P O R T A D A                 Persiana    
      Heider Rojas Quesada   punto de encuentro
  34 tierra - prosa    

Los inquilinos

Relato del libro
El testimonio de Norma Cleves
y otros recuerdos de Edgar Acebedo

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El barrio Juanambú fue construido por la Junta de Fabricantes. Él lo supo cuando lo buscaron para investigar sobre la sociabilidad de los inquilinos. Y sólo estuvo allí la semana estipulada en el contrato.

Llegó un sábado, después de mediodía.

—Es por aquí, señor —dijo el chofer deteniendo el taxi.

Y miraba receloso a lado y lado: calles estrechas y vacías, altos edificios mudos, puertas ajustadas. Ese era el lugar, según las instrucciones. En la confluencia de calles, al frente, estaba la edificación distinta del resto de las construcciones, semejante a un tazón blanco y boca abajo, con tres portones amarillos y altavoces en la cúspide.

Nadie por supuesto salió a recibirlo. Rodeando la edificación llegó a la puerta caoba de proporciones normales. La llave estaba oculta en la cajilla del contador del agua.

Adentro tuvo la impresión de que nadie había vivido allí: se apiñaban sin sentido práctico cuantos electrodomésticos y enseres podían comprarse para un hogar. Un angosto corredor, al fondo, comunicaba con el Salón Comunal, amplio y vacío; en una plataforma a desnivel había una tribuna, dotada con un micrófono como único aditamento. Los tres portones de entrada estaban asegurados con barras corridas a modo de cerrojos.

Aunque por las instrucciones había imaginado lo que encontraría, lo desconcertó la realidad. Deambuló inquieto por las calles deshabitadas. Los edificios de apartamentos eran bloques de cuatro y cinco pisos, todos con los paredones de color curuba; cada uno tenía una única puerta de acceso y múltiples ventanas con persianas. En la parte céntrica del barrio había almacenes, bares, un supermercado, un teatro, el Juanambú, un polideportivo: desiertos.

Ya se devolvía cuando oyó a su espalda un ruido de ventana oxidada y repentinamente abierta. A media cuadra, en un segundo piso, vio asomada a una muchacha negra; alguien la atrajo y cerró de un golpe. En un arranque, fue y timbró en los apartamentos de ese piso; nadie contestó por el citófono.

—¡Abran! ¡Sé que están ahí! —les gritó, ubicándose bajo la ventana.

Aunque insistió, no abrieron. Pero sí oyó que entre ellos alegaban airados.

 

2

La Junta cumplió con atender sus necesidades. Al anochecer llegó una mujer alta, morena, huidiza, en un volskwagen. A modo de saludo, sólo lo miró al entrar; y pasó directamente a la cocina. Siempre muda, de ahí salió para poner la mesa y servir la cena. Mientras él comía, permaneció en la cocina, haciendo la limpieza. Luego recogió el servicio y lo enjuagó y acomodó en el aparador. Y, por fin, se fue, sin pronunciar palabra.

Volvió a la mañana siguiente, igual de callada. La dejó hacer los oficios sin interrumpirla. Todos los dependientes de la Junta actuaban como ella, porque el mutismo era uno de los deberes.

Al rato llegó una furgoneta. Dos hombres con el distintivo de la Junta en el overol descargaron y llevaron hasta el salón Comunal el proyector, el telón para pantalla, el equipo de sonido, y las películas y casetes que él había solicitado de antemano; instalaron el telón y los aparatos e hicieron conexiones para que la banda sonora y la reproducción magnetofónica pudieran difundirse por los altavoces.

Después de almuerzo, se acostó a hacer la siesta. Y al despertarse le velaba el sueño la mujer del volskwagen, sentada al borde de la cama. Vestía una bata ligera, bajo la cual se revelaba desnuda. Se había bañado y maquillado. Mirándolo con los ojos muy abiertos, se acostó y se le acercó.

—¿Nunca se sustrae a los deberes? —le susurró sin rechazarla.

Se sonrojó pero permaneció a su lado, sin dejarlo de mirar. Tras un instante, comenzó a acariciarlo.

—Callémonos. Nada ganaría usted con que me despidieran —dijo al fin, enfática, porque él seguía expectante.

 

3

Esa misma tarde comenzó a ejecutar lo planeado. Primero difundió por los altavoces la banda sonora de Mujeres cantando en la estación del tren y luego puso música de bailoteo. E invitaba a los residentes a reunirse en el Salón Comunal, a no confinarse en los pequeños límites de cada apartamento.

Nadie acudió.

En la noche (los números estaban marcados con asteriscos en el directorio) se dedicó a llamarlos por teléfono. Siempre le colgaron sin hablarle.

 

4

Se levantó temprano, porque el lunes los inquilinos debían ir a sus quehaceres. Durante un par de horas vio salir de los edificios hombres y mujeres que se dirigían a sus trabajos y muchachos que iban a estudiar. Caminaban con premura hasta los paraderos de los buses; algunos sostenían conversaciones lacónicas mientras esperaban el transporte; y todos se precipitaban a subirse al bus.

