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Son
recuerdos de recuerdos los que uno cultiva con esmero, o los que
te sorprenden al cruzar una calle, como asaltantes o transeúntes
que te preguntan por una dirección. Recuerdas ¿por
cuarta, quinta o sexta vez? ese día en que, con dos años,
cruzabas el Paso del Ecuador y se celebraba una fiesta en la piscina
del barco, el "Cabo San Vicente". Están tan desfiguradas
ya, que no sabes quién ha sido la autora de esas imágenes,
quién la impresora, quién la que proyecta la película
una vez más, y le presta detalles y significaciones. Estos,
digamos, son los recuerdos aburridos de uno mismo.
La segunda clase de recuerdos no provienen
de ti, directamente, sino de otros. Personas o animales o cosas.
Como el escarabajo tallado en un topacio que fue sortija de un faraón,
y luego fue pasando de mano en mano, de transformación en
transformación, de siglo en siglo, hasta terminar hundido
en un lago italiano junto al busto carcomido de algún emperador
...
O mi madre, cuando me dio a luz, muy vistosamente
por cierto. Incluso salimos en el periódico. Nací
en plena calle, mientras ella esperaba la llegada de un taxi. Una
patrulla de la policía se encontró con nosotras, mi
madre tendida en el suelo, apoyada en la pared y sosteniéndome
por los pies a mí, la recién nacida, que permanecía
entre sus piernas unida por el cordón umbilical. Nos trasladaron
a un hospital, donde a mí me metieron en una cama térmica
pues sólo tenía 34 grados de temperatura.
Mi madre tuvo un pequeño desgarro, nada
grave, si se piensa que dio a luz a la intemperie, alrededor de
las siete de la mañana, con seis grados, niebla y orvallo.
Esta madre mía era siria, había llegado junto con
mi padre a Madrid, desde Amsterdam, hacía tres meses y diez
días, acompañados por mi hermano, que entonces tenía
dos años.
Yo recuerdo no sólo lo que sentí
en esos momentos incomparables, sino también lo que sintió
y pensó mi madre, mientras esperaba el taxi y la llegada
de papá, y cuando, apoyada en ese muro de barriada, procuraba
que yo saliera al mundo del modo más cómodo posible.
Recuerdo también la algazara que supuso la llegada de los
dos policías municipales uniformados, conmocionados al ver
que yo estaba aún unida a mi madre por el cordón umbilical,
el viaje con el aturdido taxista, nuestra llegada al hospital, la
sorpresa de papá al verme en mi cunita. Todo debió
ser muy confuso pues ninguno de los dos hablaba castellano, sólo
chapurreaban un poco de francés e inglés. Estábamos
en un centro de acogida de refugiados. A papá y mamá
les habían perdido toda la documentación y todas las
maletas en el vuelo de Amsterdam a Madrid. Iban rumbo a Canadá,
pero en Amsterdam los pararon y los enviaron a España.
De modo que, desde el principio mismo, mi vida
tomaba un rumbo callejero y transeúnte.
Desde entonces, mis recuerdos están
plagados de ciudades, unas reales, otras imaginarias.
Las imágenes del barco Cabo San Vicente
no pertenecen , sin embargo, a esa infancia, sino a otra, también
ajetreada para los papás, sobre todo, y mucho menos cómoda
para ellos.
El domingo que viene iré a visitar a
mi padre a la Residencia Geriátrica de la Seguridad Social
de Talavera de la Reina.
Así como lo oyen.
(Continuará)
©
Amparo
Arróspide
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