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agua / aire / tierra / fuego

el otro mensual, revista de creación literaria y artística - ISSN 1578-7591

Cubierta de The Wife of His Youth

Su esposa
de juventud

Charles Waddell Chesnutt

Traducción de Victoria Pineda

Nota preliminar de la traductora

Las imágenes que aparecen en esta página, de Clyde O. De Land, pertenecen a la edición original de The Wife of His Youth and Other Stories of the Color Line [Boston; New York: Houghton, Mifflin and Company, 1901] y proceden de la Library of Southern Literature [The University of North Carolina at Chapel Hill], donde también se puede acceder al texto original: http://docsouth.unc.edu/southlit/chesnuttwife/menu.html

 

I

El Sr. Ryder se disponía a dar un baile. Por diversas razones éste era el momento oportuno para tal acontecimiento.

Muy bien podría decirse que el Sr. Ryder era el decano de los Venas Azules. Los Venas Azules provenían de una pequeña asociación de personas de color que se había organizado en cierta ciudad del Norte poco después de la guerra. Su propósito era establecer y mantener pautas sociales de corrección entre una gente cuya condición presentaba un espacio para la mejora casi ilimitado. Por accidente, y también quizá por alguna afinidad natural, la sociedad estaba formada por individuos que eran, hablando de manera general, más blancos que negros. Un envidioso ajeno a la asociación insinuó que nadie podía entrar a formar parte de ella si no era lo suficientemente blanco como para que a través de la piel se le vieran las venas azules. La insinuación caló inmediatemente en aquéllos que no se contaban entre los pocos afortunados, y desde aquella época la asociación, aunque poseía un nombre más largo y pretencioso, fue conocida en todas partes como la “Sociedad de los Venas Azules” y sus miembros, como los “Venas Azules”.

Los Venas Azules no consentían que existiese tal requisito de admisión en su círculo, sino que, al contrario, declaraban que el carácter y la cultura eran lo único que se tenía en cuenta; y que si la mayoría de los miembros eran de color claro, eso se debía a que esas personas, por regla general, habían tenido mejores oportunidades para postular su candidatura. También variaban las opiniones en cuanto a la utilidad de la sociedad. Se sabía que algunos la habían atacado violentamente por ser un ejemplo palmario del propio prejuicio que había sufrido la raza de color; y más tarde, cuando esos críticos conseguían entrar en la sociedad, se les oía sostener celosa y diligentemente que la asociación era un salvavidas, un ancla, un baluarte y un escudo, una columna de humo durante el día y de fuego durante la noche para guiar a su gente a través de la jungla social. Se suponía que otro requisito de pertenencia a los Venas Azules era el del nacimiento libre; y aunque en realidad no existía tal imposición, no cabía duda ninguna de que muy pocos de los miembros habrían podido responder de ella en caso de existir. Si uno o dos de los más antiguos procedían del Sur y habían sido esclavos, su historia presentaba circunstancias lo suficientemente románticas como para privar a su origen servil de sus aspectos más tremendos.

Y aunque no se pedían tales pruebas de ingreso, lo cierto es que los Venas Azules tenían sus ideas al respecto y que no todos ellos eran en privado igualmente liberales en los asuntos que rechazaban de manera colectiva. El Sr. Ryder era uno de los más conservadores. Aunque no se contaba entre los fundadores de la asociación, sino que había llegado algunos años después, su talante y cualidades de mando social eran de tal calibre que muy pronto fue reconocido como consejero y jefe, custodio de los valores de la sociedad y guardián de sus tradiciones. Daba forma a su política social, promovía la organización de sus entretenimientos, y cuando el interés decaía, como a veces pasaba, agitaba a los miembros hasta que éstos estallaban de nuevo en alegre llamarada.

