Sumario 26

 

Manuel
Garrido
Palacios

 

Apuntes parisinos:
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Apuntes parisinos: IV

Lección

 

Conforme se accede al Museo del Louvre por la entrada Denon aparecen en primer término una serie de vitrinas que los que van con prisas a tiro hecho suelen pasar de largo. En una de ellas, de cara a la puerta, se diría que llevando el control de la masa humana que se mueve por allí, se encuentra el «Idole Cloche», una bella figura que responde con su mudez al constante murmullo que flota por la sala, y con su gesto impasible a los miles de rostros de todas las razas que apenas la miran.

Si uno se sienta a observarla en los bancos laterales ve que cruzan por su lado cientos de ojos que buscan en la lejanía del fondo los grandes hitos, como la Venus, de la que había -¿está aún?- en el pasillo del Instituto «La Rábida» del Conquero una réplica de la que servidor estaba enamorado; o la Victoria de Samotracia, cuya sola existencia en el Louvre hace que mi amigo Quino Villaseñor vaya a París a estar horas frente a su prodigiosa belleza; o el rostro de mujer más fotografiado de la historia pasada, presente y por venir: la Gioconda, ante la que las cámaras echan chispas sin que buena parte de los que están detrás de dichas cámaras sepan de ella algo más de lo que se ve: la fama de un cuadro; o los sarcófagos traídos de Egipto, o los deliciosos frutos del Renacimiento, o el «Escriba sentado», o lo que sea. Lo cierto es que desde el banco lateral puede comprobar que nadie frena su avance para dedicarle una mirada al «Idole Cloche», tan pequeñito, frágil, casi etéreo.

Entonces la casualidad entra en juego y hace que a una dama se le rompa el tacón de uno de sus zapatos, con lo que los que la acompañan se reúnen en torno al suceso justo al lado del «Idole Cloche». Mientras se arregla el desaguisado, el grupo dirige su atención hacia la vitrina y de inmediato surge una mezcla de datos y de especulaciones que regalan una efímera atención a la soledad de la figura guardada. Una voz campanuda lee en voz alta el número de catálogo de la pieza: el 3007. Otra lo hace con la leyenda que informa al visitante, donde reza que la figurilla tiene una edad que alcanza el siglo VII antes de Cristo. El resto habla del peinado, del vestido o se pregunta de dónde la trajeron.

En esto andamos cuando la dama del tacón roto opta por prescindir de los zapatos para seguir su camino descalza. Pero al reemprender todos la marcha, un niño rezagado grita a los que no han dado con más claves que las que los carteles decían: «¡Esto se parece a lo que pintaba Picasso!».

El observador del banco ve que el niño acaba de dar, sin que su grupo lo advierta, una aguda lección de arte como quien juega a las canicas, sin poner solemne el gesto. Y, cómplice de su opinión, se acerca a la vitrina y corrobora que la figura recuerda a las meninas de Velázquez, aunque Velázquez no la viera jamás; pero la recuerda, no de su pintura original, sino de la que posteriormente interpretó Picasso, quien sí es probable que gozara a placer de la visión del «Idole Cloche».

Idole Cloche

Ya la gente a lo suyo y el niño sabio a cuestas con su certera carga de ingenuidad, el observador cosecha los ecos de la escena y los trae al papel para compartirlos con todos.

 

Manuel Garrido Palacios

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