Sumario 24

 

Manuel
Garrido
Palacios

 

Apuntes parisinos:
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Apuntes parisinos: I

Una simple canción

 

Junto a la iglesia de Saint Germain-des-Prés se colocan unas muchachas en círculo, abren sus carpetas azules, sacan unas partituras y comienzan a cantar dulzuras. A veces sueltan el canto de corrido, sin parones ni reempiezos; otras, igual por el poco ensayo, la improvisación o la timidez ante un auditorio ambulante, les brota la duda en los arranques de las estrofas, se meten en un laberinto, del laberinto al treinta, tiro porque me toca, y entonces, en vez de cantar, pueblan el tibio otoño parisino de un recital de risas. A pie de coro hay una cesta de mimbre con un cartel que dice: «Cantamos para ayudar a Lissi en su boda civil y en su luna de miel. Contribuya usted con lo que pueda. Se lo agradeceremos con canciones».

Lissi tiene las mejillas de manzana madura y se adorna como vestal camino de su templo. Aunque está serena, no parece creer en lo que está pasando en esa seria jocosería que sus amigas le han organizado en pleno Boulevard St. Germain. Lo que hace es que se tapa la cara para no ser testigo de algo que, posiblemente, ni había imaginado cómo sería cuando aún estaba en ciernes. Pero al comprobar que hay transeúntes que se paran, echan monedas en el mimbre y aplauden al final de cada pieza, descubre su rostro, alisa su pelo, toma aire y se suma al coro con un gesto indescifrable de Gioconda. Toda mujer lleva una Gioconda dentro.

Mientras suenan las voces de las muchachas en flor, una dama se acerca a Lissi para contarle cómo fue su boda, qué lugar visitó, en qué hotel estuvo, cómo se llamaba su marido y en qué consistió el menú de la inolvidable cena. Un violinista y su acompañante al pandero, que tocaban al lado, lejos de incomodarse por la repentina competencia del canto, se acercan, prueban tono y ritmo con ellas y se unen sin más trámite al concierto vespertino de esta capital de la belleza. Por la ventana de un autobús salen gritos de ánimo hacia la iniciativa, y los símbolos de la prisa, como llama Wilhem Kent a los coches, ralentizan la marcha y hacen sonar sus bocinas con suavidad para no romper tan delicado momento.

Por completar el cuadro pintado con palabras, unos gendarmes que van a su ronda leen el cartel, sonríen a las cantoras y uno de ellos se agacha con una moneda para que su aportación económica al proyecto de Lissi no rompa la melodía que flota en el aire tibio que baja al Sena y lo cruza por el puente Sully. De los cafés circundantes llega, no un amase de voces y de vasos, sino un escueto silencio para captar mejor las sutilezas de una canción de amor cantada por mujeres. Nada hay comparable. Las hojas de los gigantescos árboles caen doradas de sus ramas como un tributo más.

Dentro de la iglesia de Saint Germain-des-Prés pasan cosas divinas y trascendentes, como la celebración de una boda con todos sus avíos. Fuera sucede que un coro de muchachas pide una ayuda para que una pueda casarse por lo civil. Aparte de quien se interese en éste o aquél suceso, por el Boulevard van y vienen cientos de personas al margen de ambas opciones; o sea, inmersos en una tercera, una cuarta o una quinta vía. París tiene estas cosas.

 

Manuel Garrido Palacios

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