Existían además otras razones para su popularidad. Aunque no era tan blanco como algunos de los Venas Azules, su aspecto le confería un toque de distinción. Sus rasgos eran refinados; su pelo, casi liso; iba siempre pulcramente vestido; sus modales eran irreprochables; y su moral, fuera de toda duda. Había llegado a Groveland de joven, y, habiendo conseguido empleo de mensajero en la oficina de una compañía de ferrocarril, con el tiempo logró ocupar el puesto de oficial de papelería, en el que tenía a su cargo la distribución de los materiales de oficina para toda la compañía. A pesar de que su falta de formación primaria había estorbado el desarrollo sistemático de una mente naturalmente fina, no le había impedido leer una buena cantidad ni formarse unos gustos decididamente literarios. La poesía era su pasión. Podía recitar de memoria páginas enteras de los grandes poetas ingleses; y, aunque su pronunciación era a veces errada, su aspecto, su voz, sus gestos, habrían respondido a los cambiantes sentimientos con una precisión que dejaba adivinar un alma poética y una crítica inofensiva. Era económico y había ahorrado dinero; poseía y ocupaba una casa muy cómoda en una calle respetable. Su residencia estaba elegantemente amueblada y contenía, entre otras cosas, una buena biblioteca, rica sobre todo en poesía, un piano y algunos grabados selectos. Solía compartir su casa con alguna pareja joven, que cuidaba de sus necesidades y le hacía compañía, porque el Sr. Ryder era un hombre soltero. En sus primeros años de pertenencia a los Venas Azules se le había considerado un buen partido, y las damas jóvenes y sus madres habían maniobrado con ingenio para capturarlo. Sin embargo, hasta que la Sra. Molly Dixon no visitó Groveland, ninguna mujer le había hecho cambiar de estado civil.

La Sra. Dixon había venido de Washington a Groveland durante la primavera, y antes de acabar el verano ya había conquistado el corazón del Sr. Ryder. Era dueña de muchas cualidades atractivas. Era mucho más joven que él; de hecho, él tenía edad suficiente para haber sido su padre, aunque nadie sabía con exactitud cuántos años tenía. Era más blanca que él y más cultivada. Se había movido en la mejor sociedad de color del país, en Washington, y había dado clase en las escuelas de aquella ciudad. Una persona tan superior fue extraordinariamente bien recibida en la Sociedad de los Venas Azules y llegó a desempeñar un papel dirigente en las actividades de la misma. El Sr. Ryder se sintió atraído primero por los encantos de su persona, pues era muy bien parecida y todavía no había cumplido los veinticinco años; luego, por sus refinados modales y por la vivacidad de su ingenio. Su marido había sido funcionario del gobierno y a su muerte le había dejado un seguro de vida considerable. Había ido a visitar a algunos amigos en Groveland y, al encontrar la ciudad y a la gente muy de su gusto, prolongó su estancia de manera indefinida. No parecía que la importunaran las atenciones del Sr. Ryder, sino que, al contrario, había sabido alentarlo adecuadamente. Desde luego, un hombre más joven y menos cauto se habría pronunciado mucho antes. Pero él ya había tomado la decisión de hacerlo y sólo le quedaba determinar el momento en que le pediría que fuera su esposa. Decidió organizar un baile en su honor y en algún momento de aquella velada le ofrecería su corazón y su mano. No tenía ningún temor especial sobre los resultados, pero, como pequeño toque romántico, quería que el escenario estuviese en consonancia con sus sentimientos en el momento en que recibiera la respuesta esperada.

El Sr. Ryder se propuso que ese baile marcara época en la historia social de Groveland. Conocía, desde luego -nadie los conocía mejor que él-, los entretenimientos que habían tenido lugar en años anteriores y lo que había que hacer para superarlos. Su baile tenía que ser digno de la dama en cuyo honor iba a celebrarse y debía establecer, por la calidad de sus invitados, un ejemplo para el futuro. Últimamente había observado una creciente liberalidad, casi una laxitud, en asuntos sociales, incluso entre los miembros de su propio ambiente, y varias veces se había visto obligado a conocer en sociedad a personas cuya complexión y oficio distaban de ser las que él consideraba adecuadas para la asociación. Tenía su propia teoría.

