P O R T A D A     TEXTURAS > I
publicados: III
III
Rata    
      Manuel Garrido Palacios   punto de encuentro
  27 tierra - prosa     Historia del humo   índice de autores
             
         

 

 

Me cuentan lo del Lebrero, un hombre con su mote puesto sin que nadie sepa el por qué del mote porque nada tenía que ver con los lebreles. Pero los humanos somos así de perfectos para motejar al prójimo. Los mismos insisten en contarme que el Lebrero vivía solo desde que se quedó solo, que sólo tomaba un vaso de leche al día, que no cocinaba, ni se lavaba, ni se peinaba, que cada noche salía a buscar por las basuras del contorno cartones, cajas, bolsas, sabe Dios, y que la casa estaba llena de tiestos que apestaban.

Me lo cuentan de golpe, a borbotones, como si yo tuviera que saberlo por fuerza. Y todo porque una vez escribí una carta al periódico diciendo que en un sitio había ratas y los responsables me echaron cuenta y las mataron con veneno. Pero hay que decir que antes, unos voluntarios pusieron en práctica otro método. Como no tenían raticidas, colocaron un cajón con desperdicios medio tapado con una tabla de la que partía un cordel que iba al escondite de los cazadores. Cada vez que el cajón se llenaba de ratas, tiraban de la cuerda, la tapa se cerraba y las ratas quedaban presas, pero vivas. Después se llevaba el cajón a un cercado sin salidas donde más voluntarios las esperaban armados de estacas. Con una patada a la tapa las ratas saltaban y se iniciaba una guerra sin treguas. El invento se popularizó en el barrio y las ratas fueron desapareciendo. Hasta que vinieron otra vez, porque son insistentes, y los vecinos tuvieron que alternar el ciclo del veneno con lo de la caja de desperdicios, la cuerda y esas cosas.

Desde entonces me lo quieren contar todo para que mande cartas al periódico. Y como el periódico ya me publicó aquélla hace años les digo que no es cosa de abusar. Aparte de esta razón de peso, lo del Lebrero no es para una carta. Según las voces, con los cartones quería asegurarse calor, ahora que le pillaba el invierno, como cualquiera. En una casa sola, fría, húmeda y con un inquilino sin recursos, puede pasar de todo. El hombre se pasaba la noche husmeando por las basuras, apilando deshechos. Dicen los cronistas del barrio que no se podía entrar en la casa del poco espacio que había y del insufrible olor. Nadie puso remedio. Querían, simplemente, echarlo. No ahorrarle molestias, ni proporcionarle un sitio de retiro como alternativa, sino echarlo.

Hace unas noches tenía dinero fresco que le dio alguien y con las mismas encendió un fueguito y fue a comprar leche. Cuando volvió y abrió la puerta una llamarada lo sorprendió. Intentó apagarla con sus manos y se hundió en aquel mar de cartón y plástico ardiendo, en aquel hedor. Los bomberos entraron en la casa, sacaron toneladas de basura y hay quien cuenta que un entendido en desgracias, ajeno al por qué del Lebrero, llegó a advertir: «cuando lo encontremos no le quedarán ganas de guardar porquerías».

Dicen los que lo dicen que sonó un estrépito, un golpe de desplome que levantó un polverío inmenso. Ya carbonizado, como parte integrante de aquel todo, apareció su cuerpo. Ya digo, me lo cuentan todo a golpe de palabra, al trompicón. Hoy he pasado por allí. Aún huele a humo.

   
             
          Manuel Garrido Palacios Datos sobre el autor   foro de opinión
  PORTADA                       tierra - prosa   inicio de la página