P O R T A D A     CRÓNICAS DE VIDA A PARTIR DEL 11-M
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Churros    
      Ángel González García   punto de encuentro
  28 fuego - miscelánea    

Churros, porras
y pajaritos fritos

31-03-04

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Corpus Barga se vestía de pobre a veces y salía a pasear por el Madrid de los años treinta, para ver "cómo se ganaba la vida un hombre de la calle". Caminando en traje de pana y gorra vieja llegó en una ocasión a Atocha, a la mesa de un figón donde la especialidad de la casa eran los pajaritos fritos. Allí, el cronista madrileño se detuvo a reflexionar y afirmar que un aburguesado de los que ya había en sus tiempos (y en los de Alfonso el Batallador) habría sentido un poco de pena culpable ante una fuente de tal manjar, mientras que para el común de los madrileños de entonces ("los de la calle"), un popurrí de jilgueros, verderones y zorzales fritangados con ajo y en cazuela de barro constituía nada menos que un aplazamiento al hambre.

Hoy, en la Atocha que fue Scalextric, volvió a ser puerta, se vistió de V Centenario y parió un AVE que no vuela ni llena la cazuela, en la Atocha que todos llevamos grabada en el corazón, ya no se venden pajaritos fritos, porque son ilegales. Los recién casados de Galdós, los acaramelados Juanito y Jacinta los comieron, montados en un tren de carbonilla, en busca de una España rural que ya no existe. O quizá sí, pero el tren va ahora demasiado deprisa como para poder mirar desde la ventanilla las colmenas de la Alcarria.

Hoy, tantos años después de que niños de pantalón corto de tergal franciscano cazaran con red o percha ruiseñores y calandrias de romance para que los friera su madre un mediodía de primavera, con una cabeza de ajo haciendo compañía al coro de protesta de las aves pelonas, ya no se pueden comer pajaritos fritos en Atocha. Aún ponen gallinejas cerca de Embajadores, pero a decir verdad, ni sé bien lo que son (yo también soy inmigrante). Quizá tenga tiempo de averiguarlo antes de que pongan un Kentucky en su lugar.

Y conste que no protesto, ni tampoco haré panegíricos anacreónticos sobre las excelencias del desaparecido chanquete, pezqueñín de los pecados de tantas generaciones de españoles "de la calle". Yo llegué a comerlos (los pajaritos fritos y los chanquetes) y recuerdo la cazuela de cabezas pelonas y redondas, y liviandades crujientes y deliciosas. Pero son otros tiempos, y ahora las casquerías desde las que antes se despachaba hasta la última proteína disponible en su forma animal empiezan a decaer. A no ser que las frecuente una clientela de madrileños recién llegados, sin proteínas de más en sus dietas, y sin melindres aburguesadas de las que algunos españoles nos sentimos ya casi orgullosos.

Hoy es necesario seguir más allá de la esquina de Atocha con su destino horizontal, y cruzar la calle cruzando a su vez los dedos para que nunca más. A un lado, la majestuosidad del Ministerio de lo que hasta anteayer fue el pan nuestro de cada día y hoy parece ser trabajo sólo para ilegales; al otro, algunos de los que han conseguido salir de debajo de un plástico almeriense para correr delante de los municipales, la sábana agarrada por las cuatro esquinas.

Al final de la estación, en la esquina donde despega del corazón de Madrid la Ciudad de Barcelona (en dirección a Córdoba), en una esquina que ya nunca deberemos olvidar, para que nunca más, se planta una churrería de feria de pueblo. Tiene luces chillonas de colores estridentes, un generador casi ruidoso entre los martillos neumáticos y el tráfago del tráfico, una enorme cazuela de bombona de butano, y un churrero vestido de blanco, de cofia y de buen hombro en que apoyar la manga, a la antigua. Al lado, para rematar con la estampa de after-costumbrismo, un puesto de castañas, donde en vez de una castañera de bigote recio y luengos lustros, se gana el pan con sabañones un boliviano entrecano, que remueve las castañas y voltea los boniatos, sin perder el ojo de las mazorcas que vienen a comprar los ecuatorianos que venden artesanía y cedés piratas ahí al lado.

En la churrería de feria de pueblo hay dos mujeres y un hombre, que no se sabe dónde nacieron, pero que no pueden ser ya más de aquí. Más que yo, sin duda, que acabo de llegar y paseo por Madrid con los ojos abiertos del recién venido. Quizá vieron la luz caribeña en una calle de la más española de las Antillas Mayores, quizá en un conuco del interior, quién sabe si entre los callejones paisa-barrocos de una joya antioqueña perseguida por la injusticia y la muerte. Sea como fuere, junto a la enorme humareda de aceite se apilan en bandejas las frutas de sartén, las porras, churros, tejeringos, calentitos, de papa y buñuelos, menos culpables que aquellos pajaritos fritos que acusaban con sus cabezas sin pico, aunque tan definitivamente poco burgueses como puede serlo un cartucho de castañas asadas.

Una nota de color: los hay cubiertos y rellenos de chocolate, heterodoxia tan bien recibida como deben serlo todas las buenas ideas, pero también aderezados con dulce de leche, algo que suena tan a cosa de toda la vida que a veces se nos olvida que nos lo han traído de vuelta (si es que alguna vez algo tan de la abuela existió entre nosotros y lo dejamos morir) esos inmigrantes que han repoblado de niños Lavapiés, que está aquí al lado.

 

   
             
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