“No tengo prejuicios raciales”, decía, “pero a la gente de sangre mixta nos machacan entre las dos piedras del molino, la de arriba y la de abajo. Nuestro destino reside entre la absorción por parte de la raza blanca y la extinción de la negra. La una no nos quiere todavía, pero puede que con el tiempo nos acoja. La otra nos recibiría con los brazos abiertos, pero para nosotros sería un paso atrás. ‘Sin malicia hacia nadie, con caridad para todos', debemos hacer todo lo que podamos por nosotros mismos y por aquéllos que nos seguirán. La conservación es la primera ley de la naturaleza”.

Por su exclusividad, el baile serviría para contrarrestar las tendencias hacia el equilibrio y su matrimonio con la Sra. Dixon contribuiría a subir un peldaño en el proceso de absorción que él deseaba y esperaba.

 

Ilustración de The Wife of His Youth

 

II

El baile tendría lugar el viernes por la noche. Se había puesto en orden la casa, las alfombras se habían cubierto con lienzos, los corredores y las escaleras se habían decorado con palmas y con macetas. Por la tarde el Sr. Ryder se sentó en el porche, que una viña trepadora que subía por una tela metálica convertía en un fresco y agradable lugar de descanso. Esperaba responder al brindis “Por las señoras” durante la cena, y en un volumen de Tennyson –su poeta predilecto- buscaba la fuerza de las citas adecuadas. El volumen estaba abierto por “Un sueño de mujeres hermosas”. Sus ojos se posaron sobre estos versos, que leyó en voz alta para juzgar mejor su efecto:

“Vi una dama al fin que tal vez me oyera,
inmóvil como mármol cincelado,
hija de un dios, divinamente alta
y mucho más divinamente hermosa”.

Marcó el verso y, pasando la página, leyó la estrofa que empieza:

“Oh, dulce, pálida Margarita,
oh, suave, pálida Margarita”

Sopesó el pasaje durante un momento y decidió que no era el adecuado. La Sra. Dixon era la dama más pálida que asistiría al baile y con todo y eso su complexión era más bien rubicunda; su disposición, vivaz; y su hechura, robusta. Así que siguió hojeando el libro hasta que sus ojos se detuvieron en la descripción de la reina Ginebra:

“Era igual que la alegre Primavera:
vestida en seda verde como hierba,
abrochada con hebillas de oro
y un penacho de plumas verde claro
que sujetaba un anillo dorado.

. . . . . . . . . . .

“Estaba adorable cuando empuñaba
la rienda con sus yemas delicadas;
toda otra felicidad cualquier hombre
habría entregado, y toda riqueza,
por malgastar su entero corazón
en un beso de sus labios perfectos”.

Mientras el Sr. Ryder murmuraba estas palabras en voz alta, con un estremecimiento de apreciación, oyó la aldaba de la verja y unas pisadas ligeras en los escalones. Volvió la cabeza y vio a una mujer en la puerta.

Era baja –no llegaba a los cinco pies- y proporcionada para su estatura. Aunque se mantenía erguida y miraba a su alrededor con ojos brillantes e inquietos, presentaba un aspecto bastante avejentado pues tenía la cara surcada en todas partes por cientos de arrugas y alrededor de los bordes del sombrero le sobresalían aquí y allá mechones de pelo corto encanecido. Llevaba una bata de calicó azul, de corte antiguo, un pequeño chal rojo sujetado sobre los hombros con un anticuado broche de latón, y un gran sombrero de cofia profusamente adornado con flores artificiales de colores rojo y amarillo desvaídos. Y era muy negra, tan negra que sus desdentadas encías, que quedaban al descubierto cuando abría la boca para hablar, no eran rojas, sino azules. Parecía un poco como venida de la vieja vida de la plantación, llamada del pasado por el movimiento de la varita de un mago, como si la fantasía del poeta hubiera hecho encarnarse las graciosas formas que el Sr. Ryden acababa de leer.

Se levantó de la silla y se dirigió hacia donde ella estaba.

“Buenas tardes, señora”, dijo.

