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agua / aire / tierra / fuego

el otro mensual, revista de creación literaria y artística - ISSN 1578-7591

Sor Juana, la monja alegre

Carlos Torres

Sor Juana

"Cada época exige una acomodación peculiar de nuestro órgano intuitivo e intelectual. Si nuestra mirada retrocede de la Edad Moderna a la Edad Media, no sólo cambia el objeto, sino que ha de cambiar nuestra actitud mental. Esta visión psicológica en que la historia consiste es mucho más complicada y difícil que la corpórea. La acomodación espiritual no depende, como ésta, de nuestra voluntad, ni es bien común. Se trata de un genio singular que sólo algunos poseen, y aun éstos limitadamente. Hay grandes historiadores que sólo han gozado de sensibilidad aguda para determinada sección del tiempo. Las demás épocas eran falsificadas por su mirada, que las veía al través de aquella predilecta, proyectando sobre todas lo que era exclusivo de una sola."

Esta aseveración de José Ortega y Gasset me parece idónea, tanto por las épocas a las que se refiere como por la cuestión de óptica, para abordar con toda precaución un aspecto básico de la obra literaria de Sor Juana Inés de la Cruz que ha sido muy obliterado por el más popular de los ensayos mexicanos sobre su vida y su escritura: su religiosidad Me refiero, por supuesto, al extenso y novelesco libro de Octavio Paz Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, en cuyo título hay una petición de principio que me propongo refutar.

De hecho, este "olvido" campea en la mayoría de los estudios sobre la literatura de Sor Juana; y ello tiene una especie de explicación en el detalle de que apenas en el siglo XX se le empieza a dedicar la debida atención por parte de poetas y otros especialistas del idioma, los cuales, en su mayor parte, están más interesados, por cuestiones de época, en las facetas histórica y filológica que en la religiosa.

En el referido libro de Octavio Paz existen otras deficiencias, de las que me permito recordar algunas porque, siendo el más popular actualmente sobre Sor Juana, influye negativamente en la comprensión de la obra de esta monja singular, en la medida en que ofrece una perspectiva no sólo distorsionada de la psiquis de Sor Juana, sino porque casi no se ocupa de su obra, y cuando lo hace prefiere especular con aparente objetividad antropológica sobre los poemas dedicados a la condesa de Paredes, virreina de México y protectora de Sor Juana, además de promotora de la edición de sus poemas en España. Y en cuanto al más personal de los poemas de Sor Juana, Primero Sueño , Paz reitera en Las trampas de la fe una línea de interpretación apuntada por él mismo en 1952 en un prólogo del que luego hablaremos, interpretación seguida por el filósofo José Gaos en su célebre ensayo El sueño de un sueño -y luego coreada por numerosos ensayistas- que me parece equivocada precisamente por ese defecto de enfoque histórico aludido por José Ortega y Gasset. Y si digo que ese libro de Paz influye negativamente en la difusión de la obra de Sor Juana, es porque supongo que las nuevas generaciones que primero lean en ensayo-novela de Paz tendrán poco interés en leer a una biografiada que prosiguió con docilidad los cánones del Siglo de Oro español, que compuso su más ambicioso poema - Primero Sueño - para declarar la derrota de su intelecto, que mantuvo relaciones demasiado cercanas con la corte, que se refugió en un convento para escapar de un triste destino mundano (el de ser querida de algún poderoso criollo, por falta de dote) y por lo tanto una mujer, una artista deshonesta en cuestiones del espíritu, lo cual ya es una franca contradictio in adjecto , ya que el artista, según se le ve hoy, es justamente y sine qua non , uno de los pocos seres que podrían presumir de honestidad espiritual. Y en fin, paradójicamente, el ensayo de Paz sólo le acarrearía a Sor Juana lectores morbosos que quisieran comprobar por sí mismos la certeza o la falsedad de que Sor Juana estuvo enamorada lésbicamente de la condesa de Paredes, ambigüedad que Paz deja como tal pero no tanto, si nos atenemos a las numerosas y densas páginas veteadas de presunta objetividad que le dedica al asunto en Las trampas de la fe.

