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agua / aire / tierra / fuego

el otro mensual, revista de creación literaria y artística - ISSN 1578-7591

Cartel de Ariane

Ariane:
un Wilder con “toque” Lubitsch

Carlos Giménez Soria

Cartel de Ariane

 

“En realidad yo quiero que la gente olvide en mis películas, que ha habido una cámara y un director. Quiero que se olviden de que están viendo una pantalla. Tienen que creer que están con los personajes de la acción, en la misma habitación o en la misma calle” (Billy Wilder)

 

Título original: Love in the Afternoon.
Director: Billy Wilder.
Guión: Billy Wilder y I.A.L Diamond, según la novela Ariane de Claude Anet.
Fotografía: William Mellor (B/N).
Dirección artística: Alexandre Trauner.
Adaptación musical: Franz Waxman.
Nacionalidad: EE.UU., 1957.
Intérpretes: Gary Cooper (Frank Flannagan), Audrey Hepburn (Ariane Chavasse), Maurice Chevalier (Claude Chavasse).
Duración: 130 minutos.

 

Rodaje de Ariane

Una de las grandes habilidades del fallecido maestro Billy Wilder (1906-2002) fue su versatilidad para cultivar todo tipo de géneros cinematográficos. Con una filmografía de 25 títulos, Wilder abarcó desde el cine negro más genuino (Perdición, Días sin huella) hasta el melodrama más obsesivo e irreal (Fedora), pasando por la opereta (El vals del Emperador), el cine supuestamente belicista (Cinco tumbas al Cairo, Traidor en el infierno), la sátira cínica y amarga del mundo de Hollywood (El crepúsculo de los dioses) y de la prensa (El gran carnaval, Primera plana), el género policiaco (Testigo de cargo) e, incluso, el cine de aventuras (El héroe solitario).


Sin embargo, este cineasta de origen centroeuropeo es hoy en día especialmente recordado gracias a sus comedias, en las que supo combinar un sentido del humor jovial y sarcástico (Irma la dulce, Bésame, tonto) con una feroz mordacidad en el retrato de tipologías (Uno, dos, tres, En bandeja de plata) y una sensibilidad romántica y sutil para la narrativa elegante y sofisticada (Berlín Occidente, ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?). No en vano, Wilder empezó su carrera en la Meca del Cine como guionista de otro de los grandes genios del género cómico: el también exiliado Ernst Lubitsch (1892-1947), autor de obras tan magistrales como Ser o no ser (1942), El diablo dijo no (1943) o El pecado de Cluny Brown (1946). Para él, escribió los guiones de La octava mujer de Barba Azul (1937) y de la mítica cinta Ninotschka (1939), que consagró a Greta Garbo como diva también en el terreno del humor.

Audrey Hepburn


Durante esa etapa, Wilder recibió una gran influencia del realizador berlinés y llegó a incorporar en sus textos una buena dosis de la fina ironía que caracterizaba el famoso “toque” con que Lubitsch impregnaba siempre el estilo burlesco de sus películas. La sensibilidad nostálgica y poética de cintas como El bazar de las sorpresas (1939) o la citada Ninotschka se contagió rápidamente al buen oficio de Billy Wilder, quien, en la década de los 50, daría a luz dos de sus cintas más deudoras del talento de Ernst Lubitsch: Sabrina (1954) y Ariane (1957), protagonizadas ambas por una espléndida Audrey Hepburn en absoluto estado de gracia.


El argumento de Ariane –la más lograda de estas dos piezas maestras a gusto de este comentarista– rezuma el encanto, la finura y la picardía de la comedia clásica más sofisticada, esa que posee el sabor burbujeante del champagne rosado del que gozaban tan alegremente Cary Grant y Deborah Kerr en Tú y yo (1954) –otra de las joyas del género, con Leo McCarey tras las cámaras en esta ocasión–. Pero, para muestra, un botón: aquí tienen, en unas pocas líneas, la sinopsis de esta lubitschiana historia donde el fingimiento y la representación juegan el papel tan habitual (¡y glorioso!) que suelen desempeñar en las mascaradas románticas de Billy Wilder.

Gary Cooper


El escenario, París (¡cómo no!: recuerden también las mencionadas Irma la dulce y Ninotschka). La protagonista (Audrey Hepburn), una joven aspirante a violonchelista, que se pasa horas enteras hurgando en los archivos secretos de su padre (Maurice Chevalier), un detective privado especializado en asuntos amorosos. La muchacha tiene la ocasión de intervenir en uno de estos casos, impidiendo que un galán arrogante y seductor (Gary Cooper) acabe asesinado a manos de un marido celoso. Pero, obviamente, después de tan fortuito encuentro, el playboy no se resignará a quedarse con las manos vacías y sustituye su velada con la mujer casada por una cita romántica con la chica, secretamente enamorada de él y a punto de tener una experiencia iniciática en el ámbito de las conquistas amorosas.

Maurice Chevalier


El film posee un crescendo asombroso desde ese primer encuentro inicial de la pareja, repleto de ese burbujeante aroma del champagne y de una exultante joie de vivre. La pícara muchacha consigue despertar los celos del veterano conquistador compitiendo con sus propias armas: así pues, opta por narrarle las aventuras que ha mantenido con un amplia galería de amantes que ha conocido a lo largo de su corta vida (todos inventados, naturalmente, aunque no ofrecen esa imagen para el consumado donjuán, que se deja tentar por el supuesto pasado de su contrincante femenina). Ante tal circunstancia, el galán americano –como no podía ser de otra manera tratándose de un extranjero en la capital francesa del amor–, definitivamente carcomido por la envidia, decide ir en busca de un detective privado para aclarar todo este mare mágnum de conquistas. Y precisamente en ese fragmento final de Ariane se producirá el prodigio y la magia que ha hecho a Wilder merecedor de figurar entre los grandes nombres de la comedia romántica.

Fotograma de Ariane


Pero aquí no vamos a desvelarles nada más –bastante hemos hecho ya–. La verdadera sorpresa queda en manos de aquellos espectadores que no deseen perderse el resplandor incomparable de uno de los guiones más sólidos –sin fisura alguna y unos diálogos de hierro–, elegantes y exquisitos de cuantos escribió y puso en imágenes ese grandioso genio de la gran pantalla que fue Billy Wilder. Una obra maestra que los más nostálgicos no deben perderse, sublime como pocas y con un magnífico trío protagonista, donde cada cual brilla con luz propia en su correspondiente papel.

Fotograma de Ariane


Si bien debemos dar cabida, por último, a una reflexión final: mientras que el sentido del humor de Ernst Lubitsch jamás rebasó las lindes de la ironía fina y sutil, Wilder en Ariane se adentra directamente en el terreno del cinismo. Un cinismo que en medio de tanto glamour no resulta hiriente sino sensible y que sitúa este film entre las más altas cumbres del Séptimo Arte, sólo alcanzables por el talento exclusivo con que han sido bendecidos los grandes maestros.

Fotograma de Ariane Fotograma de Ariane Fotograma de Ariane

 

 

 
 
 
Bibliografía recomendada:

© Carlos Giménez Soria

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