“Buenas tardes, señor”, contestó ella, inclinándose de pronto en una reverencia inusual. Tenía la voz chillona y atiplada, aunque suavizada un poco por la edad. “¿Es aquí donde vive el Señor Ryder, señor?”, preguntó, mientras miraba en torno suyo con aire de duda y atisbaba por las ventanas abiertas, a través de las cuales se hacían visibles algunos de los preparativos para la velada de aquella tarde.

“Sí”, contestó él, con aire de amable superioridad, halagado inconscientemente por los modales de la mujer. “Yo soy el Sr. Ryder. ¿Quería usted verme?

“Sí, señor, si no le sirve de molestia”.

“No, en absoluto. Tome asiento aquí, detrás de la viña, que está fresco. ¿Qué puedo hacer por usted?”

“Perdone, señor”, continuó ella, mientras se sentaba al borde de una silla, “perdone usted, señor, estoy buscando a mi marido. Oí que era usted un hombre importante y que llevaba aquí mucho tiempo, y pensé que no le importaría que me llegase a preguntarle si ha oído usted hablar de un mulato que se llama Sam Taylor y va por ahí por las iglesias preguntando por su mujer Liza Jane”.

El Sr. Ryder se quedó pensativo durante un momento.

“Después de la guerra hubo muchos casos de esos”, dijo, “pero hace tanto tiempo, que los he olvidado. Ya quedan pocos. Pero cuénteme su historia, a ver si me voy acordando de algo”.

Ella se echó hacia atrás en la silla, como para acomodarse, y plegó sus ajadas manos sobre el regazo.

“Me llamo Liza”, comenzó, “Liza Jane. Cuando era joven, era del amo Bob Smith, allí en Missouri. Nací allí. De muchacha me casé con un hombre que se llamaba Jim. Pero Jim se murió y después me casé con un mulato que se llamaba Sam Taylor. Sam había nacido libre, pero sus padres murieron y los blancos le enseñaron a trabajar para mi amo hasta que se hiciera mayor. Sam trabajaba en el campo y yo, de cocinera. Un día, Mary Ann, la criada de la señora, vino corriendo de la cocina y me dijo, ‘Liza Jane, el amo va a vender a Sam río abajo'.

”'Quita allá', le dije; ‘¡mi marido es libre!'

”‘No importa. He oído que el amo le decía al ama que iba a llevarse a Sam mañana porque necesitaba dinero y que sabía que le darían mil dólares por él y que no iban a hacer averiguaciones'.

”Cuando Sam volvió del campo le dije que el amo quería llevárselo y él se escapó. Estaba a punto de cumplirse su tiempo de esclavo, y me juró que cuando hiciera los veintiún años vendría por mí y me ayudaría a escapar o ahorraría dinero para comprar mi libertad. Y yo sé que quería hacerlo, porque Sam me tenía en mucha consideración, sí. Pero cuando volvió no me encontró porque yo ya no estaba allí. El amo se enteró de que había avisado a Sam y por eso hizo que me azotaran y me vendieran río abajo.

”Entonces estalló la guerra, y cuando terminó, la gente de color estaba muy repartida. Yo volví a la casa, pero Sam no estaba allí y no pude averiguar nada de él. Pero yo sabía que él había estado allí buscándome y que no me había encontrado y que se había ido por ahí a buscarme.

”Y desde entonces he estado buscándolo”, añadió simplemente, como si veinticinco años no fueran más que un par de semanas, “y sé que él me ha estado buscando a mí. Porque él me quería lo suyo, sí, y sé que ha andado en busca mía todos estos años, a no ser que se haya puesto malo o algo así y no haya podido trabajar, o que se haya puesto mal de la cabeza y no se acuerde de la promesa que me hizo. Volví río abajo porque me imaginé que él habría ido por allí buscándome. Fui a Nueva Orleans y Atlanta y Charleston y Richmond, y cuando ya terminé de recorrer el Sur me vine para el Norte. Porque sé que lo encontraré uno de estos días”, añadió suavemente, “o él me encontrará a mí y entonces seremos tan felices en libertad como lo fuimos en aquellos tiempos, antes de la guerra”. Se detuvo un momento y una sonrisa furtiva pasó por su rostro marchito y sus brillantes ojos se suavizaron al perderse en la lejanía.