. Antes de este voluminoso "estudio" sobre la personalidad y las contingencias de Sor Juana, Octavio Paz escribió un prólogo para una antología de poetas mexicanos editada en Francia en 1952 (que se puede localizar en su libro de ensayos Las peras del olmo) y ahí, paradójicamente, Paz resulta más certero respecto de la poesía de Sor Juana cuanto incomparablemente más breve es que en Las trampas de la fe , sin que deje de transparentarse en dicho prólogo una misoginia muy marcada en la obra de Paz, principalmente en El laberinto de la soledad, misoginia tan extendida entre los estudiosos de la obra de Sor Juana como el menosprecio que suele visitar a quienes hablan de Edgar Poe porque dan por sentado que están hablando de un borracho que se permitió el lujo de ser genial.

Pero lo que nos interesa de ese prólogo es que ahí Paz sí pudo expresar ciertas características de la obra de Sor Juana que quiero replantear porque se ajustan no sólo a lo que yo pienso de ella, sino que también coinciden con el propósito principal de esta plática: que es la religiosidad, de tipo renacentista, lo que le procura a Sor Juana una chispeante escritura en la que confluyen la alegría de vivir, el rigor ético, la profundidad filosófica. Dice así Paz en el multialudido prólogo:

"La obra poética de Sor Juana es numerosa, variada y desigual. Sus innumerables poemas de encargo son testimonio de su gracioso desenfado, al mismo tiempo que de su descuido. Pero buena parte de su obra se salva de estos defectos, no únicamente por la admirable y retórica construcción que la sostiene, sino por la verdad de lo que expresa. Aunque dice que sólo escribió con gusto 'un papelillo que llaman el Sueño ', sus sonetos, liras y endechas son obras de un gran poeta del amor terrestre. El soneto se transforma en una forma natural para esta mujer aguda, apasionada e irónica. En su luminosa dialéctica de imágenes, antítesis y correspondencias, se consume y se salva, se hurta y se entrega."

Olvidemos por un momento la sintaxis descuidada de Octavio Paz, cuya obra en general muestra muchas deficiencias dialécticas, como ésa de calificar como defectos tanto el descuido como el gracioso desenfado de Sor Juana, lo cual pudiera ser en realidad un producto del subconsciente de Paz, cuya escritura y cuya personalidad carecieron precisamente de desenfado y de cualquier pizca de humor, de manera que bien podría haber considerado estas cualidades como defectos, ya que una lógica elemental nos llevaría a pensar que en realidad Paz quiso referirse al descuido de Sor Juana y por lo tanto debió escribir: "Pero buena parte de su obra se salva de este defecto." Olvidémonos de estos detalles preciosistas y sin embargo impugnables en un escritor como Paz, tan proclive a señalar, como se puede ver en las líneas citadas, los presuntos defectos ajenos; porque para defender a Sor Juana, en caso de que necesite defensa, no es el método más correcto ni efectivo denigrar a sus acusadores.

Ya tenemos, pues, una palabra verdaderamente especiosa: acusadores. Pero la sostengo porque la lectura de Las trampas de la fe me proporcionó la intuición de que lo que realmente quería Paz al escribirlo era desmitificar a Sor Juana, socavarle ese pedestal en el que sus lectores más espontáneos, sus lectores menos prejuiciados por la historia de la literatura, la colocamos de inmediato, deslumbrados tanto por su espléndida retórica como por su solidez filosófica. Y aunque he prometido apenas unas pocas líneas arriba que no debo atacar a Paz para defender a Sor Juana, me parece necesario apuntar que en Las trampas de la fe se percibe una fuerte envidia de literato aderezada con misoginia; y que muchas de las insinuaciones de que Sor Juana gustó en demasía de sus relaciones con los más poderosos de su época, se revierten sobre la personalidad pública de Paz. Pero en fin, ya para terminar con este pasaje que, aunque ustedes no lo crean, me produce bochorno y sentido de culpa, debo decir también que la lectura de Las trampas de la fe me produjo además la certeza de que algún biógrafo de Paz utilizará las propias opiniones de éste sobre la vida pública de Sor Juana para aplicárselas al mismo Paz, lo cual sería correcto no sólo en términos de justicia poética, sino además en términos de precisión histórica.

