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agua / aire / tierra / fuego

el otro mensual, revista de creación literaria y artística - ISSN 1578-7591

Ryonosuke Agutagawa: Kappa o el caos

Manuel Quiroga Clérigo


Kappa

Ryonosuke Agutagawa
Editorial Simbad,
Buenos Aires, 1977,
118 págs.

 

El escritor Ryonosuke Agatagawa nació cerca de Tokio en 1892. Pese a que escribió bastante poco, sus cuentos y novelas le dieron suficiente fama como para estar situado entre los primeros literatos del Japón. Es muy tenido en cuenta incluso entre las actuales generaciones de escritores y de intelectuales, tanto por el intenso vigor de sus relatos como por lo pintoresco de los protagonistas de los mismos. Tal vez influido por su propia situación anímica, Kappa es más que un libro de aventuras, el relato fantástico más caótico y ordenado que pueda leerse. Contiene todos los ingredientes para ser incluido en ese género de novelas en que la fantasía es el primer componente, siendo, a la vez, una crónica minuciosa de un mundo bastante diferente al que conocemos.

Sus biógrafos dicen que Agutagawa murió en el año 1927 suicidándose, tras haber sufrido varios ataques que le configuraban como un esquizofrénico sin posible curación. Decimos que es posible que este tipo de enfermedad influyera hondamente en el caos que aparece en Kappa, donde leemos: “Esta es la historia del Enfermo número 23 de una de nuestras clínicas para enfermos mentales”. Estamos en el prefacio del libro, bien traducido por Abelardo R.Ulloa y, a partir de ahí, efectivamente el mencionado enfermo número 23 va contando como “un día de verano como otro cualquiera hace tres años (con) la mochila a la espalda, había salido de la hostería cerca de la fuente termal de Kamikochi, con la intención de subir al monte Hodaka”, cuando se ve envuelto en la niebla y acaba por perderse y aparecer, ¿dónde?, en Kappalandia, un país bastante extraño, muy diferente al que habitan los humanos que conocemos, donde sus habitantes son individuos muy diversos, desconocidos para la mentalidad terrena en todos sus aspectos, y no sólo en lo físico.

Además se da el caso de que “El kappa medio sabe mucho más de los hombres que lo que los hombres sabemos sabemos de él”. Es así como el imprevisto visitante se va adentrando en una civilización en mucho aspectos más avanzada que la humana. En ella existen connotaciones en los aspectos morales y materiales que nos harán pensar, incluso, en algo que parecería increíble a simple vista, y es que los humanos podemos ser inferiores a dichos seres. Por ejemplo, y como al final relata un kappa, los niños nacen porque quieren, no por una generación de cuestiones físicas, como es el caso de las personas del planeta Tierra. (“No olvide que yo también, como todos los demás kappas, abandoné el seno de mi madre por mi propia voluntad, después de que mi padre me pidiò que decidiera en forma definitiva si deseaba, o no, nacer en este país”).

Todo esto sería una forma bastante olímpica de evitar problemas como el aborto. Las mujeres kappas persiguen a los hombres kappas, o crean una situación de acoso que generalmente no se da entre nosotros. Allí, por ejemplo, los obreros que no cumplen correctamente con su trabajo son convertidos, de inmediato, en alimento para los demás kappas. La producción de libros se ajusta a curiosos parámetros. “La piel del kappa no conserva su coloración constantemente igual, como ocurre con nosotros, lo hombres, sino que cambia siempre a fin de adaptarse al color del medio ambiente. Si un kappa se halla sobre la hierba, por ejemplo, la piel adquiere un color verde, y cuando está sobre una roca, la piel se vuelve de un tono gris que hace juego con el de ésta”.

Otros varios contrastes hacen que la historia se convierta en algo suculento para el lector. Pero llegamos al momento en que muere un poeta, Tok, después de habérsenos hablado de la religión de los kappas, el viverismo. Es una religión nada parecida a las que conocemos por aquí, por el mundo terrestre. Al referirse a ese poeta se dice:”Nuestro destino está determinado por tres circunstancias, y nada más que por tres, que son: la fe, el medio ambiente y la muerte. Por supuesto, ustedes, los hombres, sin duda, querrán añadir la herencia a esta lista, como un cuarto factor. Desgraciadamente el pobre Tok no poseía la fe”. Posteriormente una llamada sociedad de Estudios Psíquicos trata de contactar con el poeta más allá de su muerte y el resultado de la reunión, con una médium como auxiliar y todo, viene a arrojar resultados bastante sorprendentes. Le preguntan al muerto si “lamente el alguna forma el haberse quitado le vida”, ya que se había suicidado, y él responde: “No, no lo lamento en lo más mínimo. Y si llegara a sentirme hastiado de la vida espiritual, sin duda me llevaré una pistola a la cabeza y volveré de nuevo a la vida”.

De esta forma, bastante simple en el fondo, se intenta explicar que en un mundo como el Kappalandia todo es posible, como en Granada casi, pero sobre todo es posible un reingreso al lugar de los vivos si esto se desea, y se consigue por el mismo medio o procedimiento que se logró salir de él, lo cual es una excelente idea para el futuro de los suicidas, kamikazes o terroristas de la existencia. Lo que no sabemos es que podría suceder, en el caso de los kamikazes, con aquellos que les acompañaron en su acto, llamado por nosotros criminal.

Bueno, o sea que tras haber conocido tan pintorescas costumbres, el protagonista de la historia busca el medio para volver al mundo terrestre. Y eso lo logra, consigo lograrlo, pero poco después al sentirse indispuesto piensa en que sería muy agradable el volver a Kappalandia, lo cual no le parece nada fácil. Pero no acaba aquí tan fantástica historia, pues se lleva una gran sorprende cuando ve que son sus amigos los kappaneses quienes, a través de unas curiosas rutas de Tokio, consiguen llegar a su lado y hacerle compañía. Con ello se acerca al lugar que tanto le cautivó y ya sólo le queda cierta amargura por no poder regresar a él para vivir rodeado de gentes tan curiosas, diferentes e interesantes, como son los habitantes de Kappalandia.

 

© Manuel Quiroga Clérigo

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