Ésta era, en sustancia, la historia de la vieja mujer: había estado vagando de acá para allá. El Sr. Ryder la contemplaba con curiosidad cuando ella terminó de hablar.

“¿Y cómo ha vivido usted todos estos años?”, preguntó.

“Cocinando, señor. Soy una buena cocinera. ¿No sabrá usted de nadie que necesite una buena cocinera, señor? Me estoy quedando con una familia de color ahí a la vuelta hasta que encuentre un sitio”.

“¿De verdad que espera encontrar a su marido? Puede que haya muerto hace tiempo”.

Ella movió la cabeza con fuerza. “Ah, no, muerto no está. Las señales y los amuletos me lo dicen. Esta semana he soñado tres noches seguidas que lo encontraba”.

“A lo mejor se ha casado con otra mujer. Su matrimonio de la época de esclavitud no se lo habría impedido, porque usted nunca vivió con él después de la guerra, y sin eso el matrimonio no cuenta”.

“A Sam eso le habría dado igual. Él no se habría casado hasta que hubiera sabido algo de mí. Yo lo sé”, añadió. “Todos estos años he tenido la corazonada de que encontraré a Sam antes de morirme”.

“Puede que él la haya sobrepasado a usted, que haya subido en la vida y que no haya querido que usted lo encuentre”.

“No, señor, ni hablar”, contestó ella, “Sam no es de esa clase de hombres. Era bueno conmigo, sí, aunque no era demasiado bueno con nadie más, era de los más gandules de la plantación. Me imagino que tendré que mantenerlo cuando lo encuentre porque nunca le gustó trabajar más de lo necesario. Pero claro, es que era libre y no le pagaban el trabajo, y por eso yo no le echo la culpa. Quizá le haya ido mejor desde que se escapó, pero no me espero gran cosa”.

“Es posible que se lo haya usted cruzado por la calle cientos de veces durante estos veinticinco años y que no lo haya reconocido: el tiempo provoca cambios enormes”.

Ella sonrió con incredulidad. “Lo reconocería entre cien hombres, porque no hay otro mulato como mi Sam, y no podría equivocarme. He llevado su retrato a todas partes durante veinticinco años.”

“¿Puedo verlo?”, preguntó el Sr. Ryder. “Quizá me ayude a recordar si he visto el de verdad”.

Ella se sacó un paquetito del pecho, y al hacerlo él vio que el paquete iba atado a una cuerda que llevaba colgada al cuello. Después de retirar varios envoltorios, la mujer sacó a la luz un anticuado daguerrotipo de una caja negra. Él miró larga y atentamente el retrato. Se había desgastado con el tiempo, pero los rasgos se distinguían claramente y era fácil ver qué clase de hombre era el que estaba allí representado.

Cerró la caja y con un movimento pausado se la devolvió a la mujer.

“No conozco a nadie en esta cuidad con ese nombre”, dijo, “ni he oído de nadie que haya ido haciendo esas averiguaciones. Pero si usted me deja su dirección, me ocuparé del asunto y si me entero de algo, la avisaré”.

Ella le dio el número de una casa de la vecindad y se alejó, tras darle las gracias calurosamente. Él escribió la dirección en la solapa del volumen de Tennyson y, al marcharse ella, se levantó y se quedó de pie mirándola con curiosidad. Mientras caminaba calle abajo con pasitos cortos, él vio que varias personas con las que se había cruzado se volvían a mirarla con una sonrisa de amable diversión. Cuando dobló la esquina, él subió a su habitación y se quedó durante largo rato de pie, delante de la cómoda, mirando fija y pensativamente el reflejo de su cara en el espejo.

 

Ilustración de The Wife of His Youth

 

III

A las ocho en punto la sala de baile estaba resplandeciente de luz. Los huéspedes habían comenzado ya a acudir, porque se ofrecía un programa literario y se tenían que revisar algunos asuntos rutinarios de la sociedad antes del baile. Un sirviente negro vestido con traje de tarde esperaba en la puerta y dirigía a los invitados a los tocadores.

