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agua / aire / tierra / fuego

el otro mensual, revista de creación literaria y artística - ISSN 1578-7591

Folletín de Cabo Roto

Antonio María Flórez

Cubierta de 1851, Folletín de Cabo Roto, de Octavio Escobar Giraldo


1851, Folletín de Cabo Roto

Octavio Escobar Giraldo
Intermedio Editores
291 páginas.

 

 

Aquellos que seguimos de cerca la carrera literaria de Octavio Escobar, esperábamos con impaciencia la publicación de una obra suya atípica, muy lejana de sus temáticas y preocupaciones estéticas más reconocibles en su ya muy consolidada trayectoria narrativa. La urbe, la adolescencia, la música, la contemporaneidad, la metaficción, la complejidad estructural, la condensación y el corto paginaje, ahora dan paso a una obra rural, de época, que trata de asuntos adultos, con un cierto toque social, de trazado más lineal y de más largo aliento, como lo es 1851, Folletín de Cabo Roto, novela que acaba de publicar Intermedio Editores a través de su división de Círculo de Lectores Colombia (Bogotá, 2007).

La novela narra la historia de un adulterio cometido entre Serafina y Juan, campesinos colonizadores del norte de Caldas, en la convulsa Colombia de mediados del siglo diecinueve. El protagonista es primo de José Alonso, el esposo de aquélla. Juan es descrito como aventurero bien plantado, guapo, y minero circunstancial de poca convicción. Sujeto melancólico, con cierta tendencia a la vagancia, un pasado oscuro del que reniega y un futuro dubitante que liga a los avatares del camino y la suerte esquiva de la veta de los socavones. Juan recala en casa de su pariente por invitación, con la idea de que aquél se asiente y le ayude en la finca que monta en la naciente Salamina. José Alonso es un sujeto laborioso, entrañable y generoso, pero carga con el oprobio de un pecado de juventud que le impide la paternidad. El matrimonio trabaja la tierra felizmente sin más ambición que el arraigamiento y la consecución del sustento para la crianza de unos hijos que no llegan. Juan y Serafina se conocen en el marco de una familia ejemplar y en un ambiente anodino. Desde el primer encuentro se intuye la mutua atracción y lo prohibido de cualquiera de sus posibles caminos. Serafina “sabía que sus ojos atraían, que las caderas anchas y los senos macizos causaban admiración”. La fuerza de la pasión puede más que la devoción y la traición se consuma sin pudor: “Tras deshacerse a medias de las ropas, la pareja entra en íntima comunión. El momento esperado, vaticinado, deseado durante tanto tiempo y con tan inefables anhelos los transporta a otro mundo, misterioso e imponderable”. En una sociedad primigenia bajo la tutela de una iglesia coercitiva y un estado indolente y guerrero, la culpa remueve la conciencia de los amantes y anuncia la tragedia en un final que requiere la participación activa del lector y que por momentos desconcierta. Pequeñas historias colaterales ambientan este drama y perfilan una época de guerras y profundas transformaciones sociales cuyos efectos nefastos aún se sienten en el país.

1851 está escrita a la manera de los folletines decimonónicos nacidos en Francia en 1842 con la publicación por entregas que se hiciera de Los misterios de París de Eugenie Sué como suplemento del periódico Le Press y que con tanto éxito utilizaran después Balzac, Zolá, y Dumas en este país, Dickens y Conan Doyle en Inglaterra, o Fernández y González en España. Este tipo de publicaciones dirigidas a la masa, por medio de una estructura sencilla, buscaban captar el interés de los lectores humildes, contando historias simples, melodramáticas, estereotipadas, donde el suspense o el misterio eran los elementos mantenedores de la atención de los receptores de estas historias digeridas por entregas cotidianas y que luego podían ser editadas en libros de gran tiraje y bajo costo. Aquí, Escobar estructura su obra en tres partes distribuidas en trece capítulos-folletos lineales de aparición mensual (de septiembre de 1850 a septiembre de 1851), de tal manera que en cada uno de ellos recrea unas anécdotas o un suceso, casi siempre los desarrolla hasta generar un clímax y al final plantea una situación de suspense o inesperada, que obliga al lector a continuar leyendo cada uno de los sucesivos folletos que lo conducirán hasta un final que meramente se esboza, insinúa o suprime para que sea aquél quien lo construya más allá del texto escrito, tal como ocurría con esa popular figura de dicción tan usada en el barroco español llamada verso de cabo roto.

