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agua / aire / tierra / fuego

el otro mensual, revista de creación literaria y artística - ISSN 1578-7591

Tecú

El tecú y su leyenda

Antonio Tello

 

El tecú es una pequeña ave pasceriforme de la familia de los hirundínidos. Su talla es pequeña y mide unos 18 cm de longitud. Se distingue por su pico corto, sus alas largas y puntiagudas, sus patas cortas, que le permiten posarse en las ramas más delgadas de los árboles, y su plumaje blanco, la hembra, y negro, el macho. Esta particularidad hace que la pareja dé en vuelo la extraña sensación de que sólo es una avecilla blanca y su sombra, y que en la espesura de los bosques donde habita sea casi invisible, pues ambos se confunden con los juegos de luz y sombra del follaje.

A pesar de ser muy difícil de ver, puede saberse de la proximidad de una pareja de tecús, por su constante llamada, tecú, tecú, tecúuuu –de aquí su nombre–, que varía según sus estados de ánimo, celo y apareamiento. El tecú habitualmente se aparea en la copa de los árboles, pero en ocasiones, también curiosamente, lo hace en vuelo. En uno y otro caso, los tecús remontan el cielo repitiendo tecú tecú tecú cucucucu y, tras ganar altura, se lanzan a las aguas de una laguna, un río o el mar y se mojan en las aguas o en la espuma de las olas y, juntos, provocan una pequeña y gozosa lluvia con el batir de las alas.

La pareja de tecús es siempre muy unida, pero a veces la hembra tiene tendencia a volar sola, cosa que no preocupa demasiado al macho, que vuela más alto y desde arriba la observa mientras dibuja arabescos y se mezcla con los reflejos de otras aves, generalmente palomas o golondrinas. Nada parece alterar el vuelo libre de los tecús, hasta que algún pájaro de alguna especie ordinaria o rapaz se aproxima a la hembra que, normalmente, no suele percatarse del peligro y, como a veces siente curiosidad al oír otros graznidos, deja que el otro se acerque. Pero el tecú macho está siempre alerta y, pegando sus alas al cuerpo, se lanza como un negro puño alado hacia el intruso – tecú, tecú, tecú- y pasa a su lado rozándolo. Le basta sólo eso para alejarlo y hacer que la hembra vuelva a su lado con un tecú muy suave.

 

El canto del tecú no sólo dio nombre a esta ave, sino también a la leyenda de su origen. Al parecer, en una pequeña ciudad de América del Sur, según unos, y del Mediterráneo español, según otros, había dos jóvenes de distintos barrios y condición que un día coincidieron en el tren y que, al verse, se sintieron atraídos y mirándose a los ojos se reconocieron el uno en el otro. Hasta constataron que sus cuerpos parecían hechos para un abrazo total capaz de formar un solo cuerpo. De cualquier modo como se vieran, sus perfiles coincidentes siempre formaban una única figura.

Durante muchos meses, cada mañana coincidían en el mismo vagón y sólo tenían ojos para ellos. Así, la pasión fue creciendo de tal modo que un día no resistieron más el llamado de sus voces y se amaron en silencio en el corazón del bosque urbano. Al hacer el amor, él le decía cosas que ella no sólo no había oído nunca sino que constataba que en cuanto él pronunciaba esas palabras nuevas, aquello que nombraba se hacía realidad entre las cuatro paredes donde se amaban en secreto. Así, ella aprendió el nombre oculto de las cosas y a navegar por mares desconocidos, atisbar horizontes cada vez más lejanos y conocer sensaciones nuevas sin saber que, con su entrega, también contribuía al milagro para que desaparecieran las fronteras de lo convencional y para que las manos y las miradas fueran aves migratorias que descubren los cuerpos como las naves de los hombres exploran el espacio y el mundo.

El mundo es una palabra hecha de mil palabras, le dijo él un día mientras se adentraban en las infinitas perspectivas de los espejos enfrentados. Basta decirlas para que todo lo que sientes y deseas pueda ser creado, pero, le advirtió, nunca debes nombrar aquello que es sagrado, aquello que nos une, porque si lo haces todo se deshará y se perderá en el olvido.

Así pasaba el tiempo, el eterno tiempo de los amantes, y nada parecía alterar el abrazo hasta que, cierto día, él tuvo que irse de la ciudad y ella se sintió sola. Al verla tan desvalida y triste, otro joven se le acercó y comenzó a decirle palabras que a ella le sonaron tan verdaderas como las de su amante y, como refulgían con el brillo engañoso de los letreros de neón, quedó deslumbrada por ellas. Supuso que si las seguía escuchando ya no se sentiría sola. Pensó que cualquiera podía decir las palabras y fundar un mundo como el que su amante había creado para ellos. Convencida de esto se dejó llevar y besó al recién llegado en los labios y hasta soñó o creyó soñar con ese beso como si fuese una nueva luz en su camino.

