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agua / aire / tierra / fuego

el otro mensual, revista de creación literaria y artística - ISSN 1578-7591

Detalle del cartel de Luces al atardecer

Luces al atardecer:
anatomía de la soledad humana

Carlos Giménez Soria

Detalle del cartel de Luces al atardecer

 

“El cine es un negocio difícil. Una catástrofe económica. Seguro que voy a morir joven por culpa de este asunto. Ahora bien, esto era lo que quería cuando era joven y romántico. Hoy ya no soy joven, y tampoco romántico. Sin embargo, el cine sigue vivo. No se puede decir lo mismo de la humanidad” (Aki Kaurismäki)

 

Título original:
     Laitakaupungin valot
.
Guión, producción y dirección:
     Aki Kaurismäki.
Fotografía:
     Timo Salminen.
Música:
     Melrose.
Montaje:
     Aki Kaurismäki.
Nacionalidad:
     Finlandia-Alemania-Francia,      2006.
Intérpretes:
     Janne Hyytiäinen (Koistinen),
     Maria Järvenhelmi (Mirja),
     Maria Heiskanen (Aila),
     Ilkka Koivula (Lindström),
     Vesa Häkli (El gánster).
Duración: 78 minutos.

 

Resulta reconfortante comprobar que la profunda crisis que padecen hoy en día las cinematografías nacionales se ve compensada con la actividad creadora de ciertos autores que, espaciadamente, ofrecen al público verdaderas lecciones sobre el arte y la vida. Por lo general, el mercado norteamericano –infestado de execrables producciones de consumo– está muy alejado de cualquier consideración interesante al respecto, exceptuando a algunas jovenes promesas y a los realizadores veteranos que aún no han sido definitivamente absorbidos por las presiones e intereses de las grandes industrias. De tales amenazas, parecen haberse mantenido al margen aquellos cineastas que cuentan con relativos medios de autofinanciación –por escasos que sean– o aquellas obras cuya puesta en escena no requiere de altos costes de inversión. Y, aunque cada vez resulta más difícil encontrar un hueco en las salas de exhibición para estas películas, la paciencia del espectador exigente se ve recompensada, de vez en cuando, con el estreno de alguna pequeña joya.

Cartel de Luces al atardecer

Afortunadamente, el cine europeo actual cuenta con la aportación de cabezas de fila tan importantes como Bertrand Tavernier y Eric Rohmer en Francia, Emir Kusturica y Goran Paskaljevic en la extinta Yugoslavia o Lars von Trier y Thomas Vinterberg en Dinamarca. Gracias a estos nombres, se sigue manteniendo el alto nivel cultural y artístico que han promovido algunas filmografías de este lado del Atlántico. La importancia que cobraron, desde finales de los años 60, corrientes como la “Nouvelle Vague” francesa, el “Free Cinema” inglés, el Nuevo Cine Italiano o la Nueva Ola sueca –junto con otras grandes cinematografías de la Europa del Este (Polonia, Hungría y la antigua Checoslovaquia)– ha sido retomada por realizadores que han impulsado nuevamente los grandes valores del viejo continente: directores tan consolidados como Manoel de Oliveira o Theo Angelopoulos siguen trabajando de manera infatigable en contrapartida a autores que ya han desaparecido u otros cuya obra más reciente no posee ya los méritos que le fueron otorgados durante la segunda mitad del siglo XX (entre los que cabe destacar a los polacos Krzysztof Kieslowski y Andrzej Wajda o a los suecos Bo Widerberg e Ingmar Bergman).

Aki Kaurismäki Aki Kaurismäki Aki Kaurismäki

Entre estos consagrados maestros, merece constar, sin duda alguna, la figura del singular cineasta finlandés Aki Kaurismäki. Hermano menor del también realizador Mika Kaurismäki, su obra ha ido cosechando un gran éxito dentro de los circuitos más minoritarios del cine de autor. Gran divulgador de la cultura de su país, sus películas han pasado a ocupar un lugar de honor dentro del panorama del cine europeo contemporáneo, cautivando a los especialistas por la concisión y el minimalismo de su puesta en escena. Obras como Ariel (1988) o La chica de la fábrica de cerillas (1990) responden a un interés por diseccionar la crudeza de la sociedad capitalista moderna a través del análisis de unos personajes inmersos en la soledad y la frialdad. A tal efecto, resultan muy esclarecedoras las declaraciones de Kaurismäki sobre sus inicios en el mundo del cine:

Fotograma de Luces al atardecer

Al revés que mi hermano Mika, nunca asistí a una escuela de cine: soy un autodidacta. Pero cuando empecé a participar en las películas de Mika, era como si ya tuviese el cine en la mente (…). Tal vez pensé en hacer cine porque no soy capaz de realizar ningún otro trabajo honesto. Cada día paseaba de un lado a otro por las calles del centro de Helsinki intentando conseguir dinero para beber, pero cada vez resultaba más difícil obtenerlo. Entonces nos dijimos: empecemos a hacer películas. Uno de nosotros propuso que escribiéramos un guión, otro preguntó sobre qué y yo contesté que sobre esta asquerosa vida nuestra”.

