es decir, de conocer y conocerse.

 

 

 

 

 

Escribir para el pueblo. Escribir para el lector. ¿Qué pueblo? ¿Qué lector? Estas son las trampas del realismo. Los engaños del poder. De cualquier poder. De cualquier ideología que pretenda legitimar su dominio sobre los individuos. No se escribe para el pueblo ni para un lector determinado. Se escribe para conocer, conocerse y descubrir la realidad del mundo y de la naturaleza humana. El escritor no es un maestro. El escritor es un navegante cuya carta de navegación -su creación escrita- es el mapa de su propia exploración del mundo; una carta que otros, los lectores, el pueblo, pueden utilizarla para sus particulares exploraciones. Quiero decir, siempre individuales.

Si el escritor escribiera para el pueblo, para el lector ¿qué lenguaje debería utilizar para no engañarlo? ¿qué lenguaje debería emplear para no engañarse y falsear la realidad? La escritura es un acto individual que exige un lenguaje íntimo para reproducir todo aquello que se ha entrevisto más allá de la realidad visible. Y lo que se entrevé no son historias. Son realidades. Las historias se sostienen en argumentos, cuya misma naturaleza inductiva tiende a dar una visión parcial o superficial de la realidad y, consecuentemente, a falsearla. No se escribe a partir de un argumento, sino de un proyecto de viaje cuyo único vehículo de transporte es la palabra. La palabra despojada de todas las pieles que cubren y opacan su más profundo e íntimo significado. Ese corazón que, en su soledad vital, produce tantas armonías como almas escuchen sus latidos. Quiero decir lectores que rechacen la inducción argumental y se lancen a su propia empresa exploradora sin temor a perderse.

Siento que tanto escribir como leer han de ser actos de fe en la libertad individual. La libertad no es una abstracción y es cometido del escritor contribuir a alcanzarla a través de su escritura emancipada de las ideologías de poder. Éstas tienden a imponer una retórica realista que reduce y simplifica el discurso narrativo convirtiéndolo en una expresión superficial, maliciosamente interpretada como claridad, que escamotea la hondura de la realidad y, por lo tanto, el conocimiento y la liberación del espíritu. Por el contrario, la retórica de la libertad se vale de un lenguaje luminoso que alumbra la complejidad del mundo, señala el camino del saber y muestra las diversas dimensiones de la existencia.

 

 

 

 

 

La fuerza del lenguaje está en su capacidad de re-creación, la cual hace que no participe del carácter erosionador del tiempo, sino de fijación, aunque efímera, de aquello que nombra. La naturaleza recreadora de las palabras hace factible la memoria, pero ésta es vulnerable a la acción del olvido, el cual constituye uno de los agentes erosionadores del tiempo.

 

 

 

 

 

 

Cuando los mecanismos de creación comprometen la sustancia del lenguaje, puede ocurrir que descubran realidades aparentemente ocultas a los ojos de los mortales. Por esta razón la escritura sustantiva resulta muy peligrosa para el sistema establecido, porque, si los lectores nucleares entraran en fusión, sus historias producirían una reacción en cadena cuya onda expansiva sería equivalente a millones de nuevas historias que escaparían a cualquier intento de control desde el poder.

 

 

 

 

 

 

 

No, las palabras no suenan. No son mías. Yo las escribo, pero ellas no me dicen. ¿Cómo avanzar entonces? ¿Quién ese desconocido que ahora posee las palabras que hasta ayer eran mías? ¿O son las palabras las que se preguntan: quién es este desconocido que ahora nos escribe?

 

 

 

 

 

 

 

la pasión, esa carne líquida que corre por nuestras venas, es la que nos hace uno; uno el cuerpo, una la palabra, uno el silencio que nos electriza

 

 

 

 

 

 

 


¿o ahora sé que también eres mi ciudad, porque recorro tus calles, avenidas y
pasajes; descanso en tus plazas y visito tus altos edificios; conozco cada
esquina y cada rincón y, de tu mano, puedo penetrar en los íntimos y
secretos suburbios del placer?


ahora sé que hay ciudades de dos habitantes

 

 

 

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