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agua / aire / tierra / fuego

el otro mensual, revista de creación literaria y artística - ISSN 1578-7591

La Maga cortazariana revisitada por Carmen Ortiz

Daniel Alejandro Capano

Cubierta de La historia desconocida de La Maga, de Carmen Ortiz


La historia desconocida de La Maga

Carmen Ortiz
Buenos Aires: Ediciones Rueda, 2006

 

El nacimiento de un nuevo libro es siempre una celebración de la palabra y de la literatura, un arte tan particular que permite al hombre participar de otras vidas y convertir la fantasía en momentánea realidad gracias a la creación de mundos posibles dotados de situaciones verosímiles y de seres que son sentidos como humanos.

Carmen Ortiz, con agudo conocimiento de la sensibilidad femenina, presenta en su libro La historia desconocida de La Maga (Buenos Aires: Ediciones Rueda, 2006) las vivencias de una mujer particular en un sugestivo juego entre verdad y ficción.

La perennemente abierta y receptiva naturaleza de la obra de Julio Cortázar estimula su capacidad creadora para componer, a través del enigmático personaje, un discurso propio de amplio interés para el lector.

Bebé Rocamadour, bebé bebé. Rocamadour: Racamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo y mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabés leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. [...] Ahora solamente te escribo en el espejo de vez en cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿Por qué Rocamadour? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borch que había hecho para Horacio, vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo.[...] te pusiste a llorar y él te mostró cómo el conejito movía las orejas [...]. Racamadour, bebe Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete (Rayuela, Cap. 32: 200-224),

Qué lector de Rayuela no recordará esta carta-nana-oración, cuya tentación de transcribir no pude superar, ya que pienso que es allí donde la Maga se desnuda y muestra su esencialidad, pero también porque creo intuir en ella uno de los disparadores para la construcción del personaje de Lucía, de Carmen Ortiz, pues, el tema de la maternidad se disemina, entre otros, a lo largo de su narración.

Aunque éste no es el único ingrediente que la une a la obra cortazariana; numerosos elementos sémicos y discursivos de Rayuela son reelaborados con una marca netamente personal en la novela de Ortiz. Así desfilan por el texto topónimos, lugares de encuentro, detalles catastrales y, fundamentalmente, personajes, entre otros, Ireneo, Ledesma, a la que la autora asigna un compromiso político no explícito en Cortázar, y Vincent, además de la Maga, por supuesto, que hermanan los dos textos estableciendo entre sí un fecundo diálogo.

Por eso incluyo La historia desconocida de la Maga dentro de una corriente estética que he definido en un ensayo anterior como “biografismo ficcionalizado” (Actas del Segundo Coloquio de Literatura Comparada: El Cuento. Homenaje a “María T. Maiorana”, Facultad de Filosofía y Letras, UCA, 1995), tan difundido en la actualidad por la narrativa posmoderna.

Llamo “biografismo ficcionalizado” a un tipo de relato cuya materia es la vida misma de autores del universo literario o de los personajes por ellos creados, que la imaginación del escritor reelabora. Por medio de este artilugio los escritores intentan encontrar una identidad, a la vez que la mirada retrospectiva rinde homenaje a aquellos autores que admiran y cuya poética, o aspectos de ella, puede ser tomada como modelo a seguir y ser transpuesta en la propia.

La historia desconocida de La Maga se inscribiría en esta novedosa categoría genérica vinculada a la transtextualidad.

La novela, como Rayuela, posee una organización bipartita que se estructura de acuerdo con un criterio espacial: “En el hemisferio Sur, Montevideo”, y “En el hemisferio Norte, París, Sitges”, simétricamente equilibrada: cada una de las partes posee siete capítulos. Además, como un espiral, el relato se abre con la visión del río-mar, en Montevideo, y finaliza con la evocación de ese mismo río-mar en las playas de Sitges, frente al Mediterráneo.