Cuando esto sucedió, a pesar de la distancia, el joven que le había descubierto la fantasía del amor sintió un golpe seco en el pecho, a la altura del corazón, y un frío lacerante en los labios, que se le abrieron como se abre la carne de una herida. Lo intuyó todo, porque el joven tenía el don de ver las cosas que los demás hombres no ven, y regresó pero ella apenas si se alegró, y nada le dijo de lo ocurrido ni tampoco que su alma volaba hacia el otro. El amante, que la llevaba dentro, vio sus pechos mustios y supo por esta visión, pues a ella debía su juventud, que él no tardaría en envejecer y morir.

Así pasaron los días y acaso ella hubiera acabado en brazos del intruso, si no hubiese cometido un extraño error. Escribió al otro una carta de amor, pero sin darse cuenta se equivocó de dirección y se la envió a su amante. Ella, que creía que el azar había encedido el nuevo faro, al darse cuenta de lo sucedido sintió el peso de su engaño. Sin querer reconocer su acción, de nuevo se dijo que era juguete del azar y hasta de una conjunción planetaria que regía su suerte. Pero, aún en este negarse a la evidencia, abrió los ojos y por primera vez desde que su amante le hablara del don de las palabras dichas en libertad se vio vulgar entre seres vulgares. Nada especial lucía en ella.

Comprendió entonces el alcance de su error y el ácido de la desdicha empezó a quemarle los labios y la lengua que habían besado al otro; al mismo tiempo sintió que la fuerza de su amante la arrastraba hasta el borde mismo del abismo donde se precipitan los amores perdidos y le hacía ver el horizonte vertical de las almas sin voz, el territorio de los prejuicios, de las convenciones, de los tópicos y de las frases hechas que titilan en la oscuridad con efímeros y engañosos brillos. Reconoció así, de este modo doloroso, quién pronunciaba las palabras verdaderas que construían el mundo. Sintió en su carne el poder de esas palabras y cómo ante su luz las otras sucumbían y se deshacían hasta convertirse en nada. Fuegos fatuos en la oscuridad.

La joven corrió a buscar al dueño de las palabras que le habían descubierto su belleza, ahora mustia, y cuando lo tuvo frente a ella, en su desesperación por recuperarlo, pronunció las palabras que él le había advertido que nunca han de pronuciar los verdaderos amantes. Te quiero, le dijo ella. Él la miró con tristeza. Seguía sin confiar en él. Sin creer en el poder de las palabras verdaderas. Te quiero, le dijo y, al hacerlo, el mundo que él había creado para ella acabó de romperse. Estalló como una estrella agotada dejando en el espacio un agujero oscuro por donde se precipitaban el llanto, los deseos, las ilusiones y la esperanza de lo que vive más allá de la vida. El milagro de la fantasía se trizó como un espejo. Al oír te quiero, él la rechazó, pues, dolido, supo en ese momento que ella, al confundirlo con un vulgar mago de feria, también lo había traicionado repitiéndole al otro las palabras secretas que él había creado para ellos.

La tristeza se abatió sobre los dos. Las palabras son poderosas cuando nacen de la verdad, pero muy frágiles cuando nacen de la mentira o del error; las palabras te revelan el alma, le dijo él y se marchó. Ella, que había experimentado el vuelo en libertad, se sintió presa.

Durante mucho tiempo, mientras ella repetía ¡te quiero, te quiero, te quiero! hasta que sólo fue un gemido en sus labios que llenaron el espacio que habitaban a pesar de todo, los dos fueron consumiéndose. Ella volviéndose tan pálida y traslúcida que su figura parecía un rayo de luz, y él tan oscuro y viejo que su cuerpo semejaba un trozo de noche. Y así, no se sabe cuando, acaso cuando la vulgaridad de la pena los extinguió o cuando las palabras les dieron otra oportunidad de abrazarse en un nuevo secreto, ambos jóvenes desaparecieron.

No huyeron, simplemente no se los vio más. Para explicar la misteriosa desaparición, algunos la hacen más extraña aún, pues dicen que el amante, envejecido e incapaz de soportar en su alma el gemido de la joven, también repitió las palabras indecibles y sucedió entonces que, al pronunciarlas, los dos se convirtieron en aves y juntos echaron a volar marchándose más allá de los confines de la ciudad; dicen que son esas raras avecillas, negra el macho y blanca la hembra, que viven en lo más espeso de los bosques y que repiten tecú, tecú, tecú para no perderse jamás.

 

© Antonio Tello

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