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El
barrio Juanambú fue construido por la Junta de Fabricantes.
Él lo supo cuando lo buscaron para investigar sobre
la sociabilidad de los inquilinos. Y sólo estuvo allí
la semana estipulada en el contrato.
Llegó un sábado, después de mediodía.
Es por aquí, señor dijo el chofer deteniendo
el taxi.
Y miraba receloso a lado y lado: calles estrechas y vacías,
altos edificios mudos, puertas ajustadas. Ese era el lugar,
según las instrucciones. En la confluencia de calles,
al frente, estaba la edificación distinta del resto
de las construcciones, semejante a un tazón blanco
y boca abajo, con tres portones amarillos y altavoces en la
cúspide.
Nadie por supuesto salió a recibirlo. Rodeando la edificación
llegó a la puerta caoba de proporciones normales. La
llave estaba oculta en la cajilla del contador del agua.
Adentro tuvo la impresión de que nadie había
vivido allí: se apiñaban sin sentido práctico
cuantos electrodomésticos y enseres podían comprarse
para un hogar. Un angosto corredor, al fondo, comunicaba con
el Salón Comunal, amplio y vacío; en una plataforma
a desnivel había una tribuna, dotada con un micrófono
como único aditamento. Los tres portones de entrada
estaban asegurados con barras corridas a modo de cerrojos.
Aunque por las instrucciones había imaginado lo que
encontraría, lo desconcertó la realidad. Deambuló
inquieto por las calles deshabitadas. Los edificios de apartamentos
eran bloques de cuatro y cinco pisos, todos con los paredones
de color curuba; cada uno tenía una única puerta
de acceso y múltiples ventanas con persianas. En la
parte céntrica del barrio había almacenes, bares,
un supermercado, un teatro, el Juanambú, un polideportivo:
desiertos.
Ya se devolvía cuando oyó a su espalda un ruido
de ventana oxidada y repentinamente abierta. A media cuadra,
en un segundo piso, vio asomada a una muchacha negra; alguien
la atrajo y cerró de un golpe. En un arranque, fue
y timbró en los apartamentos de ese piso; nadie contestó
por el citófono.
¡Abran! ¡Sé que están ahí!
les gritó, ubicándose bajo la ventana.
Aunque insistió, no abrieron. Pero sí oyó
que entre ellos alegaban airados.
2
La Junta cumplió con atender sus necesidades. Al anochecer
llegó una mujer alta, morena, huidiza, en un volskwagen.
A modo de saludo, sólo lo miró al entrar; y
pasó directamente a la cocina. Siempre muda, de ahí
salió para poner la mesa y servir la cena. Mientras
él comía, permaneció en la cocina, haciendo
la limpieza. Luego recogió el servicio y lo enjuagó
y acomodó en el aparador. Y, por fin, se fue, sin pronunciar
palabra.
Volvió a la mañana siguiente, igual de callada.
La dejó hacer los oficios sin interrumpirla. Todos
los dependientes de la Junta actuaban como ella, porque el
mutismo era uno de los deberes.
Al rato llegó una furgoneta. Dos hombres con el distintivo
de la Junta en el overol descargaron y llevaron hasta el salón
Comunal el proyector, el telón para pantalla, el equipo
de sonido, y las películas y casetes que él
había solicitado de antemano; instalaron el telón
y los aparatos e hicieron conexiones para que la banda sonora
y la reproducción magnetofónica pudieran difundirse
por los altavoces.
Después de almuerzo, se acostó a hacer la siesta.
Y al despertarse le velaba el sueño la mujer del volskwagen,
sentada al borde de la cama. Vestía una bata ligera,
bajo la cual se revelaba desnuda. Se había bañado
y maquillado. Mirándolo con los ojos muy abiertos,
se acostó y se le acercó.
¿Nunca se sustrae a los deberes? le susurró
sin rechazarla.
Se sonrojó pero permaneció a su lado, sin dejarlo
de mirar. Tras un instante, comenzó a acariciarlo.
Callémonos. Nada ganaría usted con que
me despidieran dijo al fin, enfática, porque
él seguía expectante.
3
Esa misma tarde comenzó a ejecutar lo planeado. Primero
difundió por los altavoces la banda sonora de Mujeres
cantando en la estación del tren y luego puso música
de bailoteo. E invitaba a los residentes a reunirse en el
Salón Comunal, a no confinarse en los pequeños
límites de cada apartamento.
Nadie acudió.
En la noche (los números estaban marcados con asteriscos
en el directorio) se dedicó a llamarlos por teléfono.
Siempre le colgaron sin hablarle.
4
Se levantó temprano, porque el lunes los inquilinos
debían ir a sus quehaceres. Durante un par de horas
vio salir de los edificios hombres y mujeres que se dirigían
a sus trabajos y muchachos que iban a estudiar. Caminaban
con premura hasta los paraderos de los buses; algunos sostenían
conversaciones lacónicas mientras esperaban el transporte;
y todos se precipitaban a subirse al bus.
Poco a poco las calles fueron vaciándose de nuevo.