La ocasión se comentó durante mucho tiempo entre la gente de color de la ciudad, no sólo por las galas y la ostentación, sino por el elevado promedio de cultura e inteligencia que distinguía a los que allí se congregaron. Había bastantes maestros de escuela, varios médicos jóvenes, tres o cuatro abogados, algunos cantantes profesionales, un editor, un teniente del ejército de los Estados Unidos que estaba de permiso en la ciudad y otros con varios oficios de buena crianza. Eran negros, aunque la mayoría de ellos no habrían atraído ni siquiera una mirada descuidada porque no presentaban diferencias notables con los blancos. La mayoría de las señoras llevaban trajes de noche, y los fracs y los zapatos de baile eran la regla entre los hombres. Un conjunto de cuerda, situado en un cuarto detrás de una fila de plantas de palmera, tocaba aires populares mientras iban llegando los huéspedes.

A las nueve y media dio comienzo el baile. A las once en punto se sirvió la cena. El Sr. Ryder salió del salón de baile poco antes del intermedio pero reapareció a la hora de cenar. El banquete estuvo a la altura de la ocasión, y los invitados se encargaron convenientemente de dar buena cuenta lo que en él se sirvió. Cuando llegó la hora del café, el maestro de ceremonias, el Sr. Solomon Sadler, pidió la atención de todos. Pronunció un breve preámbulo para cumplimentar al anfitrión y a los huéspedes y después presentó por su orden los brindis de la noche. Todos ellos fueron respondidos con un buen despliegue de ingenio de sobremesa.

“El último brindis”, dijo el maestro de ceremonias cuando llegó al final de la lista, “debe interesarnos a todos. No hay entre nosotros ningún miembro del sexo fuerte que en algún momento de su vida no haya dependido de una mujer: en la infancia por la protección; en la edad viril por la compañía; en la vejez por el cuidado y el consuelo. Nuestro buen anfitrión ha intentado vivir solo, pero los hermosos rostros que veo a mi alrededor esta noche son la prueba de que también él depende en gran medida del bello sexo para aquello que hace que la vida merezca la pena, la compañía y el amor de los amigos, y mucho se equivocarían los rumores si muy pronto no se entrega él a la entera sujeción de una de esas personas. El Sr. Ryder responderá ahora al brindis: Por las señoras”.

Los ojos del Sr. Ryder tenían una mirada pensativa cuando tomó la palabra y se ajustó los anteojos. Empezó hablando de la mujer como un don que el cielo concede al hombre, y tras algunas observaciones generales acerca de la relación entre los sexos, dijo: “Pero quizá la cualidad que más distingue a la mujer es la fidelidad y la devoción hacia aquéllos a quienes ama. La historia está llena de ejemplos, pero no ha registrado ninguno más llamativo que el que hoy ha llegado a mis oídos.”

Entonces relató, de manera simple pero efectiva, la historia que su visitante le había contado aquella tarde. La contó con el mismo suave dialecto que ella había usado, y que le vino de manera natural a los labios, mientras los demás escuchaban con atención y con compasión. Porque la historia había despertado un temblor de sensibilidad en muchos corazones. Algunos de los presentes habían visto y otros habían oído contar a sus padres o a sus abuelos los pesares y los sufrimientos de la generación anterior, y todos sentían, en los momentos más oscuros, esa sombra que aún pendía sobre ellos. El Sr. Ryder continuó:

”Tal devoción y confianza son raras, incluso entre las mujeres. Muchas habrían buscado un año, algunas habrían esperado cinco años, unas pocas habrían podido llegar a esperar diez años, pero esa mujer mantuvo durante veinticinco años su afecto y su fe en un hombre al que no había visto y del que nada había sabido en todo ese tiempo.

”Hoy vino a mí con la esperanza de que yo pudiera ayudarla a encontrar a su marido perdido hace tantos años. Y cuando se marchó di rienda suelta a mi fantasía e imaginé un caso que les propondré a ustedes.