Como en otras obras de Carmen Ortiz: Juana la vida; El resto no es silencio; Las mujeres fatales se quedan solas, la figura femenina adquiere destacado protagonismo. Lucía es captada con mirada piadosa por la escritora desde una óptica femenina, en su agón con la vida, en su soñar y en su sufrir, en sus gozos y en sus conflictos personales. La joven persigue una entelequia: convertirse en cantante de lied y así obtener bienestar y reconocimiento social. Es una mujer ávida de conocimiento, quiere verlo todo, absorberlo todo. El París de los años 50 y 60, con su intensa vida cultural, es el lugar indicado para su aprendizaje, para su flânerie, para su vagabundeo por la ciudad en busca de nuevas experiencias. Lucía se manifiesta como una flâneure que se mueve en medio de los otros, intentando conocer espacios no transitados, asimilando objetos y probando embriagadoras sensaciones. En esa vitalidad se agota gran parte de su existencia.

Sin embargo, la muchacha lleva una vida desdichada y es consciente de ello. Lo manifiesta en frases como: “No sé hablar de la felicidad”, “Me es mucho más fácil hablar de las cosas tristes que de las alegres”. Y el narrador confirma: “Estaba sola. Sola de soledad infinita, sola de soledad absoluta” (201)

La vida de Lucía pareciera estar signada por la adversidad, el aislamiento y la pérdida de seres, afectos y posiciones logradas total o parcialmente; por ese determinismo alcanza dimensión de heroína trágica.

En el paratexto ubicado al comienzo de la novela, la autora reproduce un fragmento de Rayuela: “En el fondo la Maga tiene una vida personal aunque me haya llevado tiempo darme cuenta”.

Pero, ¿Quién es en verdad ese ser tan arcano, tan lleno de secretos y sugerencias llamado Maga?

Algunos críticos de la obra cortazariana han anclado la realidad del personaje en un ser de carne y hueso, en la traductora Edith Aron; otros han apostado, quebrando ese halo de misterio que posee, a otras identidades. Carmen Ortiz crea una Lucía peculiar, que ubica al lector en su infancia y juventud en el Cerro, en Montevideo, desde donde inicia, como un nuevo Jasón, su búsqueda del vellocino de oro a través de un periplo existencial que la llevará a París y a Sitges. Horacio y Pola recién aparecerán mencionados por el narrador, a modo de síntesis argumental, en el anteúltimo capítulo de la novela:

Ya no sería La Maga [...] Los recuerdos se agolpaban en su mente. Aquel día en la rue du Cherche Midi cuando ella salió del café y conoció a Horacio que la había bautizado Maga, la primera vez que hicieron el amor en el hotel de la rue Valette, cerca del Pantheon, aquel día en el Jardín de Plantes, los juegos y los besos en el Pont des Arts y en el Pont Neuf. Esos meses de amor, de pasión, de felicidad y también de angustia, de risas y de llanto se unían a los nombres de calles, de lugares de esa ciudad que percibía como propia. Y luego ese dolor, ese dolor que sentía en el pecho y que la quebraba desde que Rocamadour ya no estaba con ella, desde que había enterrado su pequeño cuerpo, parecía no acabar nunca. Era como si pequeños estiletes recurrentes se clavaran indefinidamente en su pecho. Ya ni siquiera podía llorar.

Necesitaba tiempo para entender lo inexplicable: su querido e inocente hijito había muerto. Sentía que una parte de ella se había ido con él. Algo se había desgarrado dentro de sí. (199-200).

Con relación a las estrategias narrativas empleadas por la novelista, alternan la primera y la tercera persona del discurso, que otorgan dinamismo a la narración, la polifonía, a través de la presentación de las distintas voces, cada una de las cuales es portadora de una ideología que le es propia, las rupturas isotópicas de tipo lingüístico en las que aparecen, además del castellano de base, usos propios del habla uruguaya y la transcripción de textos en lengua francesa.

El tiempo, no sólo acompaña el desarrollo de los acontecimientos sino que su discurrir es percibido por la protagonista con angustia y hondo sentir:

Y el tiempo pasó. Llegó otro abril. Un abril distinto para mí, un abril sin pasión y sin Ledesma. Después llegaron los días en que el sol melancólico del otoño nos dejó y las veredas se alfombraron con hojas doradas y marrones. Y los árboles empezaron a quedarse desnudos. Y los días fueron más cortos y la luz más esquiva. Y yo me acordé de Ledesma. Lo necesitaba cuando llegó junio y cumplí veinte sin él. (89).

