Sumario 25

 

Manuel
Garrido
Palacios

 

Apuntes parisinos:
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Apuntes parisinos: III

Templo

 

Dice Bernhard Thomas en su obra Hormigón, que cualquiera que sea nuestro estado tenemos que hacer en todo momento lo que queremos hacer y, si queremos viajar, tenemos que viajar, sin preocuparnos de nuestro estado, aunque sea el peor, sobre todo cuando es el peor, porque entonces, al fin y al cabo, viajemos o no viajemos, estaremos perdidos, y más vale morir y haber hecho un viaje deseado y ansiado más que cualquier otra cosa que asfixiarse con ese deseo y esa ansia. Por ejemplo: cualquier día parisino es una misa en la que se comulga con la belleza y, si como ocurre en tantas iglesias, hay conciertos, paralelos o no, al rito religioso, el momento se convierten en un encuentro en vivo con Bach, Mozart, Beethoven, Vivaldi..., no en balde en Notre Dame fue organista César Frank, por poner un caso entre miles. Si la mañana es idónea para visitar librerías de St. Michel, o permanecer un rato infinito en la casa de Picasso, o sentarse frente al péndulo de Foulcault (no el original, sino el que cuelga de la cúpula del Panteón, que sobrecoge), las tardes invitan a ver el trasiego urbano desde la terraza de un café, a penetrar en los frescos palacios, a gozar de los milagros de luz que forman las vidrieras, a recalar en el Louvre, a percibir el latido silencioso de los siglos.

Tuvo visión la Iglesia cuando quiso aunar en sus oficios todas las artes. Pensó que unos entrarían en los recintos sagrados por sus creencias religiosas y otros por las artes. No es París ciudad de la que se huya el fin de semana; es ciudad a la que se acude para gozarla en plenitud. Hace años rodé en sus calles tres documentales; o sea, la he mirado con los ojos que se protegen tras las gafas y con el objetivo de la cámara para pintarla a mi aire. Lo que quiere decir: me la he trabajado.

Cuando vuelvo sin trastos de rodar parece que es ella la que me mira a ver si la aprovecho aunque sea en un porcentaje mínimo de cuanto ofrece. Le digo, para que vea que la amo, que la vida se queda quieta mientras ella pasa. Parece una tontería, pero no lo es, y menos, si después del concierto cae un andar sereno Rivoli arriba y una cena por la Magdalena, o en Montmatre, para cerrar el día. Hasta puede uno llevarse la sorpresa de que el dueño de uno de los restaurantes cercanos a Notre Dame veranee en Matalascañas y hable de ella, y del pueblo de Almonte, y de la aldea del Rocío con verdadero entusiasmo, lo que se traduce de inmediato en una botella de buen Burdeos a su cargo y la promesa, por parte de los comensales, de repetir la visita ya mismo. Oiga, mañana.

Lo que quería decir el personaje que inventó la frase de que «París bien valía una misa» era que París entera es una misa humana y divina cuyas lindes apenas se advierten. Puede que el hombre la soltara sin más para que el resto interpretara su entusiasmo. También pudo ser un lugarteniente suyo que la dijo sabrá Dios por qué razones. Lo que pasa es que, si le damos importancia a lo que dijo o dejó de decir un señor una tarde soleada a la orilla del Sena, es porque dejó caer una verdad como un templo. Un templo abierto a todo lo imaginable y por imaginar como es París.

 

 

Manuel Garrido Palacios

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