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Conforme
se accede al Museo del Louvre por la entrada Denon aparecen en primer
término una serie de vitrinas que los que van con prisas
a tiro hecho suelen pasar de largo. En una de ellas, de cara a la
puerta, se diría que llevando el control de la masa humana
que se mueve por allí, se encuentra el «Idole Cloche»,
una bella figura que responde con su mudez al constante murmullo
que flota por la sala, y con su gesto impasible a los miles de rostros
de todas las razas que apenas la miran.
Si
uno se sienta a observarla en los bancos laterales ve que cruzan
por su lado cientos de ojos que buscan en la lejanía del
fondo los grandes hitos, como la Venus, de la que había -¿está
aún?- en el pasillo del Instituto «La Rábida»
del Conquero una réplica de la que servidor estaba enamorado;
o la Victoria de Samotracia, cuya sola existencia en el Louvre hace
que mi amigo Quino Villaseñor vaya a París a estar
horas frente a su prodigiosa belleza; o el rostro de mujer más
fotografiado de la historia pasada, presente y por venir: la Gioconda,
ante la que las cámaras echan chispas sin que buena parte
de los que están detrás de dichas cámaras sepan
de ella algo más de lo que se ve: la fama de un cuadro; o
los sarcófagos traídos de Egipto, o los deliciosos
frutos del Renacimiento, o el «Escriba sentado», o lo
que sea. Lo cierto es que desde el banco lateral puede comprobar
que nadie frena su avance para dedicarle una mirada al «Idole
Cloche», tan pequeñito, frágil, casi etéreo.
Entonces la casualidad entra en juego y hace que a una dama se le
rompa el tacón de uno de sus zapatos, con lo que los que
la acompañan se reúnen en torno al suceso justo al
lado del «Idole Cloche». Mientras se arregla el desaguisado, el
grupo dirige su atención hacia la vitrina y de inmediato
surge una mezcla de datos y de especulaciones que regalan una efímera
atención a la soledad de la figura guardada. Una voz campanuda
lee en voz alta el número de catálogo de la pieza:
el 3007. Otra lo hace con la leyenda que informa al visitante, donde
reza que la figurilla tiene una edad que alcanza el siglo VII antes
de Cristo. El resto habla del peinado, del vestido o se pregunta
de dónde la trajeron.
En esto andamos cuando la dama del tacón roto opta por prescindir
de los zapatos para seguir su camino descalza. Pero al reemprender
todos la marcha, un niño rezagado grita a los que no han
dado con más claves que las que los carteles decían:
«¡Esto se parece a lo que pintaba Picasso!».
El observador del banco ve que el niño acaba de dar, sin
que su grupo lo advierta, una aguda lección de arte como
quien juega a las canicas, sin poner solemne el gesto. Y, cómplice
de su opinión, se acerca a la vitrina y corrobora que la
figura recuerda a las meninas de Velázquez, aunque Velázquez
no la viera jamás; pero la recuerda, no de su pintura original,
sino de la que posteriormente interpretó Picasso, quien sí
es probable que gozara a placer de la visión del «Idole
Cloche».

Ya la gente a lo suyo y el niño sabio a cuestas con su certera
carga de ingenuidad, el observador cosecha los ecos de la escena
y los trae al papel para compartirlos con todos.
©
Manuel
Garrido Palacios
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