|
Me
cuentan lo del Lebrero, un hombre
con su mote puesto sin que nadie sepa el por qué del
mote porque nada tenía que ver con los lebreles. Pero
los humanos somos así de perfectos para motejar al
prójimo. Los mismos insisten en contarme que el Lebrero
vivía solo desde que se quedó solo, que sólo
tomaba un vaso de leche al día, que no cocinaba, ni
se lavaba, ni se peinaba, que cada noche salía a buscar
por las basuras del contorno cartones, cajas, bolsas, sabe
Dios, y que la casa estaba llena de tiestos que apestaban.
Me
lo cuentan de golpe, a borbotones, como si yo tuviera que
saberlo por fuerza. Y todo porque una vez escribí una
carta al periódico diciendo que en un sitio había
ratas y los responsables me echaron cuenta y las mataron con
veneno. Pero hay que decir que antes, unos voluntarios pusieron
en práctica otro método. Como no tenían
raticidas, colocaron un cajón con desperdicios medio
tapado con una tabla de la que partía un cordel que
iba al escondite de los cazadores. Cada vez que el cajón
se llenaba de ratas, tiraban de la cuerda, la tapa se cerraba
y las ratas quedaban presas, pero vivas. Después se
llevaba el cajón a un cercado sin salidas donde más
voluntarios las esperaban armados de estacas. Con una patada
a la tapa las ratas saltaban y se iniciaba una guerra sin
treguas. El invento se popularizó en el barrio y las
ratas fueron desapareciendo. Hasta que vinieron otra vez,
porque son insistentes, y los vecinos tuvieron que alternar
el ciclo del veneno con lo de la caja de desperdicios, la
cuerda y esas cosas.
Desde
entonces me lo quieren contar todo para que mande cartas al
periódico. Y como el periódico ya me publicó
aquélla hace años les digo que no es cosa de
abusar. Aparte de esta razón de peso, lo del Lebrero
no es para una carta. Según las voces, con los cartones
quería asegurarse calor, ahora que le pillaba el invierno,
como cualquiera. En una casa sola, fría, húmeda
y con un inquilino sin recursos, puede pasar de todo. El hombre
se pasaba la noche husmeando por las basuras, apilando deshechos.
Dicen los cronistas del barrio que no se podía entrar
en la casa del poco espacio que había y del insufrible
olor. Nadie puso remedio. Querían, simplemente, echarlo.
No ahorrarle molestias, ni proporcionarle un sitio de retiro
como alternativa, sino echarlo.
Hace
unas noches tenía dinero fresco que le dio alguien
y con las mismas encendió un fueguito y fue a comprar
leche. Cuando volvió y abrió la puerta una llamarada
lo sorprendió. Intentó apagarla con sus manos
y se hundió en aquel mar de cartón y plástico
ardiendo, en aquel hedor. Los bomberos entraron en la casa,
sacaron toneladas de basura y hay quien cuenta que un entendido
en desgracias, ajeno al por qué del Lebrero,
llegó a advertir: «cuando lo encontremos no le
quedarán ganas de guardar porquerías».
Dicen los que lo dicen que sonó un estrépito,
un golpe de desplome que levantó un polverío
inmenso. Ya carbonizado, como parte integrante de aquel todo,
apareció su cuerpo. Ya digo, me lo cuentan todo a golpe
de palabra, al trompicón. Hoy he pasado por allí.
Aún huele a humo.
|