Y cuando nadie más salió de los edificios y
el último de los residentes abordó su bus, el
barrio quedó sumido en una quietud apabullante. Entonces
no supo qué hacer, vivo, en medio de la parálisis.
Y como advirtió que le crecía una gran desolación,
tuvo que encerrarse a dormir para enfrentarla.
Antes de mediodía, sin embargo, usando distintivos
de una empresa de publicidad, llegaron dos cuadrillas de dependientes
de la Junta; se repartieron por las calles, pegando en paredones
estratégicos carteles que anunciaban una verbena popular
y panfletos que, agitando consignas libertarias, atacaban
la dureza de las condiciones impuestas por la Junta.
Los inquilinos al volver (después de mediodía
los estudiantes, los demás con la noche) los leyeron
en momentáneos grupos sorprendidos. Al disgregarse,
los objetaban o fingían desentenderse.
Él
les explicó por los altavoces que había mandado
a pegar los carteles y panfletos porque no resistía
estar solo y le parecía inaceptable el aislamiento
de los vecinos impuesto por la Junta. Por eso estaba organizando
una verbena. Si ya en otros barrios comenzaban las rondas
sampedrinas y se preparaban comparsas para junio, ¿por
qué en el Juanambú no se hacía lo mismo?
¿El que la Junta les entregara una vivienda a un canon
bajo y les agenciara empleo en las fábricas y establecimientos
de comercio justificaba el aislamiento?
5
Aunque el barrio permanecía desierto, al andar por
las calles percibió que tras las persianas lo miraban.
Y notó que se hacían más frecuentes los
altercados familiares.
Luego
amanecieron inscripciones en cabinas de teléfono y
postes de alumbrado. Frases apresuradas, acuciantes. Puedo
bailar ahora mismo. Me late el corazón y está
caliente. Y al incitar a los inquilinos por teléfono,
algunos se quedaban escuchándolo; incluso una mujer
lo interrumpió.
La vida en Juanambú es muy difícil dijo
desasosegada. Uno termina por endurecerse; pero se desparrama
en el momento más inopinado.
Hasta ahora, sin embargo, el reporte que él hiciera
se recibiría por la Junta sin preocupación.
Nadie parecía dispuesto a pronunciarse abiertamente.
Y quizá los más intrépidos se decidieran
a actuar en forma clandestina, pero la reacción tardaría
en extenderse y la Junta podría neutralizar a tiempo
el inconformismo.
Así como estaban las cosas, al mediodía del
sábado un taxi que no habría pedido llegaría
por él; y el Salón Comunal sería clausurado.
6
Para evitar a la mujer del volkswagen, el jueves salió
después de almuerzo. Fue al sector comercial. En la
vitrina del teatro anunciaban La Medianoche; esa semana
habían anunciado y proyectado todos los días
una película distinta, aunque nadie asistía.
Se instaló de taquillero para atisbar a los muchachos
que volvían de estudiar. Varios se acercaron a las
vitrinas de avances. Y se alejaron desconfiados al verlo a
él en la taquilla.
Al comenzar el matiné se decidió a retornar.
Sintió una mezcla de desaliento y nerviosismo; nuevamente
tendría que difundir música por los altavoces,
arengar a los inquilinos. Y yendo por la acera vio aparecer
por una bocacalle, varias cuadras adelante, un carro negro,
que avanzó en su dirección. Ya más cerca
se dio cuenta que era una carroza fúnebre, que se metió
en reversa por una calleja y, apurándose, la vio estacionarse
ante uno de los edificios. Descendieron dos hombres en overol,
el overol de los dependientes de la Junta. Descargaron un
ataúd y lo llevaron hasta la puerta; no tardaron en
abrirles.
Permanecieron adentro unos minutos y, al salir, les ayudaban
a cargar el ataúd dos compungidos inquilinos que, cuando
lo hubieron puesto en la carroza, retrocedieron hasta la puerta,
donde se quedaron amilanados en compañía de
otros pesarosos.
En marcha, sin acompañamiento, la carroza avanzó
muy lentamente. Los inquilinos de la puerta comenzaron a entrarse
y antes de que la carroza doblara en la esquina ya el último
había cerrado tras de sí.
En adelante él fue el único espectador visible,
lo que lo hizo pensar con horror que constituía todo
el cortejo. Y en la reverberación del sol, avanzando
por la calle sola, la vista de la carroza lo enfureció;
en su lentitud le pareció ostentosa.
7
Mientras regresaba pensó desenmascararse, revelar su
oficio; pero no tardarían en llegar dependientes a
callarlo, ayudados por la policía.
Lo tildarían de desadaptado ¿Y si convencía
a los inquilinos pero el convencimiento no tenía más
efecto que la mortificación interior?
En todo caso, maquinalmente, por los altavoces, describió
con pormenores el Juanambú.
Esto es lo que se ve dijo intranquilo, al terminar:
Sólo cosas.
Se sentía cansado ¿Cómo sobrellevaban
esa realidad los inquilinos día a día durante
años? ¡Eran increíblemente fuertes! ¿Y
la sobrellevaban por asegurarse un empleo y la vivienda?