Los propios mitificadores y mistificadores de Paz están propiciando esta reacción, cuyos inicios podemos corroborar ya en un ensayo de Heriberto Yépez publicado en el número xii de la revista de poesía Alforja, en el que podemos leer lo siguiente, que comparto por completo, sobre todo el final:

"La obra más intrigante de la literatura mexicana mestiza sigue siendo la obra que la fundó: la de sor Juana (...). El angosto testamento de Rulfo son los libros más logrados y profundos que la decena y pico de las Obras completas de Paz. Y para volver a la poesía de este siglo, Villaurrutia podría ser considerado un autor superior a su discípulo. (No hay poema de Paz que penetre tan hondo en lo interior como 'Nocturno de la estatua'.) ¿Cuál es el poema largo más extraordinario de la poesía mexicana? No es 'Blanco', ni siquiera 'Piedra de Sol': es 'Muere sin fin' de Gorostiza. (...) La mejor prosa mexicana no es la de El laberinto de la soledad , sino la prosa habitual de Alfonso Reyes (una técnica que Paz heredó de su mentor: el arte de la paráfrasis que aventaja al original. Los textos de Paz sobre Oriente y parte de su estudio sobre Sor Juana provienen de la lectura caníbal de otras fuentes; lo mismo sucede con muchas de las tesis sobre el mexicano, derivadas directamente de ideas de Samuel Ramos. No se trata de plagio o clonación, sino de perfectas paráfrasis artísticas -que a veces omiten confesar su origen-).Últimamente, ya que la literatura no es competencia, lo mejor que podemos hacer con la obra de Paz es retirarle la primacía que sus súbditos le endilgaron y regresarlo a la comunidad de los poetas: ni mejor ni peor: Paz es uno de los muchos grandes poetas del siglo xx mexicano. Ni el mejor ni el patrón con que se deben medir los otros: uno más."

Así entonces, de esta cita que me parece que resume el sentir y el pensar de las generaciones que no estuvimos adscritas a la órbita de Paz, tomemos la frase inicial para incidir de una vez en la obra de Sor Juana: "La obra más intrigante de la literatura mexicana mestiza." ¿Y por qué nos intriga? En primera instancia, porque aparentemente resulta paradójico que una monja sea también una mujer sumamente alegre, ya que una visión desde fuera nos podría indicar que un convento es algo esencialmente grave, cuando no triste; y lo cierto es que el primer convento al que se inscribió Sor Juana, el de las Carmelitas Descalzas, le resultó a la ya poetisa demasiado estricto, demasiado ascético para sus pretensiones literarias, que no eran, como se ha señalado, de carácter místico al estilo de Santa Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz, sino más cercanas a la obra de fray Luis de León, aunque también más amplias, más versátiles.

Octavio Paz deduce, en Las trampas de la fe , que este rechazo de Sor Juana al convento de las Carmelitas Descalzas indica una carencia de auténtica religiosidad, pero si pensamos que Juana de Asbaje a los diecisiete años ya había leído una buena porción de clásicos griegos, resulta obvio que la noción del justo medio aristotélico le era bien conocida; y ese justo medio lo encontró en la disciplina menos rigorosa del convento de las monjas Jerónimas. Pero ubiquémonos por un momento en la psiquis de Sor Juana durante ese intermedio entre los dos conventos y entonces pudiéramos intuir lo que sin duda fue para ella un dilema de orden espiritual: entregarse a la ruda iniciación de las Carmelitas, que la llevaría seguramente a planos místicos semejantes a los alcanzados por Santa Teresa y San Juan, dadas sus extraordinarias facultades anímicas, de las cuales la inteligencia es sólo una de ellas, y de las que debía estar consciente si recordamos su previa autodisciplina extrema en el estudio; o aplicarse a una especie de sacerdocio, hoy ampliamente reconocido en los artistas, que consiste en derramar sobre la comunidad ya no digamos el fruto de sus estudios, sino el producto de una experiencia de la vida a la vez mística y humanística; es decir, de carácter renacentista, en la medida en que la religión católica ya no es la separación tajante entre cuerpo y alma, como todavía se ve en fray Luis de León, sino la justa glorificación del cuerpo humano regido por la mente y la mente, a su vez, embalsamada por la certeza de que el mundo es la manifestación de Dios y por lo tanto es digno de venerarse.

