Poemas de
Basiliscos SUR LE CITÉ
Rodolfo García
LOS IMAGINADOS
A Eddy Ordóñez
I.
La flor pájaro de la noche
se mastica con ojos blandos,
desde el aljibe de la calle
brotan cellos y hetairas,
se rezuman abortos y mentiras
sobre el labio esquinero,
en la punta del ombligo
algunos hombres se requisan la memoria,
detrás del músculo agotado
alguien oficia un beso;
sobre la piedra lavada de los rostros:
los pomos heridos,
ojos que desangran bailarinas,
cuencos de ceniza
donde se revelan
las estrías de los imaginados.
II.
Los azulejos de Talavera
se caen por el bostezo de la luna,
parafina de poemas tristes.
Por la filigrana enmohecida
un juego de llaves
para la ceremonia.
Sobre la hoja de la mirada
el cuello del deseo
por la noche desvelada.
Un arcabuz cálido
de gotas y niebla
ciega al lancero.
Los imaginados son antropófagos
sobre la córmea del tiempo
de quien imagina:
Esta calle buscada,
esta escena de sacrificio.
III.
Sobre la lápida del crepúsculo
dioses de oro
y dioses de sombra escapan,
la nieve sucia del cielo
germina sus primeros oráculos.
El anuncio de neón
apaga las palabras,
unos ojos de mar
definen el vértigo.
POEMA PARA CORNO Y MUJER EN ROJOS
El monstruo no es el poema
es quien te habla embozado
y pide tu llegada
a este astillero calcinado
de oráculos salobres,
náyade de alguna Venecia,
epigrama mujer sobre la córnea del tiempo,
réquiem de cornos para un último viaje
ungiendo la médula del poema,
aurúspice de sonidos rojos,
lamia ensombrecida dentro de la nota de algún dios.
La fragua negra del Héspero
lleva consigo el gorjeo de los peregrinos,
el altar de Citerea ha sido profanado
por cinerarios civilizadores,
los monstruos metálicos
han violentado la tranquilidad
de ojos garzos del cansado Júpiter,
en las arenas de Naxos
reside la corte de un poeta
mientras el piloto Palinuro
le reclama a la oscura tormenta
sus días y sus noches.
Prometeo mal encadenado
organiza la sublevación de los signos
preso del cielo oscuro de sus deseos,
cada día una muerte pequeña,
la tristeza de mi último hombre
entregada a la polvareda de unos ojos
que aparecen basiliscos
con los primeros toques de diana.
Naces herida de la rabia de Neptuno,
ángel con su jersey de agua
que tiñes cintas de luz
en los ojos blandos
de quienes ya fueron leídos
por la segadora de minutos.
Desde la muerte hablo
sin ser ceniza enamorada,
pacificado en la ceguera
que me permitiste
como condena, como beso.
Lo que fue
y lo que será,
Jano bifronte corre desnudo
con su crátera vacía
por el campo señalado
para la ceremonia ulterior,
Vulcano recoge los destrozos
en casa de su amada,
mientras que el poeta
con una brizna de madera seca
le extrae sonidos a la nada.
Sobre la ruina de la noche:
La hoja en blanco de mañana,
el vaso difunto para saciar tu sed,
las monedas sueltas
que confían financiar alguna huída,
la marca de la soga
sobre el cuello del poema,
el hambre postrero
al abrir los ojos
para despedirme de ti,
que dejas enhiesta en tu marcha
la verdad del silencio
dentro de un corno patinado por la soledad.
El poeta es un sobreviviente de la palabra,
la fumarola de la tarde trae los oscurecidos clamores
de una guerra que no se cierra de la mirada.
MIENTRAS LA CIUDAD TRANSITA SOBRE MÍ
I
Ofrezco tres palomas de la paz
para el espectáculo matutino
por el sencillo precio
de un muerto.
II
Enseñémosle
a nuestros niños
a ser perseguidos
cual palomas
por los agentes de la paz
III
El juego tiránico
de quien da el alimento
la plaza ríe y goza
ante la persecución
más tarde a algunos
nos dará hambre.
