Sumario 22

 

Araceli
Otamendi

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Tardes de madres
en Buenos Aires



Madres
intelectuales

 

2

"El niño que, a cualquier precio, quiere realizar su voluntad,
se encuentra más cerca de Dios porque quiere existir"
Fernando Pessoa

 

—Hay que escribir sobre la realidad —dijo una de las dos mujeres. La otra, sentada frente a ella la miraba sin decir nada. Se veía cansada, tal vez aburrida, la mirada se iba posando en distintas cosas: hombres y mujeres que estaban ahí en el bar, la ventana que daba a la calle transitada por autos, un trencito que pasaba haciendo propaganda de cumpleaños infantiles, el bar de enfrente.

—También hay que aprender muchas cosas, todavía hay que aprender —insistió la mujer más vieja. Se habían tomado dos cafés y dos jarras de agua natural, de la canilla. La mujer que hablaba tenía una voz ronca, de fumadora. Hablaba y fumaba. El cenicero de la mesa se había llenado de colillas. La otra mujer, más joven, parecía cansada.

—Aprender, aprender ¿qué cosa? a mí me interesa una sola cosa: la literatura. Y mi hijo, eso es lo que me interesa —dijo la más joven.

—Está bien que te interese la literatura —dijo la mujer más vieja—. Y tu hijo, eso ya lo sé. Me parece bien. A mí me interesa mi hijo y la realidad, eso es lo que más me interesa, dijo tocando con las dos manos la mesa. Había dejado el cigarrillo en el cenicero.

—A mí también me interesa la realidad, pero hay que ver qué realidad te interesa a vos y qué realidad me interesa a mí —dijo la mujer más joven.

—A mí me interesa la realidad, la realidad de la que hablaba Maiacovski en su poesía, ¿lo leíste? —dijo la mujer más vieja y mirando el reloj dijo: son casi las cuatro, es hora de que vayamos a buscar a los chicos.

—No, no lo leí a Maiacovski. Es temprano, dijo la mujer más joven. Si vamos ahora a buscar a los chicos nos van a decir que nos vayamos.

—Ese es un poeta que habla de la realidad, dijo la mujer más vieja.

—Además, agregó la mujer más joven, a vos te interesa la realidad sobre la que escribe Maiacovski y yo ahora, estoy interesada en otras cosas.

—¿Qué otras cosas son las que te interesan?

—Ahora estoy leyendo Rey Lear, de nuevo. Eso, Lear, es lo que me interesa, me gusta analizar como Lear les da todo a sus hijas antes de tiempo y pierde el poder.

—Está bien —dijo la mujer más vieja—. Si eso es lo que te interesa, escribí sobre el poder, sobre Lear. ¿Vas a pedir más agua? Parecés una oradora, no parás de tomar agua. La otra mujer asintió con la cabeza y sonrió. Miró el reloj, una vez más.

—Estoy cansada de tomar café, me comería un choripán, una pizza.

—¿A esta hora?

—Sí, ¿qué tiene? Tengo ganas de comer algo rico, no almorcé.

—Yo no quiero engordar.

—Si estás bien, así como estás.

—Por eso, prefiero seguir con el café. Además no voy a escribir sobre Lear, sino que lo estoy releyendo, me nutro de Shakespeare en este momento. ¿Por qué ponés esa cara?

—Porque pienso que deberíamos ir a buscar a los chicos, tengo una sensación de que hay que ir a buscarlos ahora.

—Es temprano, si vamos ahora a la casa de Juana nos van a sacar volando. Cada vez que llego temprano la maestra me mira con una cara...

—Cada vez me arrepiento más de haberlo puesto en ese grupo rodante —dijo la mujer más vieja—. Creo que se aburren. No me gusta la maestra y no soporto a Juana que siempre parece estar en otra cosa, ¿viste la cara que pone cuando llegamos? Parece que le molestamos. Además los chicos nuestros tienen que jugar a la pelota, a otras cosas, son varones.

—Puede ser. Pero en casa se aburren más. Creo que deberían estar todo el día en el parque o en un gimnasio.

—Sí, con un profesor de educación física, porque yo ya no doy más de correr detrás de él.

—Yo tampoco, cada vez que se sube al tobogán grande o que corre como loco con el karting y baja sin frenos la barranca del parque como para chocar contra los árboles creo que me voy a volver loca.

—Locas, locas ya estamos, vos y yo. Hacés bien de escribir, para mi lo intelectual ya pasó, hice demasiadas trabajos intelectuales, eso ya está cumplido, qué más quiero, ahora quiero vivir.

El mozo se acercó una vez más a la mesa y recibió el pedido: dos cafés cortados y otra jarra de agua natural. Por la ventana del bar entraba la tarde luminosa como el pelo de los dos chicos de aproximadamente tres años que corrían por la vereda de enfrente. Tenían los pómulos rosados, transpiraban, se veían agitados, se detuvieron en la esquina, mirando hacia el parque. Entre los dos chicos no alcanzan a sumar seis años. Uno, el más rubio todavía no cumplió los tres. Hace pocos meses que empezó a hablar con fluidez. El otro, tiene tres años recién cumplidos y el aspecto de ser un líder. El es el que ha invitado al más rubio a salir de la casa y correr hacia la calle. Ahora pasan algunos autos, también colectivos. A esa hora de la tarde es cuando por las calles que rodean al parque circulan más vehículos. El niño rubio mira los autos y por momentos ve grandes ojos en ellos. Los ojos lo miran atentamente. La boca, en cambio, es más fácil de distinguir porque siempre parece abierta, sonriente o mostrando los dientes. El que frenó de golpe cuando iban a cruzar la calle, es un rombo, un renault. Hace algún tiempo que distingue el rombo del león. El padre le enseñó esas cosas y muchas otras cuando lo lleva en auto a dar una vuelta por la costanera y a mirar los aviones del aeroparque. Ahí puede correr, mamá no está para decirle nada, ella se va al gimnasio. Las mejillas del rubio están rojas como las flores que hay en ese balconcito tan lindo de la vereda de enfrente. Hay tantas cosas para mirar en la calle: perros, autos, y más allá, del otro lado del parque tan grande, hay hamacas, juegos, la calesita que da vueltas pero él ya se aburre, busca otras emociones como manejar un karting, pedalear fuerte y largarse con todo en la barranca para hacer girar el volante justo a unos segundos de distancia del árbol donde podría estrellarse.

