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Hoy
lunes me he enterado de que el jueves fue asesinada Angélica
González García. No la conocí, no sé
de dónde era, ni a qué lugar se dirigía
cuando convirtieron su vida en carne. Como dice una salsa
que he disfrutado bailando muchas veces en una pequeña
discoteca cerca de la Puerta del Sol, "hay gonzález
negros, y hay gonzález blancos", y somos tantos
millones los gonzález y los garcía de mis apellidos
de don nadie, que no puedo decir que Angélica sea hija
de mis padres. Pero sí puedo decir, con el dolor más
grande que he conocido, que una hermana mía, que mi
otro yo (tenía que ser mujer, el otro yo que me han
arrancado) fue asesinada el otro día. También
pudo haber sido al revés, y pudo haber sido Ángel
y no Angélica el González García que
dejó su sangre en las vías.
José
Saramago escribió El hombre duplicado, novela
en la que uno de sus protagonistas se entera de que hay en
su ciudad otro ser, igual a él en casi todo. La primera
reacción de este personaje al saber de la existencia
del otro (¿o son el mismo, en el fondo?) es la de averiguar
todo sobre su vida. Yo ya no podré hacer lo mismo con
Angélica. Ya nunca podré saber si su piel era
como la mía, si su acento era como el mío, si
compartíamos ideas, sentimientos, sueños. Sólo
he aprendido que sí, que compartíamos algo más
que un nombre, unos apellidos y una ciudad. Compartíamos
la vida, lo más sagrado, lo más importante,
lo más necesario. Infinitamente más que nombres,
religiones, ideas, acentos, nacionalidades y demás
accidentes. Angélica era mi hermana. No la olvidaré.
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