”Supongan que este marido, poco después de su fuga, hubiera sabido que su mujer había sido vendida y que las indagaciones que él pudo haber llevado a cabo no le dieron noticia del paradero de ella. Supongan que él fuera joven y ella, mayor que él; que él fuera claro y ella, negra; que su matrimonio fuera un matrimonio en esclavitud y válido legalmente sólo si ellos lo hubieran querido así después de la guerra. Supongan también que él hubiera llegado al Norte como hicimos muchos de nosotros, y que allí, donde habría tenido mejores oportunidades, él las hubiera aprovechado y que durante el curso de todos esos años hubiera llegado a ser tan diferente del muchacho ignorante que había huido por miedo de la esclavitud como la noche lo es del día. Supongan incluso que gracias al trabajo, a la frugalidad y al estudio se hubiera hecho acreedor de la amistad y de la consideración de una sociedad de gente como la que esta noche tengo a mi alrededor adornando mi mesa y llenando de alegría mi corazón, pues soy lo suficientemente viejo como para recordar el día en que una congregación como ésta no habría sido posible en esta tierra. Supongan también que, a medida que iban pasando los años, el recuerdo que este hombre tenía del pasado se hubiera ido borrando cada vez más hasta que al final fuera raro que, excepto en sueños, le viniera a la mente alguna imagen de esa época ya ida. Y supongan después que el azar hubiera traído a su conocimiento el hecho de que su esposa de juventud, la mujer que había dejado atrás –no alguien que hubiera caminado a su lado y estado con él durante su fatigoso camino de ascenso, sino alguien en quien el paso de los años y una vida de trabajos hubiera dejado su huella- estaba viva y andaba buscándolo, pero que él estuviera a salvo de ser reconocido o descubierto, a menos que él mismo decidiera revelar quién era. Amigos míos, ¿qué haría ese hombre? Presumiré que era de los que aman el honor y de los que intentan comportarse de manera justa con todos. Llevaré el caso un poco más lejos y supondré que quizás hubiera depositado su corazón en otra, a quien habría esperado llamar suya. ¿Qué haría, o, mejor dicho, qué debería hacer en una crisis vital como esa?

”Me pareció que era posible que vacilara, y me imaginé que yo era un viejo amigo suyo, un amigo cercano, y que él había venido a mí en busca de consejo, y que yo discutía el caso con él. Yo intentaba argumentarlo imparcialmente. Después de considerar el asunto desde todos los puntos de vista, le decía, en palabras que todos ustedes conocen:

‘Y sobre todo sé sincero contigo mismo,
que a esto seguirá –como el día a la noche-
el que seas sincero con todos los demás'.

”Y entonces, por fin, le hacía la pregunta, ‘¿La vas a reconocer?'

”Y ahora, señoras y caballeros, amigos y compañeros, les pregunto, ¿qué debería haber hecho ese hombre?”

Había algo en la voz del Sr. Ryder que conmovió los corazones de aquéllos que estaban sentados en torno suyo. Sugería algo más que mera compasión por unos hechos imaginarios, más bien parecía una llamada personal. Se observó también que sus ojos se detenían de manera especial en la Sra. Dixon, expresando una mezcla de renuncia y curiosidad.

Ella había estado escuchando con los labios entreabiertos y los ojos inundados. Fue la primera en hablar: “Debería haberla reconocido”.

“Sí”, todos dijeron en eco, “debería haberla reconocido”.

“Amigos míos y compañeros”, respondió el Sr. Ryder, “les doy las gracias a todos y cada uno. Es la contestación que esperaba, porque conozco sus corazones”.

Se dio la vuelta y fue caminando hacia la puerta cerrada de una habitación contigua, mientras todos los ojos lo seguían intrigados. Volvió al cabo de un momento, llevando de la mano a su visitante de aquella tarde, que iba asustada y temblorosa al verse de pronto zambullida en aquella escena de brillante alegría. Iba pulcramente vestida de gris y llevaba el gorro blanco de una mujer anciana.

“Damas y caballeros”, dijo él, “ésta es la mujer y yo soy el hombre cuya historia les he contado. Permítanme que les presente a mi esposa de juventud”.