Poco a poco las calles fueron vaciándose de nuevo. Y cuando nadie más salió de los edificios y el último de los residentes abordó su bus, el barrio quedó sumido en una quietud apabullante. Entonces no supo qué hacer, vivo, en medio de la parálisis. Y como advirtió que le crecía una gran desolación, tuvo que encerrarse a dormir para enfrentarla.

Antes de mediodía, sin embargo, usando distintivos de una empresa de publicidad, llegaron dos cuadrillas de dependientes de la Junta; se repartieron por las calles, pegando en paredones estratégicos carteles que anunciaban una verbena popular y panfletos que, agitando consignas libertarias, atacaban la dureza de las condiciones impuestas por la Junta.

Los inquilinos al volver (después de mediodía los estudiantes, los demás con la noche) los leyeron en momentáneos grupos sorprendidos. Al disgregarse, los objetaban o fingían desentenderse.

Él les explicó por los altavoces que había mandado a pegar los carteles y panfletos porque no resistía estar solo y le parecía inaceptable el aislamiento de los vecinos impuesto por la Junta. Por eso estaba organizando una verbena. Si ya en otros barrios comenzaban las rondas sampedrinas y se preparaban comparsas para junio, ¿por qué en el Juanambú no se hacía lo mismo? ¿El que la Junta les entregara una vivienda a un canon bajo y les agenciara empleo en las fábricas y establecimientos de comercio justificaba el aislamiento?

 

5

Aunque el barrio permanecía desierto, al andar por las calles percibió que tras las persianas lo miraban. Y notó que se hacían más frecuentes los altercados familiares.

Luego amanecieron inscripciones en cabinas de teléfono y postes de alumbrado. Frases apresuradas, acuciantes. Puedo bailar ahora mismo. Me late el corazón y está caliente. Y al incitar a los inquilinos por teléfono, algunos se quedaban escuchándolo; incluso una mujer lo interrumpió.

—La vida en Juanambú es muy difícil —dijo desasosegada—. Uno termina por endurecerse; pero se desparrama en el momento más inopinado.

Hasta ahora, sin embargo, el reporte que él hiciera se recibiría por la Junta sin preocupación. Nadie parecía dispuesto a pronunciarse abiertamente. Y quizá los más intrépidos se decidieran a actuar en forma clandestina, pero la reacción tardaría en extenderse y la Junta podría neutralizar a tiempo el inconformismo.

Así como estaban las cosas, al mediodía del sábado un taxi que no habría pedido llegaría por él; y el Salón Comunal sería clausurado.

 

6

Para evitar a la mujer del volkswagen, el jueves salió después de almuerzo. Fue al sector comercial. En la vitrina del teatro anunciaban La Medianoche; esa semana habían anunciado y proyectado todos los días una película distinta, aunque nadie asistía.

Se instaló de taquillero para atisbar a los muchachos que volvían de estudiar. Varios se acercaron a las vitrinas de avances. Y se alejaron desconfiados al verlo a él en la taquilla.

Al comenzar el matiné se decidió a retornar. Sintió una mezcla de desaliento y nerviosismo; nuevamente tendría que difundir música por los altavoces, arengar a los inquilinos. Y yendo por la acera vio aparecer por una bocacalle, varias cuadras adelante, un carro negro, que avanzó en su dirección. Ya más cerca se dio cuenta que era una carroza fúnebre, que se metió en reversa por una calleja y, apurándose, la vio estacionarse ante uno de los edificios. Descendieron dos hombres en overol, el overol de los dependientes de la Junta. Descargaron un ataúd y lo llevaron hasta la puerta; no tardaron en abrirles.

Permanecieron adentro unos minutos y, al salir, les ayudaban a cargar el ataúd dos compungidos inquilinos que, cuando lo hubieron puesto en la carroza, retrocedieron hasta la puerta, donde se quedaron amilanados en compañía de otros pesarosos.

En marcha, sin acompañamiento, la carroza avanzó muy lentamente. Los inquilinos de la puerta comenzaron a entrarse y antes de que la carroza doblara en la esquina ya el último había cerrado tras de sí.

En adelante él fue el único espectador visible, lo que lo hizo pensar con horror que constituía todo el cortejo. Y en la reverberación del sol, avanzando por la calle sola, la vista de la carroza lo enfureció; en su lentitud le pareció ostentosa.

 

7

Mientras regresaba pensó desenmascararse, revelar su oficio; pero no tardarían en llegar dependientes a callarlo, ayudados por la policía.

Lo tildarían de desadaptado ¿Y si convencía a los inquilinos pero el convencimiento no tenía más efecto que la mortificación interior?

En todo caso, maquinalmente, por los altavoces, describió con pormenores el Juanambú.

—Esto es lo que se ve —dijo intranquilo, al terminar—: Sólo cosas.

Se sentía cansado ¿Cómo sobrellevaban esa realidad los inquilinos día a día durante años? ¡Eran increíblemente fuertes! ¿Y la sobrellevaban por asegurarse un empleo y la vivienda?

