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¿Tarta?    
      Manuel Garrido Palacios   punto de encuentro
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Un día dirá la leyenda —porque esto es lo que se leerá mañana como algo que posiblemente ocurrió—, que dentro de la especie humana existía un grupo cuyos ojos no veían tierra, ni aire ni agua allí donde la había en abundancia, sino una gran tarta, una sabrosa tarta para repartir con poca gente o, en último caso, si las cosas se ponían feas, con nadie: sólo con los más afines. Era una tarta cocinada con los elementos comunes citados que la Naturaleza había puesto para el desarrollo de la vida de todos: tierra, aire y agua, en este caso, fundidos en el fuego de la ambición.

A la tarta imaginaria, nunca expuesta en la transparencia de los escaparates públicos, sino más bien escondida, disimulada en las trastiendas de la estrategia, la bautizaron con el bonito nombre de «Futuro», y hasta le pusieron una coraza por encima para que el agua del hisopillo que se usó el día de su estreno no la mojara.

Dirá también la leyenda que de vez en cuando se producían reuniones secretas en las que se intentaba dilucidar la manera de repartir el manjar único y que, aunque nunca se conseguía llegar a acuerdos de apaga y cierra, la verdad es que paíto—paíto, sin escandalizar en exceso, sin levantar las manos, se iban clavando los pilares sobre los que descansaría la tarta para el reparto final. En los ensayos, a veces el cuchillo se variaba a la izquierda y esa parte obtenía un grueso del merengue; otras se torcía hacia la derecha y las guindas caían de semejante lado. En pocas ocasiones se mantenía en el centro, pero era suficiente para que, con una pequeña porción y lo que le arrimaran el lado derecho o el izquierdo, según conveniencias, probaran el sabor. A este sector vinieron en llamarle «bisagra». También pululaban por estas reuniones quienes no tocaban ni el mango del cuchillo repartidor y se limitaban a andar alrededor por aquello de recoger las migajas que suelen desprenderse en todo corte.

Los dos grupos principales que se intercambiaban el cuchillo hacían guiños constantes a estos otros minoritarios para que se inclinaran de su lado, pero como la ambición es ciega, y gratis —como el miedo—, los grupos pequeños se mantenían a la espera por si del gran corte que se produciría cayera, no una migaja, sino un gran trozo que ellos pudieran agarrar en el aire por medio de mil malabarismos.

Sin embargo, no todos sabían cómo era la tarta, o sea, si necesitaba más azúcar, o harina, o miel; tampoco les importaba si al exprimir al límite los ingredientes de agua, aire y tierra comunes se estrechaba la calidad de vida de los demás. La filosofía la marcaba la presencia de un elemento que podía con todos los anteriores: el dinero. Bastaba con hacerlo sonar para que el coro cantara el himno glorificador de costumbre, amén incluido.

 

La leyenda contará ese día que unos y otros, tras sesudas reuniones para repartir puros porcentajes y eternas plusvalías, plantaron a medias una hamburguesería en pleno Paraíso, local al que los propios arcángeles bajaban en sus horas libres de servicio a probar el alimento del futuro. El futuro que está a la vuelta de la esquina.

   
             
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