P O R T A D A                 Puerta    
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Correspondencia privada
Relato del libro
El testimonio de Norma Cleves
y otros recuerdos de Edgar Acebedo

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Hará tres semanas, en el noticiero del mediodía de Radio Morón, se leyó el decreto del color de las puertas. Según el alcalde, todas las edificaciones con fachadas a las avenidas o a las circunvalares debían tener pintadas de verde las puertas de la calle y de blanco las interiores; en las demás edificaciones, todas las puertas se pintarían de blanco. Como vivimos en la Circunvalar Vieja, nos correspondía pintar de blanco y verde.

Días después, a eso de las tres de la tarde, habiendo ya pintado las interiores, nos disponíamos a continuar con la puerta de la calle cuando llegaron los visitadores. Parquearon y uno, un orejón calvo de abundantes cejas blanqueadas, se asomó por la ventanilla.

—Manos a la obra, muchachos, el plazo acaba a las seis —nos dijo, amistoso.

Y añadió:

—Denle varias pasadas, que el verde sea verdeoscuro.

Aura no se contuvo.

—¿Por qué verde? —les dijo, sin acercárseles—. Miren la circunvalar: se ve horrible, más horrible en cuanto más fuerte es el verde.

El orejón de cejas blanqueadas le hizo un guiño al otro, al chofer.

—No es cuestión de belleza —explicó risueño—. Se las pinta de verde para que sean puertas de esperanza.

Como nosotros nos miramos en silencio, agregó:

—Entre más fuerte sea el verde es más probable que haya esperanza. Y el blanco de adentro relucirá.

Se fueron. Los vimos parar frente a otras casas.

A quienes no cumplieron el decreto en el plazo fijado, se le impuso multa de un salario mensual. A quienes no pagaron la multa en tres días, se les convirtió en arresto, a razón de un día por cada mil pesos. Y, sin distingos, a todos los infractores se les pintó de rojo las puertas de la calle y de violeta las interiores.

Uno se acostumbra a cumplir. Pero hacerlo es cada día más difícil. Hoy, en el noticiero de la noche, se leyó un nuevo decreto, el de las puertas cerradas y abiertas. A partir de mañana las puertas han de permanecer cerradas las doce primeras horas del día y abiertas las doce horas restantes.

 

 

 

 

Deambular en bicicleta. Sólo o con decenas, con cientos de ciclistas. Enseñoreados de las calles. O por trochas y carreteras destapadas. Deteniéndose a la vera de las sementeras, metiéndose a los frutales a robar.
Introducirse por el auricular del teléfono. Ir por los hilos a otras casas. Oír conversaciones de desconocidos.
Andar por la ciudad en zancos altísimos durante las fiestas de San Pedro.
Atrapar conejos blancos y ardillas pardas en el Parque Vol.
Nadar un mar que él recién veía. Oírlo como si se tratara de una orquesta.
Montar en una rueda volante que giraba sobre sí en el aire desplazándose sobre la ciudad.
Elevar una cometa. Al soltar todo el ovillo de cordel, tener que anudarle otro. Y sucesivamente otros. Ver el cordel que subía oblicuo, pero no la cometa que tiraba irreprimible.
Caminar por un fresal cogiendo las mejores fresas. Al avanzar, siempre habría más grandes y fragantes.
Hectáreas de flores blancas, de la altura de hombres. Embriagado, disputar los aljibes de néctar con las abejas y los colibríes que zumbaban como helicópteros.

Eglé lo sugería cantando.

 

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