Para comprender más cabalmente esta noción del catolicismo, acudamos a un personaje muy notable del siglo xx al que nadie podría acusar de proselitista católico, sino que más bien es un librepensador que, al estilo de Borges, quiso iluminar a sus coterráneos con las luces de la razón; me refiero otra vez a Ortega y Gasset, quien opina lo siguiente:

"La fe que siente su propia plenitud en forma de enorme sed de intelecto -no de petulante satisfacción propia, no suponiéndose, ya y sin más, intelecto-: he ahí la audacia admirable del catolicismo. La fe no se contenta consigo misma: exige pruebas de la existencia de Dios, pruebas racionales, por a + b. No es una fe holgazana, no exonera de la fatiga intelectual, no nos da la ciencia, sino que, al revés, la exige."

Pues bien, esta opinión admirable me parece que sintetiza maravillosamente la conciencia y la actitud de Sor Juana. Además, el detalle -omitido por Paz a la hora de dibujar la personalidad religiosa de la monja mexicana en Las trampas de la fe - de que Juana de Asbaje compuso antes de cumplir diez años de edad una loa dedicada al Santísimo Sacramento, indica una clara vocación religiosa, en caso de que su obra literaria de adulta, tanto la profana como la eclesiástica, no diera con frecuencia indicios de ella.

Sin embargo, como pudiera suceder que a Ortega y Gasset, por ser español, se le atribuya algún remanente católico en su conciencia, acudamos a un alemán, a un coterráneo de Lutero casado con una judía, un alemán declaradamente ateo que escribió una tetralogía sobre José en Egipto, un teutón admirador hasta casi el fanatismo de Nietzsche, el autor de El anticristo; un germano, en suma, de nombre Thomas Mann, que en una conferencia sobre el antisemitismo impartida a la comunidad judía, declara lo siguiente:

"Tiene razón la Iglesia católica cuando, para responder a algunas imbecilidades y groserías anticristianas, declara hoy a los alemanes que sólo aceptando el cristianismo entraron en la comunidad de los pueblos directores de la cultura."

Este punto tiene muchos bemoles, muchas opciones de polémica, ya que parecería que lo que realmente quiero decir es que debemos agradecerles a los españoles el habernos traído el catolicismo, aunque no fuese para ser un pueblo director de la cultura, sino una provincia del mundo sujeta a los imperios sucesivos, al precio de una masacre humana y cultural de la que todavía no nos reponemos; un pueblo cuyo destino aún no es claro y que, al contrario, puede ser tan oscuro que implique nuestra desaparición en cuanto país y en cuanto cultura, según el curso actual de la historia. Pero ruego a los presentes que no entremos en tales discusiones, ya que por un lado nos alejaríamos del precioso tema que nos ocupa y que es, si no Sor Juana, sí su obra luminosa; y por otro lado, bajo el peso de preocupaciones que quizá a muchos les parezcan meros delirios de neurótico social, pecaríamos de ese defecto de óptica señalado por la cita de Ortega y Gasset que encabeza esta charla, puesto que colocaríamos a Sor Juana ora en una época anterior a su ilustre magisterio de escritora (es decir, en la Conquista), ora en una época demasiado lejana para ella, que no la toca, que si la toca la contamina: la época actual, con su gran cauda de inusuales circunstancias.

Quiero decir con esto que Sor Juana vivió una época de muchos esplendores: el esplendor de un nuevo mundo que en su obra se refleja de diversas maneras, siempre atractivas, como es la descripción celebratoria de los componentes específicos de la Nueva España, entre ellos el dialecto de los negros y el propio idioma náhuatl; como era la condición imperial de España, a la que evidentemente se sabía perteneciente en cuanto súbdita de la corona; como era el flamante prestigio de lo que ahora llamamos Siglo de Oro de la literatura española, que tanta influencia ejerció en ella; como era, en suma, su pertenencia a un orden eterno y armonioso, el de la religión, que para ella, como ya hemos apuntado, implicaba por su carácter renacentista una celebración conjunta de los dones terrenales, que en la Nueva España eran numerosos, exuberantes, bellos y elocuentes.

