|
La
Gioconda tiene una mirada socarrona, de parisina sentada en cualquier
café de los viejos bulevares observando la vida que pasa
y siendo observada, a su vez, por los que pasan por la vida. Ahora
ya no la acompaña el gigantesco cuadro de Las Bodas de Canaa,
pero ella sola se basta para atraernos y ser la dama más
retratada de la historia; en vida, una vez; muerta, millones de
veces. Puede que Leonardo le imprimiera ese gesto que conmueve pensando
en la de ojos altivos que la mirarían, de figuras alzadas
sobre tacones que querrían acceder a su altura, de perfiles
aderezados ante el espejo para llamar su atención, de razas
que iban a asombrarse ante su rostro intentando descubrir el gran
secreto: el motivo de su sonrisa insinuada.
Hay
quien cree que Leonardo se oculta tras ella y que parte de la pintura
utilizada se mezcló ¿casualmente? con
su propia sangre por un leve percance en el estudio, lo que pone
a caminar la imaginación hasta el punto de pensar que Gioconda
está allí viva, y que sale cuando el Louvre cierra
sus puertas para deambular a sus anchas por las galerías,
tener sus charlas con los personajes de otros cuadros y asomarse
a los gigantescos ventanales por los que se ve París por
todos los puntos cardinales, incluidas las esquinas. Hay quien precisa
que permanece más rato por la fachada que da al Sena que
cuando mira hacia las Tullerías, Rívoli...
Verdad o fantasía, lo cabal es que de noche se escuchan pasos
en la inmensidad del Museo; energías que no detectan las
alarmas, pero sí la mente sensible. A veces suben los bedeles
al sentir una música de salón, el paso de un ejército
que va a vencer o que vuelve vencido, el recuento de monedas, el
peso de la avaricia, el vuelo susurrante de la Victoria de Samotracia
o el siseo de la Venus pidiendo prudencia. Uno de los fenómenos
más bellos es el del Escriba Sentado, que se afana cada madrugada
en colmar de signos un papiro crónica mística
para que al alba lo lleve en su pico una paloma a una biblioteca
que está a la izquierda conforme se va al Paraíso,
ese lugar al que te prometen que vas si has sido bueno en la vida.
Sobre
estos asuntos maravillosos hay quien opina que son pura mentira
de gente enamorada del Louvre. Suelen ser los expertos en verdades
absolutas, graves señores que argumentan, después
de meditar durante la breve eternidad de un instante (palabras del
poeta Salas Dabrio), que Gioconda no se ha podido mover del sitio
en el que la pusieron porque, simplemente, es una pintura. Los que
no pertenecemos a este selecto grupo de escogidos y vamos a nuestro
aire, no sólo creemos que Gioconda sale y entra, sino que
derrama ternura cuando se sonríe ante los que la miramos
al ver el triste espectáculo de los conflictos humanos (ella
ya no lo es), conflictos que no quedan en pensar cada uno lo que
pueda, sino que somos capaces de llevarlos al maldito y repugnante
campo de batalla.
Para
unos, su gesto no pasa de ser óleo sobre lienzo. Para otros,
alcanza la dimensión del misterio. Cuando Marlon Brando fue
al Louvre y se puso ante ella dijo: «Este sí que es
un rostro impenetrable».
©
Manuel
Garrido Palacios
|