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Un
día dirá la leyenda porque
esto es lo que se leerá mañana como algo que
posiblemente ocurrió, que dentro de la especie humana
existía un grupo cuyos ojos no veían tierra,
ni aire ni agua allí donde la había en abundancia,
sino una gran tarta, una sabrosa tarta para repartir con poca
gente o, en último caso, si las cosas se ponían
feas, con nadie: sólo con los más afines. Era
una tarta cocinada con los elementos comunes citados que la
Naturaleza había puesto para el desarrollo de la vida
de todos: tierra, aire y agua, en este caso, fundidos en el
fuego de la ambición.
A la tarta imaginaria, nunca expuesta en la transparencia
de los escaparates públicos, sino más bien escondida,
disimulada en las trastiendas de la estrategia, la bautizaron
con el bonito nombre de «Futuro», y hasta le pusieron
una coraza por encima para que el agua del hisopillo que se
usó el día de su estreno no la mojara.
Dirá también la leyenda que de vez en cuando
se producían reuniones secretas en las que se intentaba
dilucidar la manera de repartir el manjar único y que,
aunque nunca se conseguía llegar a acuerdos de apaga
y cierra, la verdad es que paítopaíto,
sin escandalizar en exceso, sin levantar las manos, se iban
clavando los pilares sobre los que descansaría la tarta
para el reparto final. En los ensayos, a veces el cuchillo
se variaba a la izquierda y esa parte obtenía un grueso
del merengue; otras se torcía hacia la derecha y las
guindas caían de semejante lado. En pocas ocasiones
se mantenía en el centro, pero era suficiente para
que, con una pequeña porción y lo que le arrimaran
el lado derecho o el izquierdo, según conveniencias,
probaran el sabor. A este sector vinieron en llamarle «bisagra».
También pululaban por estas reuniones quienes no tocaban
ni el mango del cuchillo repartidor y se limitaban a andar
alrededor por aquello de recoger las migajas que suelen desprenderse
en todo corte.
Los dos grupos principales que se intercambiaban el cuchillo
hacían guiños constantes a estos otros minoritarios
para que se inclinaran de su lado, pero como la ambición
es ciega, y gratis como el miedo, los grupos pequeños
se mantenían a la espera por si del gran corte que
se produciría cayera, no una migaja, sino un gran trozo
que ellos pudieran agarrar en el aire por medio de mil malabarismos.
Sin embargo, no todos sabían cómo era la tarta,
o sea, si necesitaba más azúcar, o harina, o
miel; tampoco les importaba si al exprimir al límite
los ingredientes de agua, aire y tierra comunes se estrechaba
la calidad de vida de los demás. La filosofía
la marcaba la presencia de un elemento que podía con
todos los anteriores: el dinero. Bastaba con hacerlo sonar
para que el coro cantara el himno glorificador de costumbre,
amén incluido.
La
leyenda contará ese día que unos y otros, tras
sesudas reuniones para repartir puros porcentajes y eternas
plusvalías, plantaron a medias una hamburguesería
en pleno Paraíso, local al que los propios arcángeles
bajaban en sus horas libres de servicio a probar el alimento
del futuro. El futuro que está a la vuelta de la esquina.
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