Fotograma de Luces al atardecer Fotograma de Luces al atardecer Fotograma de Luces al atardecer

En el plano estético, Kaurismäki ha optado siempre por un estilo fílmico depurado y exento de barroquismo, aunque se aprecie en sus films un gusto especial por la elipsis como modo de conferir una progresión narrativa al relato. Este estilo despojado de ornamentos relaciona su cine con las filmografías de Robert Bresson y Carl Theodor Dreyer, maestros cuya expresión visual viene definida principalmente por la austeridad formal.

La equivalencia a nivel discursivo de esta desnudez estilística se manifiesta en una economía del diálogo. En sus historias, el trazo psicológico de los protagonistas carece de subrayados innecesarios. Kaurismäki rechaza cualquier tipo de representación explícita –incluidas las escenas explicativas– para abordar sus argumentos desde la perspectiva de un relato esencial y fluido. No obstante, la eliminación de todo lo superfluo no responde solamente a una mera cuestión de estilo, sino que también se basa en convicciones personales sobre la forma de vida moderna. No en balde, este autor ha manifestado públicamente que “hay demasiados sonidos en el mundo, demasiadas imágenes, demasiado movimiento, demasiadas palabras”.

Fotograma de Luces al atardecer

Tras unos brillantes inicios en el terreno del cortometraje, Aki Kaurismäki debutó en la dirección de largometrajes con Crimen y castigo (1983), adaptación de la novela homónima de Fedor Dostoievski que supuso todo un punto de referencia sobre los intereses humanos de este novel realizador. Posteriormente, Kaurismäki ha llevado a cabo la filmación de otras tres importantes obras literarias: Hamlet Goes Business (1987), recreación libre de la famosa pieza teatral de William Shakespeare; La vida de bohemia (1992), película basada en la novela Escenas de la vida de bohemia, del escritor francés Henri Murger; y Juha (1999), tercera versión de la obra del autor finés Juhani Aho, concebida como un film mudo y rodada en blanco y negro.

Además de estas adaptaciones literarias, Kaurismäki es responsable también de dos trilogías filmicas. La primera se centra en los problemas del proletariado en la sociedad finlandesa y la componen tres historias sobre perdedores: los films Sombras en el paraíso (1986) y los antes citados Ariel y La chica de la fábrica de cerillas. Esta primera trilogía no fue concebida inicialmente como tal, sino que estos tres títulos fueron puestos en relación por el propio autor cuando éste estaba rodando el último de ellos. Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con su segunda trilogía, según ha declarado el propio realizador:

Fotograma de Luces al atardecer Fotograma de Luces al atardecer Fotograma de Luces al atardecer

Luces al atardecer concluye la trilogía que empezó con Nubes pasajeras y Un hombre sin pasado. La primera película de la trilogía hablaba de un hombre en paro y la segunda de un hombre sin techo. El tema de Luces al atardecer es la soledad ”.

El título mismo de esta tercera entrega remite por sí solo a uno de los clásicos absolutos del Séptimo Arte: Charles Chaplin y, más concretamente, su film Luces de la ciudad (1931). Realmente, el vínculo no es banal: a pesar de que Kaurismäki ya ha confesado más de una vez su devoción hacia la obra de Chaplin, quizás sea esta la ocasión en que una película del discípulo se asemeja más a una del maestro. Sin embargo, no hay en Luces al atardecer un ápice de comicidad. Más bien al contrario: pocas obras reflejan el horror de la soledad como la presente cinta del realizador finés. Incluso sorprende comprobar que Kaurismäki ha prescindido por completo de toda aura mágica o poética. Su descripción de la vida ordinaria de un guardia de seguridad es tan gélida como las desalentadoras reflexiones que el cineasta suele hilvanar en torno a la sociedad occidental y su deshumanizado maquinismo. No cabe la posibilidad de distanciarse de la cruda realidad a través del humor, y el retrato de la desgracia ajena se vuelve acongojante para el espectador.

Fotograma de Luces al atardecer

Sin embargo, es este punto de vista el que más une a Kaurismäki con Chaplin, ya que, después de todo, las comedias de Charlot –especialmente algunas– son un profundo reflejo de la trágica existencia del hombre. Con cada revisión de sus películas, comprobamos qué gran autor trágico había detrás de ese vagabundo que encarnaba las virtudes más nobles del espíritu humano. Otro tanto ocurre en este caso con Koistinen, el personaje protagonista de Luces al atardecer, su desamparo social es tan grande que, a cada infortunio recibido, le sucede otro peor y más irremediable. La frialdad de su entorno le es cada vez más hostil: únicamente hallará consuelo en el último contacto físico con una persona antes de morir. Hasta ese instante final toda compasión humana le ha sido negada: ahora un solo gesto servirá para redimir el drama imparable de toda una vida.

La gran diferencia con Chaplin es la falta de sentido de esa trágica existencia: el sacrificio de Koistinen no aporta nada a los demás y tampoco infunde esperanzas hacia la condición natural. Esa es la vertiente más “bressoniana” y descarnada de toda esta historia. No parece haber redención posible para la insolidaridad humana dentro de la sociedad actual: ese gesto final entre el guardián y su única amistad se pierde entre los nostálgicos compases de un tango tras un sencillo fundido en negro. Pues es el amargo sabor del tango lo que guarda en su interior esta admirable pieza de orfebrería escrita y filmada por Aki Kaurismäki. Una obra maestra que viene a confirmar los grandes aciertos de una filmografía concebida en la tradición del mejor cine europeo.

Bibliografía recomendada:

© Carlos Giménez Soria

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