Ser docente es un camino que se inicia, al menos fue así en mi caso, con tanta ilusión como miedo. No hablo de un temor que impidiese avanzar, sino de un respeto o de una responsabilidad que carecía de modelos suficientemente válidos como para entrar con seguridad en el aula. La carencia se debía a que los modelos, buenos y malos, respondían a un momento social, político y económico superado.
Sin embargo, el antiguo CAP (Curso de Aptitud Pedagógica) seguía consistiendo, durante la primera década del siglo XXI, en un repertorio de propuestas ancladas en las aulas de posguerra, en un trámite más preocupado del contraste entre la sucesión de torpes leyes de enseñanza que de actualizar los objetivos y las metodologías para aumentar la eficiencia de una Educación con mayúsculas. Por desgracia, la democracia española no ha sido capaz de elaborar ni una sola auténtica ley de Educación, sólo ha elaborado reformas o parches con otros objetivos: políticos o de distracción.
Mi profesión anterior —había sido director de producción en Artes Gráficas— me llevó a dar clases de Formación Profesional y universitarias, pero no entré en un aula de ESO hasta el año 2005, cuando cursaba el CAP a medio camino entre la “crisis” de mis 40 años y la de la cincuentena… con tanta ilusión como miedo, como si fuese la primera vez que entraba en un aula.
Aquellos días me sentí antiguo, recordé a mis grandes maestros, don Santos y don José Antonio García, dos hermanos zamoranos que habían abierto un colegio en Martorell, años 70. Aquellos dos maestros eran más innovadores, más modernos, más demócratas que los profesores que yo tuve en el CAP treinta años después, ¡qué hubieran hecho con las posibilidades tecnológicas que nos regala nuestra época!
¿Y los alumnos de hoy? ¿Se merecen el sistema que perpetuaba el CAP (no sé si el sistema actual, mucho más caro, ha mejorado en la misma proporción) entre la rutina y el tedio, repetitivo hasta la saciedad, jerarquizado sin argumentos, centrado en contenidos que caducan o se olvidan y con una presencia, marginal o interesada, de la tecnología que lo cubre todo con una pátina de modernidad?
Esta mañana, he leído la entrada «Una enseñanza en conflicto con la vida» en el blog Profesor en la Secundaria de José Luis González Varela, y aún sigo pensando en su reflexión sobre la organización coercitiva de nuestros centros de enseñanza; estoy de acuerdo con Joselu en que éste no es un sistema efectivo, creo que los resultados académicos no admiten otra opinión, pero sobre todo coincido en que no tenemos un sistema de enseñanza y de aprendizaje sano.
Al mismo tiempo, mi mente no ha podido dejar de trazar una conexión con el Libro blanco de la función docente no universitaria, elaborado por José Antonio Marina por encargo del Ministro de Educación, Cultura y Deporte; ministro heredero del tristemente célebre o “popular” José Ignacio Wert Ortega. Se trata de un nuevo intento de desviar la atención y de no abordar el problema real en su conjunto. En torno a este libro, se está desarrollando una considerable polémica en la que destacaría las ideas expresadas con brillantez por Toni Solano en su artículo «Del libro blanco a la realidad gris», no podría yo aportar nada más porque ya sólo me llega el tiempo, y de forma bien escasa, para atender todo lo relacionado con mis clases o con mis alumnos, que en definitiva es lo mismo.
También tengo en mente las dudas que planteaba Jordi Martí en «¿Y si el ABP, el flipped classroom, las inteligencias múltiples y otros modelos educativos fueran perniciosos para los alumnos?». Las dudas continuas, que también me asaltan como docente, me llevaron a preguntarme si tal vez podía estar imponiendo unos métodos no creo que perniciosos, pero sí poco adecuados, y si tal vez sería oportuno volver a propuestas más conservadoras.
Así que, pensando en mis alumnos, en este caso los de tercer curso de ESO, y mi enfado hace unos días porque, siendo buenos estudiantes, tenía la sensación de que participaban poco en clase; les envié mediante el correo electrónico un cuestionario de respuestas anónimas realizado con la herramienta de formularios de Google Apps.
Esperé las respuestas de mis alumnos con cierta inquietud y me encontré con unos estudiantes que saben lo que no quieren, creo que en conjunto me dieron una lección de madurez y disiparon mis dudas, reproduzco sólo algunas de las respuestas abiertas respecto a sus sugerencias para mejorar la clase de Lengua castellana:
«Me gusta como son las clases, son dinámicas y se utiliza diferentes programas como kahoot y socrative, es la única materia que utiliza otros programas para aprender, por lo cual simplemente no creo que se pueda mejorar mucho, aunque no me gustan las actividades del libro, prefiero que el profesor lo explique a su manera ya que logro entenderlo mejor.»
«Las clases de castellano se podrían mejorar con más participación por parte de los alumnos, pues esto permite una mayor fluidez de la asignatura.»
«Pienso que la clase es bastante divertida, haciendo cosas con el Kahoot o con el Socrative nos lo pasamos genial, pero creo que también nos falta participación en clase.»
«Haciendo más actividades dinámicas como Kahoot y Socrative. Porqué es una manera divertida de aprender, lo “guai” sería explicar la lección y a partir de aquí hacer ejercicios con estas herramientas tan divertidas.»
Está claro que seguiré teniendo dudas, pero explicando, pasando por el libro de puntillas, creando y buscando actividades que amplíen la participación de los alumnos en su propio aprendizaje, luchando, como comentaba Germán Cánovas en un estupendo curso de formación sobre la enseñanza de la gramática, contra el aburrimiento.
Mientras leía o repasaba esta mañana los textos antes citados y pensaba en que, como siempre, ni en campaña electoral los partidos abordan con seriedad el tema de la Educación, he recordado una serie televisiva dirigida por Adolfo Marsillach en 1974, cuando con 14 años podíamos abandonar los estudios y empezar a trabajar, no se obligaba a los adolescentes a permanecer contra su voluntad en un centro de enseñanza. Bueno, al principio de cada capítulo, Adolfo Marsillach narraba este breve cuento:
Había en algún sitio un ratón que nunca sospechó que era un ratón, hasta que un día una chica al verlo se asustó.
—¡Ay, Dios mío, un ratón!
Cuando el ratón oyó esa palabra, se asustó lo mismo que la chica; miró a su alrededor, pero nadie estaba allí, nadie, porque… él… él… era el ratón.
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¿Qué podemos votar los docentes el próximo 20 de diciembre?
¿Qué queso?
Dado que no tenemos un sistema político sano, tal vez sea imposible esperar un sistema educativo sano si no trabajamos para construir una democracia real, así que sigamos innovando “como negros” mientras otros encargan libros blancos. Ya llegarán las vacaciones, para que nos las echen en cara los que nunca trabajaron con la intención de pactar un proyecto educativo con todos los sectores implicados. Aquellos que también quieren alargar los horarios en perjuicio de la calidad y la efectividad. En el fondo, tengo la sensación de que aquellos que no apuestan por la innovación son los que mantienen el sistema, y así se sigue votando, sin criterio.
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Por otra parte, y en el lado positivo, ya está abierta la inscripción a las III Jornadas GrOC, cuyo centro de interés será la enseñanza de la gramática en contextos multilingües, se celebrarán los días 4 y 5 de febrero de 2016.




