Sumario 22

 

Araceli
Otamendi

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Tardes de madres
en Buenos Aires



Número 1

 

1

"Estamos sujetos a una eterna incertidumbre que nos presenta sucesivamente bienes y males que siempre se nos escapan"
La Rochefoucauld

"Todos vivimos lejanos y anónimos; disfrazados, sufrimos desconocidos. A algunos, sin embargo, esta distancia entre uno y sí mismo jamás se les revela; para otros, ella es de vez en cuando iluminada, ya sea por el horror o la pena, por un relámpago sin límites; y hay otros todavía para quienes ésa es la dolorosa constante y cotidianidad de la vida"
Fernando Pessoa

 

Casi siempre la mujer llegaba a eso de las tres de la tarde y se sentaba a la misma mesa y pedía lo mismo de siempre: un café cortado, una medialuna y encendía un cigarrillo negro. El bar era uno de esos bares del barrio de Monserrat en Buenos Aires, no tenía ningún detalle agradable para recordar: mesas con tapa de fórmica, sillas tapizadas en plástico, plantas artificiales. Había olor a cigarrillo y a encierro. Lo único bueno era la luz natural que hacía del bar un lugar agradable para la espera. El mozo era un hombre al que le gustaba observar mucho los gestos de las personas. Así, sabía por ejemplo, que esta mujer que había llegado ahora , además de escribir en una libreta durante horas enteras, mientras esperaba al hijo que estaba en el jardín de infantes ubicado al otro lado de la calle, también dibujaba. A veces la mujer venía con una carpeta llena de dibujos que desordenaba en la mesa y mientras los iba acomodando sonreía, callada. Otras veces anotaba cosas en una libreta grande, con espiral. Al mozo le hubiera gustado leer lo que la mujer escribía, pero no era posible. Cada vez que él intentaba una conversación ella respondía con monosílabos. Sólo una vez el mozo pudo escuchar la historia que esta mujer de pelo oscuro como una noche sin estrellas, ojos verdes y brillantes como plantas después de la lluvia y la piel con arrugas prematuras, casi seca, le contaba a otra mujer que también esperaba a que su hijo saliera del jardín de infantes. Entonces el mozo había escuchado la historia: Una vez casi mato a un hombre ¿sabés?, había dicho ella. La otra mujer la miraba callada, con los ojos bien abiertos, sólo había atinado a preguntar ¿por qué? Mi padre era diplomático, dijo la mujer, viajábamos mucho, por todo el mundo. Hasta vivimos en China. Cuando mi viejo murió, a mi vieja le dio por hacer entrar gente rara a mi casa: eran los años setenta y vivíamos en una quinta en la provincia de Buenos Aires, era una quinta preciosa, llena de árboles frutales, había castaños, ciruelos, teníamos caballos. Mi hermana y yo andábamos a caballo. La otra mujer la miraba fijo, atenta a la historia. La casa se había llenado de gente rara, había gente muy bohemia, pero sobre todo, rara. Yo tenía quince años y eso no me gustaba, dijo la mujer, entonces llegué un día y encontré en mi habitación a esta gente, estaban por toda la casa, de fiesta, escuchando música a todo lo que da, tomando alcohol, fumando, bailando y les dije: váyanse, váyanse todos de aquí, de mi cuarto. Entonces una mujer me contestó: andate vos si querés, nosotros nos quedamos. La otra mujer no decía nada, se mantenía en silencio, el mozo escuchaba con atención. Entonces tomé una escopeta que estaba colgada sobre la chimenea, fui directamente a mi habitación y les apunté. La escopeta estaba cargada. Váyanse de aquí o los mato, dije. Entonces llamaron a la policía. ¿Qué pasó? Dijo la otra mujer presintiendo la respuesta. Desde el bar se veía el frente de la casa donde funcionaba el jardín de infantes pero hasta ahí no llegaban los gritos de los niños, las risas, el llanto infantil. Entonces la mujer continuó. La policía vino y me llevó en el patrullero a la comisaría. ¿Pero mataste a alguien? Preguntó la otra mujer. La mujer de la historia