Por otro lado, a Sor Juana se le ha considerado una intelectual, en el mejor sentido de la palabra, tanto por una ya referida falsa interpretación de su más personal poema, Primero Sueño , como por su famosa Respuesta a Sor Filotea de la Cruz , en la que hace una vehemente defensa de sus inclinaciones investigadoras. Pero lo cierto es que donde se ostenta como una sorprendente intelectual, como una erudita que sabe descubrir entre el cúmulo de datos históricos y mitológicos el detalle de auténtico interés para todo lector y no sólo para los especialistas, es en su ensayo Neptuno alegórico, una descripción metódica y exhaustiva, estructural y antropológica, filológica y literaria, del arco triunfal erigido en honor del virrey Antonio de la Cerda, conde de Paredes; ensayo que precede a los versos "Explicación del Arco" y que los ilumina tan suficientemente que esos mismos versos, si no estuviesen antecedidos por esa prosa, necesitarían de estudios tan especializados como los que demanda su Primero Sueño para entregarnos su sentido liminar; es decir, su sentido de revelación poética.

Pocas veces he podido yo asistir a la indagación del pasado lejano con tanta agudeza y con tanto aparato erudito. Estoy casi seguro de que Ortega y Gasset se inspiró en este ensayo de Sor Juana para emprender una investigación también remota, aunque menos extensa, de los orígenes de ciertos símbolos perdurables, como ocurre con su breve pero asombroso estudio sobre un jeroglífico muy primitivo del Mediterráneo en el que Ortega y Gasset, apoyándose en una multitud de sabios antiguos y modernos, pero sobre todo apoyándose en su intuición de artista, ve la manifestación de una cultura todavía ceñida a los imperativos telúricos; es decir, una cultura matriarcal, amazónica, en la que predominan los dioses oscuros del subsuelo, antes de que, como señala el mitólogo y poeta inglés Robert Graves, emergiera la concepción apolínea y masculina del cosmos; antes de la rebelión del rey consorte que cada cuatro años era sacrificado ritualmente para que la tierra siguiera generando frutos.

¿Podría perdonárseme si afirmo que ese ensayo de Sor Juana, su Neptuno alegórico , es mucho más erudito y sagaz que el de Ortega y Gasset? ¿Podría perdonárseme si afirmo que es tan moderno como el del español, aunque los dos igualmente profundos? Tal vez se me perdone si recuerdo que Ortega y Gasset se apoya principalmente en un filósofo, Bachofen, que para Eric Fromm significó toda una revelación por su propuesta de que la mujer representa un aporte de más peso a la civilización porque la mujer contempla a sus hijos desde una perspectiva protectora y el hombre les exige a sus vástagos obediencia, lo cual a su vez, tal como apunta el escritor húngaro Stephen Vizinczey, implica un fuerte proceso de castración.

Pero otra vez, impelidos por cuestiones muy actuales, entramos en terrenos polémicos y, lo que es peor, nos alejamos de nuestro tema principal. Lo cierto es que el ensayo Neptuno alegórico parece estar desdeñado como paradigma del ensayo moderno porque su propósito aparente es elogiar con desmesura característica de aquella época, desmesura común al Siglo de Oro, a un personaje notable de la corte; pero también es cierto que este ensayo se interna en una nutrida apelación a los clásicos para demostrar que Isis, la madre de Neptuno, es la diosa de la sabiduría y por lo tanto a Neptuno también le corresponde una dote de sabiduría; y luego que Neptuno era una deidad patrona de los caballos en cuanto factor poderoso de la civilización; y después de muchísimos alardes de erudición que sin embargo son acotados por su autora como parciales porque el propósito de ese ensayo, dice, es la brevedad y no la erudición, Sor Juana pasa a relacionar las diversas virtudes, atributos y dominaciones de Neptuno con la genealogía y los muchos títulos nobiliarios del conde de Paredes, en una prodigiosa exhibición de arte asociativo, que es uno de los rasgos más interesantes del ensayo como género.