Eficaz resulta el uso de la imagen como artilugio diegético. Encastrada en el discurso aparece la descripción de una fotografía con valor metanarrativo. Se trata de una imagen del Pont Neuf que muestra a dos amantes sentados, abrazándose en el terraplén del Sena. La fotografía es la misma que aparece en la tapa del libro. De este modo la narración desborda los márgenes tradicionales de la página escrita, del código lingüístico impreso, para expandirse en un lenguaje icónico. Creo ver en este artificio una puesta en abismo de la narración, un metaenunciado que sintetiza en ese objeto visual el contenido de la novela.

Ahora bien, a la historia troncal de Lucía se incorpora un plus de interés para el lector, formado por microrrelatos, descripciones y atmósferas que contribuyen a incentivar una lectura sin pausa. Resultan logradas la recreación de la fiesta del carnaval en Uruguay, que tendrá un acápite desdichado para la infeliz Lucía, la historia entre trágica y risueña del jardinero Aphand, el comentario del origen de los nombres de los cafés Des Deus Magots y De Flore, las descripciones funcionales y pormenorizadas de ciertos lugares típicos de la ciudad –ya que la Maga se constituye en un paradigma del ambiente parisino- como la de la mítica librería Shakespeare and Company, la de la plaza Du Tertre y la de la iglesia de Saint Germain des Prés, presentada de este modo:

La iglesia de Saint Germain des Prés se erige gris, antigua, con su historia que data del siglo XII y con el campanario más antiguo de la ciudad. Está enclaustrada en medio del cielo plomizo de la noche plomiza y lluviosa del Barrio Latino de París. Se la ve solitaria, enhiesta y firme en medio de la placita circular, con gente que se desplaza bajo la lluvia, cerca de los dos famosos cafés, De Flore y Des Deux Magots, enfrentándola sin contaminarla, con su flujo de turistas que ahora que es invierno ha disminuido y que ella ha apartado. Sola, resistente, encerrada en sí misma con los secretos milenarios de sus paredes. Parece pequeña pero se la ve grande en su soledad, en medio de la placita que la contiene y la rodea. Oscura, gris, mojada y bella. Un día, mucho tiempo después, será custodiada por negras y gruesas cadenas, cerrada. (150).

Todo ello revela un trabajo minucioso de investigación por parte de la autora y agrega un encanto especial a la narración.

También es atractiva la reconstrucción que se realiza de la bohemia parisina durante los años 50 y 60 merced a la transcripción de poemas y a la continua mención de artistas, cantantes y hombres de letras que se derrama en las páginas de la novela: Juliette Greco, la musa inspiradora del existencialismo, Edith Piaf, Charles Aznavour, Ives Montand, Simone Signoret, Prévert, Lautréamont, Sartre, Ionesco, Boris Vian, Raymond Quenau, entre otros.

Tampoco es ajena al relato la visión política y social por medio de la evocación del mayo francés, el dolor por el desarraigo de los exiliados, de la persecución del terrorismo de estado y de las falsas expectativas en las democracias que lo siguieron.

Pero más allá de todas las consideraciones presentadas, el libro incentiva al lector por su materia en sí y por el modo en que está narrado. La escritora llena los vacíos dejados por Cortázar en Rayuela para develar su discurso silenciado, sugerido, lo “no dicho” por él. La autora ha realizado una lectura abierta, particular, de ese ser de papel que es la Maga, para otorgarle sencillez y cristalina humanidad.

La patafísica fue definida como la ciencia de las soluciones imaginarias, quizá esa sea la propuesta de la novelista, dar una solución ficcional a la historia del hechicero actante cortazariano.

El narrador de Rayuela se pregunta en el incipit del libro si encontraría a la Maga. Con su novela, Carmen Ortiz, al completar la gran elipsis dejada por el autor respecto de la vida de su personaje, acerca una respuesta al lector.

© Daniel Alejandro Capano

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