Q. escribe para no dejar de escribir.
El sietemesino que siempre se sintió allegado a un complejo de ceguera súbita escribe, sobre todo, para no dejar de escribir.
Escribe para regresar.
Pero es presumible que él y su regreso estén, de algún modo, desplazados y privados el uno del otro.
Por lo que cabe preguntarse cuándo se nos vio por primera vez aquí.
Pienso en una tarde en la que estuvimos ausentes.
Hay un puente que da a un regajo y a un huerto. Sobre la pared de sillería enmohecida del puente, se habían trazado tres líneas con tiza rojiza, a diferentes alturas, que correspondían a las estaturas de tres niños de edades diferentes.
Se trata de una tarde primaveral de 1987. El interior del puente se usaba a menudo como cancha de basket, pero sólo en aquellas épocas del año en que el regajo se secaba considerablemente.
Hoy parece oportuno reconocer que esa tarde no estuvimos allí.
El sietemesino se acuesta y se levanta como cualquiera otra criatura humana, sólo que su promedio de horas de sueño suele ser menor.
¿Cuándo se le vio por primera vez aquí? Podríamos situar aquella época en el intervalo de un mes natural, a mitad de camino entre octubre y noviembre, pero he aquí que una asincronía entre él y su aparición viene a complicarnos el esclarecimiento de los hechos.
Lo cierto es que, para referirnos a él, en aras de resolver esta engorrosa dicotomía, utilizaremos un monigote sincrético que puede servirnos por el momento como simulacro. Lo haremos aparecer con cierta consistencia como si realmente estuviera aquí y nos mirara. Lo haremos llegar, asomarse a ventanas, calentar agua para el té, fumar, ducharse, realizar ciertas rutinas de supervivencia. Lo haremos aparecer y lo tendremos justo ahí mirándonos y a punto de decirnos algo.
Ése será nuestro mejor recurso cuando tendamos a referirnos a él, y por extensión, a nosotros y a lo que fuimos para él en aquella época inabarcable. Ésa será, al fin y al cabo, nuestra pequeña victoria sobre él y nuestra mejor ruina.
Cuando regresemos después de un día extenuante o tras una larga estancia en las afueras, él estará esperándonos en casa, en pleno apogeo, en pleno instante de disolución y, al mismo tiempo, en pleno uso de sus facultades domésticas. Inmediatamente, desplegará ante nosotros todo un maravilloso ritual de laconismo, todo un espectáculo de tristeza.
Lo oiremos decir, por ejemplo: “Hoy mis zapatos están muy juntos”.
O bien: “Las persianas me sobran”.
O bien: “Espero aquí para que me encuentren de un momento a otro”.
O bien: “Los paraguas hoy se polinizan unos a otros”.
O bien: “La tristeza no existe, el cielo ya pasó.”
Et coetera.
Lo veremos detenido ante la nevera abierta de la que extraerá para nosotros un bol de cerezas que no rehusaremos.
Hemos vencido a medias.
Podemos estar seguros de que en adelante él será menos parecido a un principio deshilachado, y con ello presuponemos un paisaje portuario en el que, desde el fondo, él viene aproximándose a nosotros.
O digamos que él habrá regresado mientras nosotros ya dormimos, y que a la mañana siguiente él intentará afanosamente alejarnos de su historia, llevándonos a un paraje de chatarras, a un mausoleo de aviones sobre el que nieva y crecen árboles enanos.
Nos detendremos a contemplarlo. El viento frío mece sus hilachas de hombre común. Se desplaza como si no contáramos con él. Se detiene. Nos hace avanzar, no vamos sino a él. Nos pide hacerlo. Que vayamos a él para hacerlo desaparecer. Para acabar desprovistos de él.
Este desorden.
Se ha estado alimentando de nosotros, respirándonos. Nos aloja en su único pulmón y estamos llevando este asunto como podemos.