Lo confundió la idea de que ellos, o en su mayoría, tuvieran expectativas conciliables con las de la Junta. Ni aún ahora aparecía nadie. Y bien sabían que el incumplir las obligaciones del contrato les haría perderlo.

Salió a mirar el barrio recién enfundado en la noche y todo era quietud a la luz de los bombillos.

Abandonó el salón, decidido a irse, impregnado de una sensación de indefensión. Y mientras recogía el equipaje temió que lo vivido esa semana pudiera mantenerse indeleble en él.

Afuera, a la espera del taxi que había solicitado, tuvo la certidumbre de que el estilo de vida de los inquilinos los desposeía del olvido de sí mismos; solos, la existencia personal se les debía revelar en todo instante.

Sintió afán, mayor al ver aparecer el taxi. Pero antes de bajarse a abrirle el baúl, el chofer lo inspeccionó con desconfianza. Al fin pareció decidirse y se bajó y acomodó en silencio las maletas.

—¿Es usted de por aquí? —le preguntó de golpe, antes de partir, mirándolo por el retrovisor.

—No —se limitó él a responder—. Lléveme a Campo Nuñez.

Se puso en marcha el taxi y el chofer aceleró, mirándolo de soslayo por el retrovisor. Él permaneció tenso en el asiento; lo sobresaltaba ver las casas perfiladas sin personas a la luz de los bombillos.

 

 

 

 

¿Nunca veré a Eglé?
Frente al Pargo Rojo el adolescente vio una sábana blanca cubriendo un cuerpo tirado en la acera; sobresalían los zapatos de suela de goma.
Una noche de lluvia lo desmoronó como a una casa de tierra.

 


La Prohibición

En 1978, en aplicación del Estatuto de Seguridad y mientras subsistiera la perturbación del orden público, el gobierno prohibió la música.

El niño se asombraba al descolgar el auricular del teléfono. Y él siguió viviendo en la ciudad, aunque en Rodizios un hombre había acribillado a varios clientes desprevenidos.


Legajo de Impresiones
: "Ni él siquiera (para el niño y el adolescente debió ser impensable) imaginó nunca que quedaría encerrado y solo en mí". Y había esplendidez, árboles como parasoles verde mate, mesitas rodeadas de sillas a la vera de la calle en las que uno se sentaba a conversar y a tomar cerveza fría. A J. Pérez lo halló en un intervalo de lucidez, cohibido por una mezcla de miedo y vergüenza de no poderse mantener voluntariamente en la realidad. No era insólito que lo arrebatara la dicha, que lo arrebatara la seguridad; o que la ansiedad de diversión lo acorralara.

—¿Qué ves a diario al despertarte? Cuéntame —dijo L., inquieta.


Legajo de Impresiones
: "Yo: una bolsa atiborrándose desde el primer día". Dudó si era una suplantación (no veía a G. hacía cuatro años), mientras almorzaban ella hablaba de su éxito profesional, de saber venderse a uno mismo ¡El mar! En Cartagena el adolescente lo oyó en la mañana; lo oyó a medio día y en la noche; y su desconocido y admirable movimiento musical no terminaba.

Y ni la respiración de fuelle de la ciudad se detenía.

 


La Noche de los Cerdos

Se oyeron gruñidos como ruido de bisagras sin aceitar.

—¡Son cientos de cerdos! —gritó corriendo un muchacho.

Ocuparon la calle a lo largo de tres cuadras. Cerdos flacos, largos, de pelo reseco y negro. Respiraban acompañándose de ronquidos. Y el movimiento de la masa era constante y desacompasado.

Unos se asomaron por los ventanales bajos. No a mirar; parecía gustarles el contacto con el vidrio; resbalaban el hocico por el vidrio, lentamente, como si alguien se los acariciara.

Temerosos de lo que pudiera suceder cuando oscureciera, los vecinos deliberaron por teléfono.

Pensaron que las detonaciones los espantarían.

Pero la bárbara matanza se prolongó toda la noche.

Una tristeza líquida, un sedimento de melancolía seguía a cada fiesta.

—En los dos últimos meses he bailado más que en varios años —dijo L.— ¡Ah!, ¿oyen esa música?


Legajo de Impresiones
: "Fui uno; pero soy muchos que se alejan". El estudiante había visto el Palacio de Justicia incendiado; por la puerta entraban las tanquetas del ejército. Carta de L.: "Tú sabes que para dos que recién se conocen es fácil comunicarse; ¿pero luego?". Vio a J. Pérez en la calle; por el efecto de los fármacos, parecía que acababa de aprender a caminar; y sonreía en silencio, estúpidamente. Carta de L.: "Dime, ¿no es inaceptable que una relación se prolongue sin sexo más de un mes?".

—Sí —dijo—, discúlpame, son las tres de la mañana. Pero llego de caminar muchas calles solo.


Legajo de Impresiones
: "Todo va quedando como objetos regados". Un domingo, al despertarse el adolescente con resaca y con el grato sopor que había sustituido al cansancio del baile, al recordar a Eglé prefirió arroparse.

 

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Cuarta entrega del libro en el próximo número.

 

 

   
             
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