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Junto
a la iglesia de Saint Germain-des-Prés se colocan unas muchachas
en círculo, abren sus carpetas azules, sacan unas partituras
y comienzan a cantar dulzuras. A veces sueltan el canto de corrido,
sin parones ni reempiezos; otras, igual por el poco ensayo, la improvisación
o la timidez ante un auditorio ambulante, les brota la duda en los
arranques de las estrofas, se meten en un laberinto, del laberinto
al treinta, tiro porque me toca, y entonces, en vez de cantar, pueblan
el tibio otoño parisino de un recital de risas. A pie de
coro hay una cesta de mimbre con un cartel que dice: «Cantamos
para ayudar a Lissi en su boda civil y en su luna de miel. Contribuya
usted con lo que pueda. Se lo agradeceremos con canciones».
Lissi
tiene las mejillas de manzana madura y se adorna como vestal camino
de su templo. Aunque está serena, no parece creer en lo que
está pasando en esa seria jocosería que sus amigas
le han organizado en pleno Boulevard St. Germain. Lo que hace es
que se tapa la cara para no ser testigo de algo que, posiblemente,
ni había imaginado cómo sería cuando aún
estaba en ciernes. Pero al comprobar que hay transeúntes
que se paran, echan monedas en el mimbre y aplauden al final de
cada pieza, descubre su rostro, alisa su pelo, toma aire y se suma
al coro con un gesto indescifrable de Gioconda. Toda mujer lleva
una Gioconda dentro.
Mientras suenan las voces de las muchachas en flor, una dama se
acerca a Lissi para contarle cómo fue su boda, qué
lugar visitó, en qué hotel estuvo, cómo se
llamaba su marido y en qué consistió el menú
de la inolvidable cena. Un violinista y su acompañante al
pandero, que tocaban al lado, lejos de incomodarse por la repentina
competencia del canto, se acercan, prueban tono y ritmo con ellas
y se unen sin más trámite al concierto vespertino
de esta capital de la belleza. Por la ventana de un autobús
salen gritos de ánimo hacia la iniciativa, y los símbolos
de la prisa, como llama Wilhem Kent a los coches, ralentizan la
marcha y hacen sonar sus bocinas con suavidad para no romper tan
delicado momento.
Por
completar el cuadro pintado con palabras, unos gendarmes que van
a su ronda leen el cartel, sonríen a las cantoras y uno de
ellos se agacha con una moneda para que su aportación económica
al proyecto de Lissi no rompa la melodía que flota en el
aire tibio que baja al Sena y lo cruza por el puente Sully. De los
cafés circundantes llega, no un amase de voces y de vasos,
sino un escueto silencio para captar mejor las sutilezas de una
canción de amor cantada por mujeres. Nada hay comparable.
Las hojas de los gigantescos árboles caen doradas de sus
ramas como un tributo más.
Dentro
de la iglesia de Saint Germain-des-Prés pasan cosas divinas
y trascendentes, como la celebración de una boda con todos
sus avíos. Fuera sucede que un coro de muchachas pide una
ayuda para que una pueda casarse por lo civil. Aparte de quien se
interese en éste o aquél suceso, por el Boulevard
van y vienen cientos de personas al margen de ambas opciones; o
sea, inmersos en una tercera, una cuarta o una quinta vía.
París tiene estas cosas.
©
Manuel
Garrido Palacios
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