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Acompaño
a Liana a la casa de una adivina. Liana es la madre
de una compañerita de uno de mis hijos. Es una mujer
relativamente joven, estará cerca de los cuarenta,
no los aparenta salvo por el gesto demasiado serio que permanece
invariablemente en su cara, casi nunca se ríe.
En realidad la adivina es una mujer que tira las cartas. Proliferan
en Buenos Aires. Nunca había ido a un lugar así.
No sé por qué Liana me eligió a mí
para que la acompañe, no creo en ese tipo de cosas,
tal vez se sienta más segura si va con alguien.
El problema de Liana es que el marido, más joven que
ella, buen mozo y simpático es un hombre con suerte.
Le va bien en su profesión, la década de los
noventa le ha ayudado como a pocos en la Argentina y Liana
está siempre expectante. Teme que se lo roben. Teme
que le hagan algún maleficio, que alguien con poderes
mágicos y no tanto lo aleje de ella.
La casa de la adivina queda en un barrio, es un departamento
antiguo, modesto. Cuando entramos hay una cantidad increíble
de mujeres esperando turno. Casi todas están bien vestidas,
con aspecto de profesionales, bien peinadas, bien maquilladas.
Se escuchan algunas conversaciones. Hay una mujer vieja que
recibe a las visitantes. Es una mujer gorda, tiene aspecto
de cansada, de gastada, de haber perdido hasta sus más
recónditos sueños. Dios mío, pienso,
no quisiera llegar así a la edad que debe tener la
mujer.
Liana, como siempre, está expectante por lo que le
depara el porvenir, por saber si su marido la engañará,
si alguna mala mujer se lo quitará de su lado. Por
las dudas, me confiesa, ha abierto una cuenta secreta, ni
su marido lo sabe. Si él se va de casa, yo no me quedo
en la calle, confiesa.
La mujer que se ocupa de recibir a las clientas de la adivina
es una eximia profesional, podría ser la secretaria
de un médico o de un dentista si no tuviera ese aspecto
tan desaliñado. Pero se defiende con la lengua.
Las horas van pasando, en la antesala del consultorio de la
adivina habrá unas quince mujeres con aspecto de preocupadas,
temerosas del destino, confiadas en las artes mágicas.
Me dedico a observar a esas mujeres, a escuchar algunas conversaciones
mientras Liana se retuerce en el asiento con sus miedos, sus
ansiedades, su inseguridad.
La secretaria de la adivina adquiere con el correr del tiempo
un tono seguro, escucha y también da consejos. Pienso
si no será como en algunos programas cómicos
y films que he visto en mi infancia: siempre hay alguien
que se entera primero de los secretos para después
confiárselos al adivino. Es posible, ¿por qué
no?
¿Y vos, por qué venís? Se intriga
la secretaria.
Acompaño
a mi amiga.
Mirá que la Adelaida es buena, la consultan médicas,
abogadas, contadoras
¡Qué bien! digo, y pienso, estamos
en el culo del mundo, aislados, no alcanza con ser profesional,
con haber estudiado para tener certezas, la magia también
es posible. Pero no lo digo.
¡Que pase el que sigue! dice la voz de una
mujer desde adentro de una habitación.
Ha llegado el turno de Liana. Ahora tengo tiempo de escuchar
con más atención las conversaciones. Han quedado
cuatro o cinco mujeres, nada más. La conversación
se anima con la secretaria.
¿Y
saben por qué vienen principalmente aquí? dice
la secretaria.
No
digo.
Por problemas familiares. Casi todas tienen problemas
familiares, con el marido, los hijos, el amante, el novio.
Las que son casadas casi todas tienen problemas. Hay muchas
que se quieren divorciar y tienen problemas con los hijos
porque se divorcian entonces los chicos andan de aquí
para allá como paquetes. Y los problemas son porque
no hay amor, porque si hubiera amor no habría problemas.
Ahora yo digo una cosa, si hubiera amor no harían eso
con los hijos. Y si tuvieron hijos ¡banquenselá!
Casi todas asentimos, es una lección de sentido común.
La maestra ha dado la lección, ¿para qué
consultar a la adivina? Mientras espero a que Liana salga
de la consulta, observo como la secretaria sonríe satisfecha.
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