Lo confundió la idea de que ellos, o en su mayoría,
tuvieran expectativas conciliables con las de la Junta. Ni
aún ahora aparecía nadie. Y bien sabían
que el incumplir las obligaciones del contrato les haría
perderlo.
Salió a mirar el barrio recién enfundado en
la noche y todo era quietud a la luz de los bombillos.
Abandonó el salón, decidido a irse, impregnado
de una sensación de indefensión. Y mientras
recogía el equipaje temió que lo vivido esa
semana pudiera mantenerse indeleble en él.
Afuera, a la espera del taxi que había solicitado,
tuvo la certidumbre de que el estilo de vida de los inquilinos
los desposeía del olvido de sí mismos; solos,
la existencia personal se les debía revelar en todo
instante.
Sintió afán, mayor al ver aparecer el taxi.
Pero antes de bajarse a abrirle el baúl, el chofer
lo inspeccionó con desconfianza. Al fin pareció
decidirse y se bajó y acomodó en silencio las
maletas.
¿Es usted de por aquí? le preguntó
de golpe, antes de partir, mirándolo por el retrovisor.
No se limitó él a responder.
Lléveme a Campo Nuñez.
Se puso en marcha el taxi y el chofer aceleró, mirándolo
de soslayo por el retrovisor. Él permaneció
tenso en el asiento; lo sobresaltaba ver las casas perfiladas
sin personas a la luz de los bombillos.
¿Nunca
veré a Eglé?
Frente al Pargo Rojo el adolescente vio una sábana
blanca cubriendo un cuerpo tirado en la acera; sobresalían
los zapatos de suela de goma.
Una noche de lluvia lo desmoronó como a una casa de
tierra.
La Prohibición
En
1978, en aplicación del Estatuto de Seguridad y mientras
subsistiera la perturbación del orden público,
el gobierno prohibió la música.
El
niño se asombraba al descolgar el auricular del teléfono.
Y él siguió viviendo en la ciudad, aunque en
Rodizios un hombre había acribillado a varios clientes
desprevenidos.
Legajo de Impresiones: "Ni él siquiera
(para el niño y el adolescente debió ser impensable)
imaginó nunca que quedaría encerrado y solo
en mí". Y había esplendidez, árboles
como parasoles verde mate, mesitas rodeadas de sillas a la
vera de la calle en las que uno se sentaba a conversar y a
tomar cerveza fría. A J. Pérez lo halló
en un intervalo de lucidez, cohibido por una mezcla de miedo
y vergüenza de no poderse mantener voluntariamente en
la realidad. No era insólito que lo arrebatara la dicha,
que lo arrebatara la seguridad; o que la ansiedad de diversión
lo acorralara.
¿Qué ves a diario al despertarte? Cuéntame
dijo L., inquieta.
Legajo de Impresiones: "Yo: una bolsa atiborrándose
desde el primer día". Dudó si era una suplantación
(no veía a G. hacía cuatro años), mientras
almorzaban ella hablaba de su éxito profesional, de
saber venderse a uno mismo ¡El mar! En Cartagena el
adolescente lo oyó en la mañana; lo oyó
a medio día y en la noche; y su desconocido y admirable
movimiento musical no terminaba.
Y
ni la respiración de fuelle de la ciudad se detenía.
La Noche de los Cerdos
Se oyeron gruñidos como ruido de bisagras sin aceitar.
¡Son cientos de cerdos! gritó corriendo
un muchacho.
Ocuparon la calle a lo largo de tres cuadras. Cerdos flacos,
largos, de pelo reseco y negro. Respiraban acompañándose
de ronquidos. Y el movimiento de la masa era constante y desacompasado.
Unos se asomaron por los ventanales bajos. No a mirar; parecía
gustarles el contacto con el vidrio; resbalaban el hocico
por el vidrio, lentamente, como si alguien se los acariciara.
Temerosos de lo que pudiera suceder cuando oscureciera, los
vecinos deliberaron por teléfono.
Pensaron que las detonaciones los espantarían.
Pero la bárbara matanza se prolongó toda la
noche.
Una tristeza líquida, un sedimento de melancolía
seguía a cada fiesta.
En los dos últimos meses he bailado más
que en varios años dijo L. ¡Ah!,
¿oyen esa música?
Legajo de Impresiones: "Fui uno; pero soy muchos
que se alejan". El estudiante había visto el Palacio
de Justicia incendiado; por la puerta entraban las tanquetas
del ejército. Carta de L.: "Tú sabes que
para dos que recién se conocen es fácil comunicarse;
¿pero luego?". Vio a J. Pérez en la calle;
por el efecto de los fármacos, parecía que acababa
de aprender a caminar; y sonreía en silencio, estúpidamente.
Carta de L.: "Dime, ¿no es inaceptable que una
relación se prolongue sin sexo más de un mes?".
Sí dijo, discúlpame, son las
tres de la mañana. Pero llego de caminar muchas calles
solo.
Legajo de Impresiones: "Todo va quedando como
objetos regados". Un domingo, al despertarse el adolescente
con resaca y con el grato sopor que había sustituido
al cansancio del baile, al recordar a Eglé prefirió
arroparse.
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Cuarta
entrega del libro en el próximo número.
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