Sumario 24

 

Araceli
Otamendi

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Tardes de madres
en Buenos Aires



Tardes
de madres
IV

 

4
 

Cuando te digo que todos
nos pondremos a buscar cambios
Cambios en la manera
en que tratamos a las demás criaturas
Y aprenderemos a crecer
cuando busquemos esos cambios
Estamos buscando cambios
en nuestra manera de ser.

Paul McCartney

 

 

Darwin estaría contento. Su teoría se cumple una vez más. El hugonote saltaba de rama en rama. ¿Qué tal? El título podría ser: relaciones humanas. Tener un niño de cuatro años no es fácil, ya está socializado y la socialización sigue: un amiguito mamá, un amiguito pide, exige. Y todos los días hay que ir a la casa de un amiguito, tomar café con la madre del amiguito.

La casa tiene una escalera a oscuras, mientras vamos subiendo tropiezo con videocassettes desparramados en los escalones. La mujer me hace pasar a una gran cocina. Hay una heladera enorme, de dos puertas. La mujer me anticipa que al marido le gusta comer temprano. Me siento ahí, en la gran cocina, mientras mi hijo de cuatro años se va con el amiguito a jugar. Me quedo con el bebé en brazos. Enseguida llega una muchacha de unos quince o dieciseis años. La chica es enorme, su cuerpo desborda un jogging azul marino. Tiene una cara extraña, es aniñada y desagradable. Me sonríe y emite algo así como un aullido: ¡bebé!, ¡bebé!, grita. La muchacha toma a mi hijo menor en brazos y se lo lleva por un pasillo a oscuras. ¿Adónde fue? Le pregunto a la madre. La mujer también tiene cara de niña, los ojos azules muy abiertos, como si ejerciera el asombro todo el tiempo. No te preocupes dice, le encantan los chicos. Me sirve un café. Enseguida aparecen mi hijo de cuatro años con el amiguito, cada uno tiene una ametralladora de plástico, tamaño real, me apuntan los dos. Me dicen: te mato. Nunca había visto a mi hijo con un arma de juguete, los dos niños estaban agresivos. Miro a mi hijo a los ojos fijamente: hijo, esas cosas no se dicen y bajá ya el arma. La mujer me dice: es un juego. No me importa, le digo. Ella agrega: yo ya no me asusto de nada en esta casa. Te creo, tengo ganas de decirle. La miro y quiero decir algo convincente, algo que me permita salir de ahí enseguida. Pero ella me gana de mano. ¿Café o té? Pregunta. Se abre una puerta: entran dos hombres enormes. Este es mi hijo, el segundo, aclara la mujer. Lo miro. Tiene la piel de color casi rojizo, los párpados entornados como si fuera el mediodía y el sol estuviera brillando ahí en la cocina. El otro, el marido, un hombrón, sonríe como un caballo. El hombre más joven exige su café con leche. La madre vestida con jeans apretados le sirve el café con leche. Ahora aparece la chica, me devuelve el bebé y exige ella también su café con leche. ¿Viste? me dice la madre, en esta casa hay que vivir para esto.

Mientras todos toman su café con leche reaparecen mi hijo mayor y el amiguito. La mujer ahora está furiosa, abre los ojos de tal manera que parecería fueran a salírsele de las órbitas y grita: ¡te dije que en el living no se juega! Tenés el dormitorio, el pasillo o la cocina. El chico baja la cabeza y junto con mi hijo vuelve a salir por un pasillo. Miro el reloj, la mujer empieza a hablar de uno de sus temas de conversación preferidos: el freezer. Cocinás un día entero y descansás una semana. Pollo a la portuguesa, acelgas con salsa blanca, milanesas, pizza. Ese día te volvés loca, pero después descansás. ¿Vos cómo hacés? ¿Cómo explicarle? Como explicarle que salgo a comprar una docena de huevos y vuelvo con una novela. ¿Cómo podría someterme a una heladera? Después cambia de tema. Estudio sicología social, dijo. Me recomendó la carrera mi dietóloga. Cuando fue necesario que rebajara dieciseis kilos. Entonces decidí estudiar para no achancharme. Sino te embrutecés ¿viste? A mi me gusta la literatura, digo. Escribir. ¿Te gusta la poesía? Sí, sí, claro. Se internó pasillo adentro y volvió con un papel en la mano y me lo entregó. Hablaba de los hijos, del cariño desmedido, de la sobreprotección. En cada estrofa había unos versos que decían algo así como: pedazo de mi corazón te quiero con emoción. Yo no escribo poesías, me gusta leerlas. Me miró intrigada. Luego me invitó a conocer la casa.

El living enorme daba la impresión de estar vacío a pesar de los muebles. Sillones impecables tapizados en terciopelo azul francia. Un hogar con leños artificiales, una mesa oval larguísima, más adecuada para una reunión de directorio que para el comedor de una casa, cubierta por un mantel de fibra de coco. Y una sorpresa: una puerta cerrada con llave. Ahora vas a ver con qué se entretiene mi marido, dijo. Cantidad de avioncitos colgaban del techo de una habitación. Pistas de trenes cruzaban el recinto de lado a lado. Es el hobby de él, dijo con prudencia. Se pasa horas haciendo esto. Era una gran sala de juegos para adultos-niños. Miré el reloj. Faltaba poco para irnos.

En la cocina la mujer me sirvió otro café. La muchacha intervenía en la conversación. Le exigía a la madre que le comprara un par de botitas de gamuza. Usá las que tenés, dijo la mujer. No me gustan, contestó la chica con rabia. Una gran mueca simiesca se dibujó en el rostro de la chica. La madre también se había puesto hostil. El problema es ella, me decía la madre en voz baja. Hacemos terapia de familia. A veces roba chocolates en los quioscos. ¿Te gustaría que nos reuniéramos un fin de semana? ¿es lindo integrarse, no? No me salían las palabras. Estaba muda. El broche de oro lo puso el marido, se sentó a la mesa. Apenas me saludó. Como si no estuviera le preguntó a la mujer: ¿qué hay de comer? La mujer sumisa contestó: repollo a la crema ¿te gusta? El hombre encogió los hombros. La muchacha dijo que no, que a ella no le gustaba. En el ambiente se agudizó la tensión. La mujer estaba incómoda pero se contenía. La mujer me miró con expresión de "me cumple, ¿viste?". El bebé empezó a llorar. Había expirado el tiempo. En la calle respiré.

 

Araceli Otamendi

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