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Cuando
teníamos la edad del chico palestino que ayer hizo
portada en el mundo, también atravesábamos calles,
adolescentes acémilas de equipajes peligrosos, bombas
andariegas camino de la escuela. Nuestra carga era de libros,
cuadernos, rotuladores, acaso de boletines de notas rojas
como la vergüenza. La del niño palestino que ayer
se quitó la camiseta delante de las cámaras
de la Humanidad fue la de todos nosotros.
Ese
cuerpo aún sin terminar de hacer era carne de cañón,
carne de un yugo que haría llorar de rabia a Miguel
Hernández. Los ladrillos de explosivos que alicataban
su tórax como un muro de vergüenza (es preciso
repetirlo) tenían forma de libros, de cuadernos, de
tomos de esa enciclopedia que algunos quisieron esgrimir para
cambiar el mundo.
Ese
niño, como todos los del planeta, debería quitarse
la camiseta en público sólo para imitar a Ronaldo,
para celebrar un gol de partidillo de barrio. Su espalda todavía
maleable, todavía tierna, debería encorvarse
sólo bajo el peso de los libros de texto, que casualmente
tienen forma de paquetes de dinamita.
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