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TARDES DE MADRES EN BUENOS AIRES > 9
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por la cabeza...    
      Araceli Otamendi   punto de encuentro
  29 tierra - prosa     Madres intelectuales - II   índice de autores
             
         
A Leticia Uhalde
In memorian

 

Las dos mujeres conversan en la cocina del departamento mientras la empleada toma mate y las mira. De vez en cuando la empleada que se llama Tina interviene en la conversación. Hace un calor bochornoso, de ese que hace que se peguen las piernas a las sillas y el agua corra por la piel y moje los vestidos. Es verano en Buenos Aires y las dos mujeres no hacen otra cosa más que hablar y tomar mate mientras los niños corren en triciclo por el departamento. El departamento es antiguo, es una de esas casas construidas en Buenos Aires hace más de setenta u ochenta años. Buena construcción, paredes gruesas, ascensores jaula.

—Si volviera a hacer una revista para chicos te nombraría secretaria —dice la mujer más grande después de chupar la bombilla y pasarle el mate a la empleada.

—¿Cómo sabés que yo serviría para secretaria de una revista para chicos? —dice la mujer más joven.

—Es un decir, si querés hacer otra cosa decime y ya vemos. Es un proyecto —agrega. Y enseguida pide la aprobación de Tina, quien en traje de baño color amarillo como uno de los girasoles de Van Gogh vierte agua caliente en el mate lleno de yerba. Tina le guiña un ojo y chupa la bombilla mientras mira a las dos mujeres. El agua baja por la frente de la mujer de rasgos algo aindiados y ojos oscuros. La cocina está limpia, el mármol blanco de la mesada reluce. A unos metros se escuchan los gritos de los niños jugando en un cuarto.

—¿Y cómo harías esa revista para chicos? —pregunta la mujer más joven.

La mujer más grande se ríe a carcajadas. Ahora te voy a contar mi entrevista, la entrevista que tuve cuando me llamaron y me lo propusieron. Le dije todo lo que pensaba y me lo aceptaron.

—¿Y qué les dijiste? —quiso saber la mujer más joven mientras terminaba de chupar la bombilla—. La yerba ya no tiene gusto. Preferiría tomar un café, si podés.

—Vos siempre con el café, se vé que sos porteña. Los porteños viven tomando café...

—Porteña no soy, no nací en Buenos Aires, me gusta Buenos Aires y quiero a esta ciudad: "Se me hace tan eterna como el agua y el aire", repite el verso de Borges.

—Allá vos, aquí me enloquezco. Está bien, Tina por favor prepare el café para mi amiga. Si no toma café no vive ...

—Sí, vivo igual, y es más, te invito a tomar un café en el bar de la esquina.

—No, no tengo ganas de cambiarme, mirála a Tina, cómo se puso la malla. Nosotras estamos con pantalones, aguantando este calor.

— No me acostumbro a estar en malla en un departamento —dice la mujer más joven.

Dos niños de alrededor de cuatro años pasan a toda velocidad pedaleando triciclos delante de las dos mujeres. Los niños hacen ruido de motores como si corrieran carreras. Las mujeres se miran con expresión de no saber qué hacer mientras Tina prepara el café. La mujer más grande prende un cigarrillo.

—¿Y sabés qué propuse para hacer una revista de chicos?

—No, no se me ocurre.

—Primero, una nota que hable de las villas miseria. Para que todo el mundo sepa lo que es una villa miseria.

—Me parece bien. ¿Qué te dijeron?

—Nada, me miraban con los ojos bien abiertos. Me pedían detalles.

—Supongo que no harás una revista solamente con una nota sobre las villas miseria.

—No, no, además le dije que hay que poner una nota sobre las mucamas, qué es una mucama, explicar. Que la empleada es una persona que trabaja en la casa y merece el mismo respeto que cualquier empleado de otro lugar. ¿No es cierto Tina? ¿Usted está de acuerdo?

Tina mira a la mujer más grande y asiente.

—Vos verás que nosotros jamás le hicimos poner un uniforme a Tina.

—¡Qué ridículo! — dice la mujer más joven, tener una empleada y hacerle poner un uniforme. Pensar que hay gente que lo hace.

—Nosotros siempre comimos con la empleada en la mesa, para nosotros es parte de la familia.

—Me parece bien, estoy de acuerdo. ¿Qué más te dijeron en esa editorial?

—Me ofrecieron un sueldo, le pedí el doble.

—¿Y?

—Nada. Nada. Les pedí el doble porque la verdad es que yo no quiero hacer una revista para chicos, quiero quedarme en casa y cuidar a mis hijos.

Las dos mujeres se miran, la mujer más grande mira a Tina a los ojos, Tina le alcanza nuevamente el mate con el agua tibia. A unos metros se escuchan los gritos de los niños, un golpe seco, tal vez un juguete que se rompió. Las dos mujeres siguen conversando en la cocina mientras afuera el sol sigue derritiendo el asfalto de la calle, los niños corren por el departamento, algún playmobil termina descabezado.

 

   
             
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