Cinco poemas
David González Lobo
Desde lo más alto del naranjo veía los frutos azules y rojos
del mirto centenario
Comenzaba a llamar a mis aliados
Cerraba los ojos
Partía un tren pintado de vivos colores
De uno a otro compartimiento
había un desfile incesante de dragones
Yo les pedía que entrasen en orden
según el tamaño de sus alas
y que cada uno me hablase en un lenguaje cifrado y lento
y que me dejasen a mí en medio de la fiesta del sonido
que me dejasen flotar como una pluma
que me dejaran ser la nube de agua
el pájaro carpintero
y de vez en cuando
en medio de la noche
una luciérnaga
Era mejor
que con sus bocas y sus narices llenas de fuego y humo
le pusieran nombre a esas reuniones poco vistosas
y en la mayoría de los casos alarmantes
Cuando doña Filomena destripaba los frutos del mirto
y me llamaba a la mesa a que atendiesen los deberes de rigor
en un cuenco veía la goma cristalina
la tijera
papeles trazados con figuras de menhires
pirámides y otras formas elementales
me paralizaba
No podía evadirme de una buena vez de aquellas colas de serpientes
aquellas alas, aquellos trazos de fuego azulado tan combustible
Ellos y el trabajo geométrico no se llevaban bien
La cena se enfriaba y a mí me miraban largamente y en silencio.
***
La lluvia
un viernes y también un miércoles
y cierto martes alto
y un jueves casi suave
y un hoy sin componenda ni campo santo
con un trazo de risa firme
y los charcos donde reverbera el sol
y los charcos otra vez
y la luz lila de las lámparas pobres
casi infantiles
una caja de creyones dónde faltaba el amarillo
y el arte de la combinatoria de los colores primarios
era un universo
y la llovizna
y el río desde la ventana
y esta red de soledad que teje mi padre
Los peces
pasan calle abajo
como una línea de mercurio
que no recoge
el círculo
la trampa
el amor.
***
Mi voz
una suave colina
roja y dorada en la sequía
una meseta azul bajo la intermitencia de la lluvia
y las hojas de los árboles mijaos del Monte del Agua
que suavizan la caída del torrente
el tiempo adentro
los remolinos del arroyo y del corazón
la luz poquita del crepúsculo titilando
y la sombra de la luna entre los helechos
el mercurio de las luciérnagas
hierba verde
muy verde
tranquila y dulce
ondulas
muy seca
bajas
ardes
Bajo la tierra ya no es
sino sombras
y siempre es mi voz
que en el humo de la chimenea
al cielo va por agua.
***
Mi padre
estaba sitiado
lloraba siempre de perfil
Mamá en silencio
de espalda a los helechos
Llovía en lo alto del mundo
Quería pedir un milagro
Una ilusión por lo menos.
***
Los llamaba
Me decían
habla con el mirto
con sus frutos azules
inténtalo otra vez
y me miraban las gallinas
como si yo fuera un ave perdida cantando el principio del mundo
con el cielo y el mar entre las patas
José
decía mi madre haciendo hincapié
en el primer nombre de mi padre
y yo sentía algo de madera y piedra en mi cuerpo
cierta sombra familiar con algo de álgebra y misterio
Y mi hermano
por favor
por favor
el mundo
es gris
y muy gris en las preguntas
y entra la noche
Yo bajaba la cabeza
y la niebla parecía
la única palabra de la tierra.
