P O R T A D A                    
      Heider Rojas Quesada   punto de encuentro
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Ladrones
de carteles
Relato del libro
El testimonio de Norma Cleves
y otros recuerdos de Edgar Acebedo

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¿Vendría a robar a un desconocido? Vigilaba por la ventanilla enrejada: el pasillo solo, vacías las vitrinas de avances, cerrada la taquilla y, en la calle, policías nerviosos.

Un viernes al amanecer habían forzado las cerraduras de las vitrinas de avances del Pigoanza para robarse los carteles. La noche del lunes siguiente habían roto las vitrinas en el Bolívar y se habían llevado los carteles y apuñalado al celador. Esa semana habían asaltado los teatros del sur de la ciudad, para robarse los carteles. Y luego habían asaltado los del norte, cada vez en forma más violenta e incontrolable.

El gerente ordenó bajar los carteles de las vitrinas y guardarlos bajo llave en la oficina de administración. Y ahí permanecía él a la espera del fin del sobresalto: cuando regresaran las largas filas de desocupados ante la taquilla, las toses, las palabras truncas de los felices en la sala a oscuras. Cuando pudiera verse sin contratiempos con Rosana.

La policía detuvo a un joven en el fallido asalto al teatro Méjico. Apareció en los noticieros de televisión: flaco, patizambo, de mirada esquiva.

—¿Por qué come usted todos los días? —le respondió a un periodista que le había preguntado por qué robaba carteles.

Dos días después el teatro Méjico fue asaltado con fiereza: vitrinas, puertas, la silletería, la pantalla, sucumbieron a la saña de cuchillos y barretas; al administrador lo colgaron del horizontal de la pantalla.

Para entonces su trato con Rosana lo desalentaba. Prometía ir al teatro a acompañarlo y no iba. Casi nunca estaba en el apartamento; y contestaba como desconcertada, o como si algo la hubiera hecho enfadar momentos antes de que el teléfono timbrara. Pero la volubilidad de su carácter ya no lo sorprendía.

La noche que la había conocido, en la premiére de La Risa, lo había acompañado a caminar por la ciudad durante horas, hablándole en un tono apasionado e íntimo, de amiga de años; y de repente se había ido en un taxi, sin dejarle dirección o número de teléfono dónde encontrarla. Semanas después había vuelto al teatro y, como si sólo hubiera estado ausente un momento, por lo cual ni se había despedido ni había lugar a un saludo de reencuentro, le siguió hablando con el mismo apego íntimo.

Sus apariciones y huidas repentinas se habían vuelto habituales. Y al entrar él por primera vez a su apartamento se había quedado mirándolo fija y seriamente.

—Has avanzado mucho en mí —le había dicho—. No pienso detenerte. Pero jamás vayas a creer que estamos acoplados.

Y ahora aparecía el informe en el telenoticiero: la policía había allanado el apartamento. Debió enterarse, porque no la encontraron, ni a ningún ladrón; pero sí, en cambio, a los carteles. Cientos de carteles, de los más diversos filmes, amontonados por ahí; uno del bello Luís Perea ocupaba el lugar de una fotografía de ella en la sala.

Habían transcurrido tantas horas desde entonces. Pegaba la cara a la ventanilla; a la vez temía y deseaba verla aparecer ¿Vendría a robar a un desconocido?

Nunca había hablado de carteles. En su conversación no se translucían intenciones; era una conversación que siempre quería abarcar todo lo exterior. Y si se lo hubiera dicho, él habría retenido los carteles, pagando la sanción a las distribuidoras, y uno a uno se los hubiera entregado.

Afuera la inmovilidad sólo se alteraba con la noche, al reforzarse la custodia policial.

Cuando oyó los gritos de ¡incendiaron la Cinemateca, incendiaron la Cinemateca! quiso huir con los carteles y entregárselos; pagar un precio y robar carteles a su lado, sin saber por qué, ni para qué.

Siguió el tiroteo. Y supo con horror que, muerta, la vería completamente ajena.

 

 

 

 

Eglé aparecía los domingos en los fogones encendidos de la estufa eléctrica. Los niños hacían el café y se lo llevaban a los padres a la cama para que no se levantaran. Eglé desaparecía si un extraño entraba a la cocina; se difuminaba, su fuego replegado enrojecía los aros.

Era menuda, de una cuarta de alta, y roja. Toda roja. La blusa la arropaba del cuello a los tobillos y sus pies eran poco más grandes que una uña; el cabello lacio, púrpura, le llegaba a la cintura. Y sus ojos de rubí les enseñaban la alegría.

Y para hablar, cantaba. Corría alegre por los aros rojos, o bailaba a saltos, girando sobre sí; y cantaba. Cantando les distribuía sueños para toda la semana.

 

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