Con 1851, Octavio Escobar nos entrega su particular versión de la colonización antioqueña y despliega en ella un conocimiento profundo de este proceso, determinante en la historia del país y en la formación del Gran Caldas, que dan cuenta de una investigación minuciosa. Hasta donde sabemos, buena parte de la familia de Escobar Giraldo procede de Salamina, lo que seguramente le habrá ayudado en su proceso de documentación. Su conocimiento de la geografía, del paisaje, de los hechos históricos, del habla regional, de los platos, de las costumbres y la utilización que hace de todos ellos en la trama de la novela, pudiera hacernos pensar que esta es una obra epigónica de los clásicos del costumbrismo maicero tanto del XIX como del XX: Gregorio Gutiérrez González (de hecho cada folleto se inicia con unos versos suyos), Tomás Carrasquilla, Rafael Arango o Adel López Gómez. Nada más lejos de la realidad y la intención del autor. En Folletín de cabo roto, Escobar fustiga sin compasión la tradición del subgénero, y con recursos estilísticos que le son propios como la ironía, las paradojas, la agilidad y la economía narrativa, el poder de sus imágenes cinematográficas, la intertextualidad, la metalepsis, nos ofrece un “ road movie ” trepidante y muy contemporáneo que atrapa nuestro interés desde su punto de partida con una cita de una película de John Huston sobre el Génesis: “Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, y ven a la tierra que te mostraré” que nos enseña claramente cuán lejos está de la tradición costumbrista y cuán cerca del lenguaje del séptimo arte, de las tendencias más contemporáneas, y de la mejor narrativa colombiana de los últimos tiempos.

Es evidente el homenaje que Escobar rinde al Quijote y a las novelas de caballería en esta obra. De alguna manera, el periplo que sigue el protagonista y su enamoramiento, pudieran asimilarse a algunas de las misiones de los caballeros medievales y los paradigmas del amor cortés, sólo que aquí los paisajes y los protagonistas se nutren de los desbordamientos propios del trópico, adobados por el talante antioqueño y los complejos de culpa judeo-cristianos tan propios de esta región colombiana. Son muchos los refranes que hacen evocación de la gran novela cervantina y bastantes los personajes que recuerdan a aquéllas, tal el nombre de dos canes que se bautizan en la obra con los epítetos de Tirant lo Blanc y Amadís, por ejemplo.

Un rasgo distintivo de esta obra es sin duda la fina y descarada ironía que destila a lo largo de todo su recorrido. En ese sentido valdría destacar la descripción de las costumbres que hace de un personaje fundamental en la novela por su aporte amortiguador de la tensión dramática y que se llama Eulalia. Ella es una mula de Sonsón, producto de los amores ilícitos entre un burro y una yegua, con una muy antinatural afición a los placeres carnales, a las prácticas cosmopolitas, y “que es un atentado contra la moral ”. Eulalia será la eterna compañera de Juan el protagonista en casi todos sus periplos y de alguna manera su confidente más atenta y sumisa. Sus disolutas costumbres serán adornadas con la maternidad en septiembre de 1851.

Son constantes los guiños de humor en toda la novela aparte de la figura de Eulalia, verbigracia, la descripción que hace el autor de las medidas corporales y los gustos de Marcela, la hermana de Serafina, tal si fuera una candidata precoz a un reinado de belleza, la confesiones de estas dos hermanas ante el párroco del pueblo y sus elusivas exculpaciones, la asimilación de los rasgos sicológicos de algunos protagonistas con los signos del horóscopo, por mencionar sólo algunos más, en una obra plagada de sutiles juegos verbales.

Tal vez lo que nos permite identificar con más facilidad esta obra de Escobar en el contexto de su prosística, sea la recurrencia a la intertextualidad (El último diario de Tony Flowers, El diario de Mónica Pont, Hotel en Shangri-Lá). Las instrucciones para construir un pueblo, la descripción de los platos, los árboles, los animales, la reseña de la liberación de los esclavos, son claros ejemplos del uso certero de este recurso. Pero también lo es la concisión idiomática y la limpidez de una prosa rica en imágenes tan caras a todos sus libros, especialmente a De música ligera, Saide o los Diarios. Igualmente está su gran capacidad para perfilar con agudas pinceladas la sicología de los personajes, aunque en este caso, tal vez se eche en falta una mayor profundización y despliegue del sentimiento de culpa de los amantes y sus alcances afectivos.

Con esta obra, pues, Escobar se confirma como uno de los mejores narradores colombianos contemporáneos, tal como acertadamente lo atisbaran en su momento Roberto Vélez, Raymond Williams, Milciádes Arévalo o Isaías Peña y, más recientemente, Luz Mery Giraldo y Jaime Alejandro Rodríguez. Al lado de Pedro Badrán, Héctor Abad, Triunfo Arciniegas, Orlando Mejía, Gabriel Pabón, está haciendo una de las obras más interesantes de nuestro panorama literario actual.

En fin, Octavio Escobar nos entrega con 1851 una obra de época de largo aliento, ambiciosa en su concepción y desarrollo, en la que se afirma su vocación experimental y el cultivo de un estilo que derrocha medios e imágenes precisas en función de la agilidad narrativa; una historia de pasiones y traiciones que nos atrapa desde el principio y nos obliga a seguirla sin resuello por los peligrosos caminos del amor y del odio en la convulsa Colombia de la Colonización. Una obra para sufrir y gozar.

 

Barcelona, febrero 2007

Primer capítulo de la novela

© Antonio María Flórez

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