Tardes
de madres
en Buenos Aires
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Cuando
te digo que todos
nos pondremos a buscar cambios
Cambios en la manera
en que tratamos a las demás criaturas
Y aprenderemos a crecer
cuando busquemos esos cambios
Estamos buscando cambios
en nuestra manera de ser.
Paul McCartney
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Darwin
estaría contento. Su teoría se cumple una vez más.
El hugonote saltaba de rama en rama. ¿Qué tal? El
título podría ser: relaciones humanas. Tener un niño
de cuatro años no es fácil, ya está socializado
y la socialización sigue: un amiguito mamá, un amiguito
pide, exige. Y todos los días hay que ir a la casa de un
amiguito, tomar café con la madre del amiguito.
La
casa tiene una escalera a oscuras, mientras vamos subiendo tropiezo
con videocassettes desparramados en los escalones. La mujer
me hace pasar a una gran cocina. Hay una heladera enorme, de dos
puertas. La mujer me anticipa que al marido le gusta comer temprano.
Me siento ahí, en la gran cocina, mientras mi hijo de cuatro
años se va con el amiguito a jugar. Me quedo con el bebé
en brazos. Enseguida llega una muchacha de unos quince o dieciseis
años. La chica es enorme, su cuerpo desborda un jogging
azul marino. Tiene una cara extraña, es aniñada y
desagradable. Me sonríe y emite algo así como un aullido:
¡bebé!, ¡bebé!, grita. La muchacha toma
a mi hijo menor en brazos y se lo lleva por un pasillo a oscuras.
¿Adónde fue? Le pregunto a la madre. La mujer también
tiene cara de niña, los ojos azules muy abiertos, como si
ejerciera el asombro todo el tiempo. No te preocupes dice, le encantan
los chicos. Me sirve un café. Enseguida aparecen mi hijo
de cuatro años con el amiguito, cada uno tiene una ametralladora
de plástico, tamaño real, me apuntan los dos. Me dicen:
te mato. Nunca había visto a mi hijo con un arma de juguete,
los dos niños estaban agresivos. Miro a mi hijo a los ojos
fijamente: hijo, esas cosas no se dicen y bajá ya el arma.
La mujer me dice: es un juego. No me importa, le digo. Ella agrega:
yo ya no me asusto de nada en esta casa. Te creo, tengo ganas de
decirle. La miro y quiero decir algo convincente, algo que me permita
salir de ahí enseguida. Pero ella me gana de mano. ¿Café
o té? Pregunta. Se abre una puerta: entran dos hombres enormes.
Este es mi hijo, el segundo, aclara la mujer. Lo miro. Tiene la
piel de color casi rojizo, los párpados entornados como si
fuera el mediodía y el sol estuviera brillando ahí
en la cocina. El otro, el marido, un hombrón, sonríe
como un caballo. El hombre más joven exige su café
con leche. La madre vestida con jeans apretados le sirve
el café con leche. Ahora aparece la chica, me devuelve el
bebé y exige ella también su café con leche.
¿Viste? me dice la madre, en esta casa hay que vivir para
esto.
Mientras
todos toman su café con leche reaparecen mi hijo mayor y
el amiguito. La mujer ahora está furiosa, abre los ojos de
tal manera que parecería fueran a salírsele de las
órbitas y grita: ¡te dije que en el living no
se juega! Tenés el dormitorio, el pasillo o la cocina. El
chico baja la cabeza y junto con mi hijo vuelve a salir por un pasillo.
Miro el reloj, la mujer empieza a hablar de uno de sus temas de
conversación preferidos: el freezer. Cocinás
un día entero y descansás una semana. Pollo a la portuguesa,
acelgas con salsa blanca, milanesas, pizza. Ese día te volvés
loca, pero después descansás. ¿Vos cómo
hacés? ¿Cómo explicarle? Como explicarle que
salgo a comprar una docena de huevos y vuelvo con una novela. ¿Cómo
podría someterme a una heladera? Después cambia de
tema. Estudio sicología social, dijo. Me recomendó
la carrera mi dietóloga. Cuando fue necesario que rebajara
dieciseis kilos. Entonces decidí estudiar para no achancharme.
Sino te embrutecés ¿viste? A mi me gusta la literatura,
digo. Escribir. ¿Te gusta la poesía? Sí, sí,
claro. Se internó pasillo adentro y volvió con un
papel en la mano y me lo entregó. Hablaba de los hijos, del
cariño desmedido, de la sobreprotección. En cada estrofa
había unos versos que decían algo así como:
pedazo de mi corazón te quiero con emoción. Yo no
escribo poesías, me gusta leerlas. Me miró intrigada.
Luego me invitó a conocer la casa.
El
living enorme daba la impresión de estar vacío
a pesar de los muebles. Sillones impecables tapizados en terciopelo
azul francia. Un hogar con leños artificiales, una mesa oval
larguísima, más adecuada para una reunión de
directorio que para el comedor de una casa, cubierta por un mantel
de fibra de coco. Y una sorpresa: una puerta cerrada con llave.
Ahora vas a ver con qué se entretiene mi marido, dijo. Cantidad
de avioncitos colgaban del techo de una habitación. Pistas
de trenes cruzaban el recinto de lado a lado. Es el hobby
de él, dijo con prudencia. Se pasa horas haciendo esto. Era
una gran sala de juegos para adultos-niños. Miré el
reloj. Faltaba poco para irnos.
En
la cocina la mujer me sirvió otro café. La muchacha
intervenía en la conversación. Le exigía a
la madre que le comprara un par de botitas de gamuza. Usá
las que tenés, dijo la mujer. No me gustan, contestó
la chica con rabia. Una gran mueca simiesca se dibujó en
el rostro de la chica. La madre también se había puesto
hostil. El problema es ella, me decía la madre en voz baja.
Hacemos terapia de familia. A veces roba chocolates en los quioscos.
¿Te gustaría que nos reuniéramos un fin de
semana? ¿es lindo integrarse, no? No me salían las
palabras. Estaba muda. El broche de oro lo puso el marido, se sentó
a la mesa. Apenas me saludó. Como si no estuviera le preguntó
a la mujer: ¿qué hay de comer? La mujer sumisa contestó:
repollo a la crema ¿te gusta? El hombre encogió los
hombros. La muchacha dijo que no, que a ella no le gustaba. En el
ambiente se agudizó la tensión. La mujer estaba incómoda
pero se contenía. La mujer me miró con expresión
de "me cumple, ¿viste?". El bebé empezó
a llorar. Había expirado el tiempo. En la calle respiré.
©
Araceli
Otamendi
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