 

NOTA

El gran tema del escritor norteamericano Charles Waddell Chesnutt (1858-1932) son las relaciones interraciales. Cualquier biografía de Chesnutt repite el hecho de que, a pesar de su condición de afro-americano, de “legalmente” negro, Chesnutt podía pasar tranquilamente por blanco, como el Coleman Silk de Joseph Roth en La mancha humana. Tal vez fuera esta digamos versatilidad, o tal vez el que entre sus antepasados se contaran desde un amo (blanco) de esclavos (negros) hasta negros libres, o tal vez se tratara de sus inclinaciones políticas, el caso es que Chesnutt encontró los mejores temas de sus novelas y cuentos en las historias, los fracasos y las grandezas derivadas de la búsqueda de la identidad racial.

Chesnutt fue uno de los primeros escritores negros que gozó del favor del público y de la crítica en un ambiente literario y social predominantemente blanco, cuando las esperanzas suscitadas a raíz de la emancipación de los negros después de la Guerra de Secesión empezaban a difuminarse. Olvidado durante algunas décadas por su estilo “anticuado”, por su excesivo didacticismo y por alguna de sus –a decir de algunos- complacientes posturas sobre cuestiones raciales, su figura y su literatura se comenzaron a reevaluar hace unos cuarenta años, y la crítica logró ver en ellas la complejidad y sutileza de sus técnicas narrativas. Hoy es considerado como uno de los padres del cuento de tradición negra.

El cuento que presentamos, “Su esposa de juventud”, se publicó en la colección The Wife of His Youth and Other Stories of the Color Line en 1901, el mismo año en que la Iglesia Ortodoxa excomulgaba a León Tolstoi y en que Prudhomme ganaba el primer Premio Nobel de Literatura jamás concedido. En “The Wife of His Youth” la crítica ha identificado sucesiva o alternativamente una serie de temas, motivos e interpretaciones, y han visto en él un relato sentimental; una consideración sobre el matrimonio en relación a la reconciliación de la comunidad y en relación a la soltería, y sobre la fidelidad, la movilidad o la diferencia de edad; el retrato de un “mundo intermedio”; la crítica a un protagonista masculino lleno de orgullo por su modesto éxito; una sátira social; una plasmación del tema del escritor (Ryder, al narrar la historia de Liza Jane, refunde su identidad); una historia de esclavitud y de raza, de sangre mixta, de conflicto político y psicológico, de relaciones problemáticas dentro de la comunidad negra; la representación de cuestiones de género y de iniciativa femenina; un relato del folclor afroamericano (las “encías azules” como símbolo de poder mágico); o, en fin, un ejemplo de narración con alto contenido intertextual a través de las alusiones literarias tanto explícitas como implícitas (por supuesto, Tennyson y Shakespeare, pero también los Salmos, el Éxodo o el Thomas Hardy de El alcalde de Casterbridge ) .

Hasta lo que yo sé, Chesnutt no ha sido nunca traducido al español. Para la traducción de los parlamentos de Liza Jane he optado –después de desechar otras posibilidades- por no intentar trasponer en español las peculiaridades fonéticas de su dialecto, muy presentes en el texto, y me he conformado con mantener algunos rasgos sintácticos y de selección léxica. La cita de Hamlet I.iii.78-80 se transcribe por la traducción de la edición bilingüe de la obra del Instituto Shakespeare, 10ª ed., Madrid, Cátedra, 2003. Gran parte de la obra de Chesnutt está disponible en inglés en el volumen Stories, Novels and Essays, editado por Werner Sollors, Nueva York, The Library of America, 2002. Sollors es también el autor del artículo “Thematics today” donde se analizan los temas del cuento que he resumido arriba (en F. Trommler, ed., Thematics reconsidered, Amsterdam, Rodopi, 1995, pp. 13-32; también en español en C. Naupert, ed., Tematología y comparatismo literario, Madrid, Arco/Libros, 2003, pp. 53-84).

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© Charles Waddell Chesnutt
© De la traducción, Victoria Pineda

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