Por lo que atañe a Primero Sueño , me parece necesario disentir de la opinión generalizada de que se trata de un poema cuya tesis central son los límites del intelecto, o para decirlo con las propias palabras de dos de sus principales comentaristas, Octavio Paz y José Gaos, que Sor Juana se propuso "dar expresión poética a la expresión capital de su vida, la del fracaso de su afán de saber" (Gaos), o que " Primero Sueño es el poema de la inteligencia, de sus ambiciones y de su derrota. Poesía intelectual, poesía del desengaño. Sor Juana cierra el sueño dorado del virreinato" (Paz en el prólogo aludido de 1952). Francisco Monterde, estudioso y prologuista de la obra de Sor Juana, repite dócilmente la opinión de Gaos en las Obras completas de Sor Juana editadas por Porrúa. Por otra parte, esa interpretación de Paz, de que "Sor Juana cierra el sueño dorado del virreinato", es típica del error de perspectiva histórica señalado por José Ortega y Gasset y obedece más a una compulsión retórica que a un rigor de historiador, pues adelanta su reloj unos cien años.

Este poema, de evidente influencia gongorina y por lo mismo difícil de leer, ya que ha requerido una transcripción a prosa moderna por parte de Alfonso Méndez Plancarte, narra minuciosamente el proceso de dormir, acudiendo primero a sus implicaciones fisiológicas, luego a las visiones obtenidas en el acto de soñar, y finalmente describe el amanecer y culmina con estas palabras inequívocas: "quedando a luz más cierta / el mundo iluminado, y yo despierta."

En primer lugar, refuta la idea de que su tesis principal es la derrota de la inteligencia el hecho de que esta idea era un dogma no sólo teológico, que antepone la fe a la razón, sino principalmente la frecuencia con que Sor Juana se refiere a lo largo de su obra a esta sencilla idea divulgada por Platón. Quiero decir con esto que el más ambicioso y personal de los poemas de Sor Juana no está regido por esta noción harto común en filósofos, eclesiásticos e intelectuales de su época, sino que, por el contrario, ella quiso ilustrar en versos de estilo erudito una elevación mística , producto a la vez del intelecto y de la espiritualidad en indisociable unión, que le permitió, como a Ícaro (una figura mítica frecuentemente mencionada en su obra), llegar al origen de la luz intelectual pero que, precisamente por el antecedente trágico de Ícaro, supo detenerse justo donde sus limitaciones humanas (a pesar de que se veía alada por la inteligencia y la espiritualidad) le indicaron que más allá de esa frontera estaban la locura o la soberbia, que para una monja vienen a ser lo mismo y que es la moraleja de la leyenda de Fausto.

Esta interpretación era obvia para los contemporáneos de Sor Juana. Así, un caballero anónimo recién llegado de España le escribe un romance a Sor Juana sumamente elogioso en el que figura esta estrofa:

Descansando aquella noche
que llegué a aqueste paraje,
su Sueño me despertó
de mi letargo ignorante.

Que Primero Sueño es un poema de intención mística veteado de inteligencia y erudición como los vehículos más adecuados a Sor Juana para alcanzar la revelación, lo confirman estos versos:

Según de Homero, digo, la sentencia,
las Pirámides fueron materiales
tipos solos, señales exteriores
de las que, dimensiones interiores,
especies son del alma intencionales:
que como sube en piramidal punta
al Cielo la ambiciosa llama ardiente,
así la humana mente
su figura trasunta,
y a la Causa Primera siempre aspira

