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Si
se accede al Louvre por la puerta Sully al encuentro
de las antigüedades egipcias, los misteriosos sarcófagos
y lo que se tercie de esa época, lo primero que sale
al paso es la sala de los escribas, cada uno en su urna en
postura erguida de profesionales de la comunicación,
con su papiro dispuesto sobre las piernas cruzadas. Visto
el conjunto de golpe se piensa que se está ante el
cuadro de una agencia cristalizada de cronistas de las dinastías
19, 20 y 21, con su tintero y su sello para marcar documentos.
Miles de años nos separan de la visión de lo
que podría imaginarse la redacción de un viejo
periódico, donde en vez del director preside la sala
el dios Thot, mientras que Horus no pierde ojo como buen redactor-jefe.
¿Qué se saca de una sala que es casi de paso?
¿Qué podría ofrecer un fría mañana
de diciembre una reunión de escribas?. Mucho o poco,
según se mire. Uno se figura, por ejemplo, que el que
está más cerca del ventanal por donde se ve
la calle ha escrito esto: «Un gran inconveniente de
la guerra social comparada con la guerra ordinaria es que
las influencias de la ley natural están más
o menos combatidas por la voluntad y las instituciones humanas,
y no es siempre mejor el más robusto, ni el más
adaptado el que tiene la suerte de subir. Al contrario, por
lo regular suele sacrificarse la grandeza individual del espíritu
a preferencias personales inspiradas por la posición
social, la raza y la riqueza».
Un
poco más allá, otro escriba podría decir
en su papiro: «La sociedad debe estar organizada de
forma que la felicidad de uno no nazca de la ruina de otros;
lo justo es que cada individuo encuentre el bien propio en
el de la colectividad, y viceversa, que resulte de la colectividad
únicamente el del individuo».
No para ahí la cosa; el escriba que queda frente a
este último parece hacer señas para que se le
lea su obra del día: «Llegará un tiempo
en que la distancia entre el punto de partida y el de llegada
se ensanchará de tal modo, que los mismos sabios del
porvenir se negarían a admitir la posibilidad de un
lazo entre ambos, si los escritos y los vestigios del pasado
no les dieran los materiales necesarios para guiarles en su
juicio».
También se puede sentir en la sala el siseo de un escriba
aislado que ofrece su texto: «No hay mano que detenga
a la Tierra en su curva, ni oración que detenga al
Sol, ni calme el furor de los elementos que luchan entre sí.
No hay voz que despierte del sueño de la muerte, ni
ángel que liberte al prisionero, ni mano que baje de
las nubes para dar pan al hambriento, ni signo celeste que
dé conocimientos sobrenaturales».
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Lo
que es común a todos ellos es el estar erguidos como
un orgullo de oficio expresado con el cuerpo, aparte de saberse
notarios de un tiempo, de unos sucesos, de una historia. Los
escribas tienen la postura tan fijada porque quieren decir
con su lenguaje corporal que se puede escribir durante siglos
guardando semejante equilibrio, o apoyados en una mesa, o
sobre el muro, o en el propio lecho siempre que se escriba
en libertad lo que se desee escribir. Cualquier postura será
válida, menos de rodillas.
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