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agua / aire / tierra / fuego

el otro mensual, revista de creación literaria y artística - ISSN 1578-7591

Señal de parking

Sólo por un euro

Aranzazu de Isusi

 

 

Es cierto, vi la sonrisa de la muerte. Apareció reflejaba en el cristal de la habitación de mi padre mientras velaba su sueño. Sólo fue durante unos segundos, los segundos que transcurrieron mientras decidí huir del hospital dejando a mi padre solo y dormido.

Aún corría con su imagen pegada a la retina, cuando descubrí otra sonrisa que me sedujo: la del aparcacoches de “La Paz”. Era una sonrisa brillante que destacaba sobre un hombre bajito, rechoncho y de pelo largo, anulando su aspecto vulgar y su espantosa camisa de rayas. Cada tarde, el aparca me señalaba un sitio con el periódico y me sonreía a cambio de un euro. Yo me quedaba inmóvil, encandilada, hasta que recordaba que había venido a ver a mi padre y que debía subir a su habitación a pesar de que podía encontrarme con la sonrisa de la muerte. Mi único consuelo era que, si se daba el caso, siempre podía bajar a recibir la del aparcacoches.

Y tenía que saber algo de un tipo con una sonrisa capaz de conjurar a la de la muerte. Si no lo sabía debía inventarlo. De modo que deduje —por su acento— que era brasileño y, cada día, mientras avanzaba por el parking me preguntaba si aquel hombre sabría bailar, dónde viviría, si tendría familia, si cantaría bien, respondiéndome yo misma mientras me arrastraba, con morosidad, hasta la habitación de mi padre.

Sentí, entonces, cómo mi mundo anterior se desvanecía ante las dos figuras: la de la muerte y la del tipo a rayas. Y como no podía arreglarme para la muerte porque estaba segura de no poder seducirla, empecé a arreglarme para el aparcacoches, sólo para que me mirara en ese instante que transcurría desde que yo cerraba la puerta de mi coche hasta que sacaba el euro de mi monedero y lo ponía en su mano.

Llegaba a “La Paz” con la sonrisa tonta y, cuando tomaba la última curva, sentía cierta inquietud pensando que el aparca podía haberse quedado en casa. Incluso me inquietaba que pudiera haber dormido con una brasileña de facciones negroides y culo respingón. Eran unos celos inexplicables que reprimía, a duras penas, poniéndole en su sitio al recordar su camisa.

Y si bien no pude seducir a la muerte, al aparca sí le seduje. Una tarde en que le sonreí hizo algo que me conmovió profundamente. Rechazó el euro que iba a sacar del monedero, me señaló el aparcamiento y el solar contiguo y me dijo que yo no tenía que pagar en ninguna de esas zonas. Ese era su reino y, con el periódico, lo ponía a mis pies. Entonces me sentí como una princesa con un reino de hospital, un reino de asfalto y rayas pintadas de amarillo, de tierra en forma de solar donde todos lo demás pagaban sus impuestos y donde yo aparcaba por derecho propio, por concesión real o por privilegio otorgado a cambio de una sonrisa.

Nunca pude hacer uso de mi privilegio porque aquella misma noche murió mi padre. Llegué hacia las tres de la madrugada a un aparcamiento vacío frente a una plaza gris con luces y fuentes que daba entrada al hospital. La muerte sonreía reflejada en la ventana y me mostró su reino con un parte de defunción. Sin embargo, no lo puso a mis pies. Escupí en el cristal y bajé desconsolada buscando al tipo de la sonrisa pero el aparcamiento estaba vacío y el rey dormía en una cama, en una chabola o bailaba salsa en algún garito del centro, quizá yacía junto a una mulata de culo respingón. Pero a mí qué. A los reyes —como a la muerte— no hay que pedirles explicaciones que si quieren, sólo si quieren, las dan.

 

© Aranzazu de Isusi

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