A la luz de estos versos, podemos afirmar que el soberbio edificio retórico de Primero Sueño es en realidad una señal exterior, una pirámide verbal con la que Sor Juana expresa su ambición de ver la Causa Primera y Eficiente: a Dios. No ve a Dios, sino a sus efectos: la soberbia máquina del universo; pero como esta especie de Aleph no le proporciona, como le ocurre a Borges en el cuento homónimo, una satisfacción intelectual sino más bien un vértigo, y como tiene muy presentes y expresas las experiencias míticas de Faetón y de Ícaro, de cuyas leyendas opina que mejor deberían haber quedado en el misterio de los sacerdotes para no concitar imitaciones igualmente funestas, y además porque el calor de ese Sol intelectual (que es alegoría de Dios lo mismo para Ícaro y Faetón que para Sor Juana) ha evaporado los humores fisiológicos que su organismo destiló para que su mente pudiera soñar con esa visión de la totalidad cósmica, el cuerpo agotado de Sor Juana rompe las cadenas del sueño para buscar sustento material. Es decir, que el fracaso aparente no es de orden intelectual, sino místico, ya que hubiese necesitado pertenecer a la escuela mística de Santa Teresa y San Juan para ofrecer un encuentro con la divinidad. Sin embargo, digo que es aparente este fracaso místico porque la condición renacentista de Sor Juana la obligó a exaltar más el efecto de la Causa Primera y Eficiente que la propia Causa, en un acto de honestidad espiritual, ya que debió sentirse incapaz de los transportes místicos de Santa Teresa y San Juan. Y así, el amanecer se dibuja como un triunfal regreso de la luz derrotando el imperio de lo oscuro, de la confusión, como se puede apreciar en la penúltima estrofa, que así dice:

Llegó, en efecto, el Sol cerrando el giro
que esculpió de oro sobre azul zafiro:
de mil multiplicados
mil veces puntos, flujos mil dorados
-líneas, digo, de luz clara- salían
de su circunferencia luminosa,
pautando al Cielo la cerúlea plana;
y a la que antes funesta fue tirana
de su imperio, atropadas embestían:
que sin concierto huyendo presurosa
-en sus mismos horrores tropezando-
su sombra iba pisando
y llegar al Ocaso pretendía
con el (sin orden ya) desbaratado
ejército de sombras, acosado
de la luz que el alcance le seguía.

Justamente esta imagen de sombras derrotadas es el triunfo de la inteligencia, corroborado por esa frase final tan encantadora y tan olvidada: "y yo despierta". Pero es el triunfo de una inteligencia religiosa que, por su carácter renacentista, se vuelca alegremente sobre los dones naturales y los canta con entusiasmo, no sólo en el final de Primero Sueño , sino prácticamente en toda su obra.

Pudiera agregarse que también esta imagen del Sol derrotando a la noche es una tardía celebración de ese cambio histórico sucedido en Grecia unos cuatro mil años antes de Cristo en el que una cultura lunar y ginecocrática fue sustituida por el culto solar, pero ello implicaría, otra vez, meternos en profundidades ajenas a la obra general de Sor Juana.

Lo que sí quiero puntualizar es que Sor Juana fue esencialmente una mujer, una monja alegre. Hay un testimonio de la propia poetisa consignado como de paso en su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz , en el que dice: "Solía sucederme que, como entre otros beneficios, debo a Dios un natural tan blando y tan afable y las religiosas me aman tanto mucho por él (sin reparar, como buenas, en mis faltas) y con esto gustan mucho de mi compañía, conociendo esto y movida del grande amor que las tengo, con mayor motivo que ellas a mí, gusto más de la suya: así, me solía ir los ratos que a unas y otras nos sobraban, a consolarlas y recrearme en su conversación." Y un poco antes, confiesa: "...porque como los ratos que destino a mi estudio son los que sobran de lo regular en la comunidad, esos mismos les sobran a las otras para venirme a estorbar; y sólo saben cuánta verdad es ésta los que tienen experiencia de vida común, donde sólo la fuerza de la vocación puede hacer que mi natural esté gustoso."

Que Sor Juana era piadosa lo testimonian al menos dos poemas suyos hechos expresamente para pedir, uno la libertad de un esclavo inglés, dirigido a la virreina, y el otro, dirigido al virrey, solicitándole indulto para un condenado a muerte.

Que su religiosidad era de tipo renacentista lo atestiguan, además de su obra profana, numerosos detalles de carácter teológico, como su reiterada mención a San Pedro, al que guarda devoción precisamente porque, habiendo negado a Cristo tres veces antes de que cantara el gallo, tiene mayor capacidad para juzgar a los pecadores, en cuanto él mismo fue un pecador y por lo tanto está más propenso a perdonar

Que fue alegre hasta el desparpajo en su poesía, lo subraya el detalle de que se permitió rimar un verso con caca, aunque lo cierto es que al hacerlo respondió a un juego en el que le daban sólo las palabras consonantes y ella escribía el resto de cinco sonetos burlescos; pero también es obvio que ella aceptó el reto.

