Sumario 19

 

Amparo
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Los cuadernos ilustrados
de una traductora vaga
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25 de octubre, 2002

 

Son recuerdos de recuerdos los que uno cultiva con esmero, o los que te sorprenden al cruzar una calle, como asaltantes o transeúntes que te preguntan por una dirección. Recuerdas ¿por cuarta, quinta o sexta vez? ese día en que, con dos años, cruzabas el Paso del Ecuador y se celebraba una fiesta en la piscina del barco, el "Cabo San Vicente". Están tan desfiguradas ya, que no sabes quién ha sido la autora de esas imágenes, quién la impresora, quién la que proyecta la película una vez más, y le presta detalles y significaciones. Estos, digamos, son los recuerdos aburridos de uno mismo.

La segunda clase de recuerdos no provienen de ti, directamente, sino de otros. Personas o animales o cosas. Como el escarabajo tallado en un topacio que fue sortija de un faraón, y luego fue pasando de mano en mano, de transformación en transformación, de siglo en siglo, hasta terminar hundido en un lago italiano junto al busto carcomido de algún emperador ...

O mi madre, cuando me dio a luz, muy vistosamente por cierto. Incluso salimos en el periódico. Nací en plena calle, mientras ella esperaba la llegada de un taxi. Una patrulla de la policía se encontró con nosotras, mi madre tendida en el suelo, apoyada en la pared y sosteniéndome por los pies a mí, la recién nacida, que permanecía entre sus piernas unida por el cordón umbilical. Nos trasladaron a un hospital, donde a mí me metieron en una cama térmica pues sólo tenía 34 grados de temperatura.

Mi madre tuvo un pequeño desgarro, nada grave, si se piensa que dio a luz a la intemperie, alrededor de las siete de la mañana, con seis grados, niebla y orvallo. Esta madre mía era siria, había llegado junto con mi padre a Madrid, desde Amsterdam, hacía tres meses y diez días, acompañados por mi hermano, que entonces tenía dos años.

Yo recuerdo no sólo lo que sentí en esos momentos incomparables, sino también lo que sintió y pensó mi madre, mientras esperaba el taxi y la llegada de papá, y cuando, apoyada en ese muro de barriada, procuraba que yo saliera al mundo del modo más cómodo posible. Recuerdo también la algazara que supuso la llegada de los dos policías municipales uniformados, conmocionados al ver que yo estaba aún unida a mi madre por el cordón umbilical, el viaje con el aturdido taxista, nuestra llegada al hospital, la sorpresa de papá al verme en mi cunita. Todo debió ser muy confuso pues ninguno de los dos hablaba castellano, sólo chapurreaban un poco de francés e inglés. Estábamos en un centro de acogida de refugiados. A papá y mamá les habían perdido toda la documentación y todas las maletas en el vuelo de Amsterdam a Madrid. Iban rumbo a Canadá, pero en Amsterdam los pararon y los enviaron a España.

De modo que, desde el principio mismo, mi vida tomaba un rumbo callejero y transeúnte.

Desde entonces, mis recuerdos están plagados de ciudades, unas reales, otras imaginarias.

Las imágenes del barco Cabo San Vicente no pertenecen , sin embargo, a esa infancia, sino a otra, también ajetreada para los papás, sobre todo, y mucho menos cómoda para ellos.

El domingo que viene iré a visitar a mi padre a la Residencia Geriátrica de la Seguridad Social de Talavera de la Reina.

Así como lo oyen.

(Continuará)

 

Amparo Arróspide

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