 

En el bar, las dos mujeres siguen conversando.

—¿Y no estás viviendo?

—No, no estoy viviendo, no como a mí me gustaría.

—¿Y cómo te gustaría vivir?

—Ahora tendría que estar viviendo bajo el imperio de mis instintos.

La mujer más joven se sobresaltó. Puso cara de duda.

—Me parece demasiado lo que vos decís, dejar lo intelectual de lado me parece tonto.

—Vos decís eso porque tenés... ¿Cuántos años tenés?

—Veintitrés, tengo veintitrés años.

—Por eso te importa lo intelectual, pero a mi ya no me importa nada de eso porque es una etapa cumplida para mi. ¿Vamos?

La mujer más joven volvió a poner cara de duda, después sonrió.

Las dos mujeres cruzaron la calle en dirección a una casa vieja. La vereda angosta, faltaban algunas baldosas. Corría algo de viento y la luz suave de la tarde se escapaba hacia la vereda de enfrente y hacia la esquina lejana. La mujer más vieja fumaba, desparramaba la ceniza en el aire. Tocaron el timbre, la puerta se abrió simultáneamente con el sonido de la chicharra. Atravesaron un pasillo largo, lleno de macetas. Había malvones y geranios de flores rojas. También había dos puertas cerradas en el pasillo, correspondían a dos casas. El conjunto era una construcción antigua de casas tipo "chorizo", de esas que abundan en algunos barrios de Buenos Aires. Las dos mujeres subieron una escalera angosta. Tocaron el timbre. Las recibió una mujer joven. Tenía el pelo teñido color zanahoria, vestía unas calzas de color violeta, una camisa de hombre blanca y zapatillas deportivas. Se había atado el pelo hacia arriba con una gomita. No usaba maquillaje. —Hola dijo—. Hola, dijeron las dos mujeres casi al unísono. Vengan, dijo la mujer que había abierto la puerta en tono serio. Siéntense. Enseguida se agregó una cuarta mujer. Era la madre de una de las nenas del grupito rodante y dueña de casa.

El grupito rodante estaba constituido por seis chicos, cuatro nenas y dos varones que se reunían todos los días en la casa disinta con la maestra. Era un paso previo al jardín de infantes, un grupo más chico y en un lugar más familiar que la escuela. La maestra tenía los ojos muy abiertos, parecía preocupada pero intentaba disimularlo. Tenemos que contarles algo, dijo la maestra, mirando a la dueña de casa.

—¿Qué cosa? —dijo la mujer joven, alarmada.

—Los chicos, los chicos de ustedes, se escaparon esta tarde.

—¿Cómo? —dijeron las dos mujeres al unísono.

—Aquí están los chicos. Están bien, pero hoy se escaparon.

Los dos chicos tenían alrededor de tres años. Estaban transpirados, las caras sucias de migas de galletitas. Se habían quedado callados.

—¿Cómo hicieron? —preguntó la mujer más vieja, se había puesto pálida, igual que la mujer más joven.

—Estaba leyendo un cuento cuando de repente levanté la vista y no los ví —dijo la maestra.

—¿La puerta no tenía llave? —preguntó la mujer más joven.

—No, no tenía —dijo la dueña de casa—. A veces me olvido de cerrar con llave.

—Los chicos estaban aburridos y ustedes no los cuidaron —dijo la mujer más vieja—. Tendrías que haber pensado que ellos querían jugar a la pelota en vez de leerles un cuento.

—Sí, no los cuidaron —no sé qué hacen ustedes que no los cuidan — dijo la mujer más joven.

—No hables así, se escaparon, no me dí cuenta, cuando me dí cuenta corrí hacia la calle y los encontré en la esquina, iban a cruzar... —dijo la maestra.

—Viste —dijo la mujer más vieja mirando a la mujer más joven—. Yo tenía un presentimiento, había que venir antes.

—No, no había que haber venido nunca, eso es lo que había que hacer, nunca.

Las dos mujeres tomaron a los chicos de la mano y salieron hacia la calle. ¿Por qué se fueron? ¿Por qué salieron solos de la casa? ¿No saben que les podía pasar algo? Las dos mujeres arremetían a preguntas a los niños. Estábamos aburridos, dijeron los niños. Queríamos ver a la Pantera Rosa, en el tren. Una de las mujeres, la más vieja, abrió la puerta del auto que estaba estacionado ahí cerca e hizo subir al niño en el asiento delantero. Encendió el motor y arrancó. La otra mujer hizo señas a un taxi que venía bajando la calle de la barranca. Hizo subir al niño que mostraba un flequillo húmedo, los ojos cansados, y no decía palabra. El taxi se alejó de ahí en unos segundos.

 

Araceli Otamendi

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