Algún profesor de literatura dijo que el mejor ejercicio de estilo en poesía castellana es un soneto famoso de Lope de Vega que comienza diciendo: "Un soneto me manda hacer Violante / y en mi vida me he visto en tal aprieto." Yo creo que el mejor y más humorístico ejercicio de estilo es un largo poema, un ovillejo de Sor Juana en el que, además de su hilarante factura, transparenta el muy referido carácter renacentista de su escritura, pues la autora finge también tener dificultades técnicas para escribir el retrato de una bella joven, dificultades, sin embargo, que resultan verdaderas para quien carezca de genialidad, como lo expresa en estos versos:

¡Oh siglo desdichado y desvalido
en que todo lo hallamos ya servido,
pues que no hay voz, equívoco ni frase
que por común no pase
y digan los censores:
¿Eso? ¡Ya lo pensaron los mayores!

Pues bien, por lo que se refiere a su carácter renacentista, lo vemos con claridad cuando la poetisa pasa a describir las manos de esa chica, exaltando lo natural antes que lo quimérico o retórico:

Empiezo por la diestra,
que aunque no es menos bella la siniestra,
a la pintura es llano
que se le ha de asentar la primer mano.
Es, pues, blanca y hermosa con exceso,
porque es de carne y hueso,
no de marfil ni plata: que es quimera
que a una estatua servir sólo pudiera;
y con esto, aunque es bella,
sabe su dueño bien servirse de ella,
y la estima, bizarra,
más que no porque luce, porque agarra.
Pues no le queda en zaga la siniestra;
Porque aunque no es tan diestra
y es algo menos en su ligereza,
no tiene un dedo menos de belleza.
Aquí viene rodada
Una comparación acomodada;
Porque no hay duda, es llano,
que es la una mano como la otra mano;
y si alguno dijere que es friolera
el querer comparar de esta manera,
respondo a su censura,
que el tal no sabe lo que se murmura:
pues pudiera muy bien Naturaleza
haber sacado manca esta belleza,
que yo he visto bellezas muy hamponas,
que si mancas no son, son mancarronas.

En fin, además de su obra sacra, siempre llena de ingenio y frescura; además de sus poemas circunstanciales, de su magnífica obra teatral, de sus pocos pero ácidos epigramas, Sor Juana es una poetisa que supo, sin mengua de su investidura religiosa, expresar con brillante dialéctica los diversos tormentos y goces del amor profano. Quiero decir que, a la manera de López Velarde cuando dice: "Pues en mi late un pontífice / que todo lo posee y todo lo bendice / y mi papal instinto se conmueve / con la ignorancia de la nieve / y la sabiduría del jacinto", Sor Juana supo internarse en la psiquis de multitud de personajes y expresar lo más profundo de sus sentimientos desde una comunión esencialmente religiosa; es decir, participando de sus dolores y sus alegrías pero resguardando su integridad espiritual porque su espíritu estuvo al servicio de la literatura, entendida ésta, en su caso, como un sacerdocio más preocupado por derramar sus sagrados y mundanos conocimientos sobre la multitud que en dialogar continuamente con la divinidad en la que creía; convertidos tales conocimientos en un prodigioso mosaico de múltiples destellos por obra y gracia de su genialidad. Más que mujer, fue monja; y más que monja, fue artista; y más que artista, fue divulgadora de una tradición antiquísima pero reservada a muy pocos personajes de la Historia: poner al alcance de todos quienes deseen apreciarlo, un conocimiento alegre y profundo, vivificador y trascendente (trascendente con respecto a las apariencias), de los valores eternos de la humanidad; valores que, por su misma condición de valiosos, no tienen por qué ser tristes, sino al contrario, puesto que "la aflicción no nace de la tierra, ni la tristeza brota del polvo".

 

© Carlos Torres

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