Sumario 25

 

Manuel
Garrido
Palacios

 

Apuntes parisinos:
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Apuntes parisinos: II

Ella

 

La Gioconda tiene una mirada socarrona, de parisina sentada en cualquier café de los viejos bulevares observando la vida que pasa y siendo observada, a su vez, por los que pasan por la vida. Ahora ya no la acompaña el gigantesco cuadro de Las Bodas de Canaa, pero ella sola se basta para atraernos y ser la dama más retratada de la historia; en vida, una vez; muerta, millones de veces. Puede que Leonardo le imprimiera ese gesto que conmueve pensando en la de ojos altivos que la mirarían, de figuras alzadas sobre tacones que querrían acceder a su altura, de perfiles aderezados ante el espejo para llamar su atención, de razas que iban a asombrarse ante su rostro intentando descubrir el gran secreto: el motivo de su sonrisa insinuada.

Hay quien cree que Leonardo se oculta tras ella y que parte de la pintura utilizada se mezcló —¿casualmente?— con su propia sangre por un leve percance en el estudio, lo que pone a caminar la imaginación hasta el punto de pensar que Gioconda está allí viva, y que sale cuando el Louvre cierra sus puertas para deambular a sus anchas por las galerías, tener sus charlas con los personajes de otros cuadros y asomarse a los gigantescos ventanales por los que se ve París por todos los puntos cardinales, incluidas las esquinas. Hay quien precisa que permanece más rato por la fachada que da al Sena que cuando mira hacia las Tullerías, Rívoli...

Verdad o fantasía, lo cabal es que de noche se escuchan pasos en la inmensidad del Museo; energías que no detectan las alarmas, pero sí la mente sensible. A veces suben los bedeles al sentir una música de salón, el paso de un ejército que va a vencer o que vuelve vencido, el recuento de monedas, el peso de la avaricia, el vuelo susurrante de la Victoria de Samotracia o el siseo de la Venus pidiendo prudencia. Uno de los fenómenos más bellos es el del Escriba Sentado, que se afana cada madrugada en colmar de signos un papiro —crónica mística— para que al alba lo lleve en su pico una paloma a una biblioteca que está a la izquierda conforme se va al Paraíso, ese lugar al que te prometen que vas si has sido bueno en la vida.

Sobre estos asuntos maravillosos hay quien opina que son pura mentira de gente enamorada del Louvre. Suelen ser los expertos en verdades absolutas, graves señores que argumentan, después de meditar durante la breve eternidad de un instante (palabras del poeta Salas Dabrio), que Gioconda no se ha podido mover del sitio en el que la pusieron porque, simplemente, es una pintura. Los que no pertenecemos a este selecto grupo de escogidos y vamos a nuestro aire, no sólo creemos que Gioconda sale y entra, sino que derrama ternura cuando se sonríe ante los que la miramos al ver el triste espectáculo de los conflictos humanos (ella ya no lo es), conflictos que no quedan en pensar cada uno lo que pueda, sino que somos capaces de llevarlos al maldito y repugnante campo de batalla.

Para unos, su gesto no pasa de ser óleo sobre lienzo. Para otros, alcanza la dimensión del misterio. Cuando Marlon Brando fue al Louvre y se puso ante ella dijo: «Este sí que es un rostro impenetrable».

 

 

Manuel Garrido Palacios

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