se quedó callada. Terminó de tomar el café ya frío y aplastó en el cenicero de vidrio el cigarrillo que había empezado un rato antes. La otra mujer miró a la mujer que contaba la historia. Pero la mujer ya había cambiado de tema como si no hubiera contado nada especial y rápidamente abría una carpeta de la que extraía dibujos como si se tratara de una caja mágica. Después de lo que pasó empecé a pintar, dijo la mujer, sin aclarar nada. Eran dibujos precisos de restos fósiles, hallazgos arqueológicos, rostros de aborígenes. También había dibujos como ilustraciones de cuentos infantiles de colores brillantes, rojos, azules, amarillos, verdes. La mujer explicó que era ilustradora, trabajaba para algunas editoriales. La mujer de la historia sacó entonces de la carpeta un dibujo, era la cara de Jesús, dibujada por ella. Jesús tenía un rostro bellísimo y una corona de espinas. La otra mujer detuvo la mirada en los ojos del retrato. Eran los mismos ojos de la mujer de la historia, de color verde, con el mismo brillo en la mirada. Le hiciste tus ojos, dijo la otra mujer. Sí, dijo la mujer de la historia. Es para una editorial dijo, trabajo para una editorial que edita libros de religión y ésta va a ser la tapa. Es una copia láser, dijo, y le regaló el dibujo a la otra mujer. La otra mujer continuaba pensando en la historia de la escopeta, se preguntaba si realmente la mujer que tenía enfrente habría matado a alguien. ¿Qué te pasa? Preguntó la mujer de la historia, ¿te quedaste pensando en lo que te conté? Sí, dijo la otra mujer. Ya pasó, dijo la mujer de la historia. Casi no me acuerdo, en realidad no quiero ni acordarme. Me acuerdo algunos días, como hoy, como ahora. Ya pasó, nunca tuve suerte ¿sabés? Nunca me casé. Mejor dicho, sí, hice una pareja y tuve a mi hijo, lo único bueno, lo mejor de todo. Y por eso sigo viviendo y luchando todos los días. No tengo un mango, solamente para comer y pagar el alquiler de esa pocilga donde vivimos ahora, ya vas a venir, si vos querés, te voy a invitar. Ni siquiera tengo teléfono, dijo la mujer, pero me podés llamar al teléfono del restaurant del frente. Mi casa está al fondo. Preguntás por mi y me llaman. El nene y yo nos arreglamos. Pago el alquiler, el jardín y nos queda lo justo para comer y viajar. Mi pareja no quería trabajar sino era como gerente general de una empresa. Me cansé de conseguirle trabajos y que los dejara. Lo eché a patadas de casa. Me quedé sola con mi hijo. Antes de tenerlo a él salí con todos los hombres del zodíaco, dijo en tono de confesión, pero no me sirvió de nada. Ahora no salgo nunca, trabajo solamente y me dedico al nene. Las dos mujeres intercambiaron miradas cómplices. La otra mujer sonrió. Seguramente pensó en qué clase de personaje tenía delante, también pensó que la historia podía ser una mentira, como tantas. O que la historia podía ser cierta. El mozo se acercó a la mesa, había escuchado la historia y pensó, igual que la otra mujer en que la historia podía ser cierta. O tal vez una mentira, levantó las tazas de café, reemplazó el cenicero con una colilla por uno limpio y pasó un trapo húmedo por la mesa. Después se retiró hacia la barra, dejó la bandeja con las tazas sucias ahí y se quedó mirando a las dos mujeres, cómo conversaban. Ahora hablaban de los hijos, contaban anécdotas. La cara les había cambiado y estaban más sonrientes. Parecían haber olvidado la tragedia de sus vidas, o el recuerdo de sus tragedias. Parecían otras mujeres, distintas a las de hacía un rato. Pero no las miró por mucho tiempo más, enseguida se incorporaron y salieron, cruzaron la calle, las puertas del jardín ya se habían abierto, una maestra en la puerta iba entregando los niños a sus madres. Los niños salían sonriendo, algunos con la cara sucia, otros protestaban, casi todos tenían una carita feliz.

 

Araceli Otamendi

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