el otro
      mensual
EOM 

 

 

 

Fotografía de Fabio Borquez matices

Hay palabras que desaparecen porque desaparece el objeto al que se referían, otras mueren porque se impone una nueva moda "más moderna", otras, porque se pierde la capacidad de captar matices. En este último caso, ¿es un problema de educación? Tal vez sí, aunque yo creo que este ámbito se queda corto, me parece más bien que es una cuestión social, no sólo educativa, sino que responde a un cambio de costumbres y de valores. Vivimos en un mundo en el que la ingente cantidad de información nos desborda y, con gran ingenuidad, pretendemos abarcarla toda. Quien mucho abarca poco aprieta, así sucede que —en definitiva— acabemos no apretando nada.

Algunas veces me acuerdo de mis abuelos, ellos no tuvieron acceso a una enseñanza secundaria, como mucho alcanzaron los mínimos de una primaria escasa en un mundo rural, pero conocían su mundo. Sabían el nombre de los árboles, el de los animales, el de los utensilios. Trepar hasta alcanzar las ramas de un árbol decía poco, un árbol podía ser un manzano, un ciruelo, un moral, un abedul, un chopo, un pino, un... ahora son simplemente 'un árbol' para muchos muchachos de ciudad. El día se iniciaba con el canto del gallo y, al atardecer, había momentos para conversar, para contar antiguas historias de tradición oral, para leer y compartir la lectura. El conocimiento de su entorno, la lectura de pocos libros muchas veces releídos, las sencillas matemáticas que permitían hacer aquellas cuentas básicas cuya cima estaba en la raíz cuadrada, la correspondencia con los familiares lejanos, la lentitud del tiempo, les ayudaba a pensar y a vivir —tal vez de forma austera— pero con armonía.

Ahora vivimos en un mundo veloz de imágenes voraces. Cómo se puede aceptar la propia pobreza si, careciendo de cosas esenciales, disponemos de una antena parabólica y vemos cómo vive otra gente. El entorno ha sido golpeado en demasiados lugares y en la rutina cotidiana de la mayoría parece carecer de importancia, vamos construyendo islotes aislados, pero el conjunto es menos habitable. Hay más acceso a la educación, pero los temarios son tan densos que los temas se tocan superficialmente y la memoria es más frágil porque se ha reducido excesivamente la oralidad. ¿Quién cuenta un cuento de memoria?, ¿quién se detiene a leerlo en voz alta? La televisión nos atrapa, la imagen nos desborda, el tiempo es breve porque sobran las cosas con que llenarlo. Cuando se pasea por un mercadillo de pueblo, los olores lo invaden todo y hay mil matices en cada aroma. En el supermercado huele a productos de limpieza, plásticos y embalajes, huele bien o huele mal. No escribimos cartas, tal vez enviamos fotografías, una imagen vale más que mil palabras ¿es cierto?, nos han dicho que sí, ya todos conocemos esta frase.

Mi abuelo decía: "todo es bueno con medida". Tantas horas de ordenador, tantas de televisión, tantas de juegos electrónicos, son menos de conversación, menos de lectura, muchas menos de escritura. Eso es ausencia de lenguaje, ausencia de comunicación oral y escrita. ¿Podemos pretender entonces que nuestra memoria conserve el nombre de lo que tenemos delante pero no vemos porque no lo miramos? Nos acaba pareciendo que oír y escuchar son la misma cosa, porque escuchamos pocas veces y oímos demasiado, mejor pensar que ambas cosas son la misma, así no hay problemas de conciencia.

Si esta cultura visual que nos brinda anestesia vital es percibida, entonces, no todo está perdido. Cuando el niño señala el objeto que desea, le decimos el nombre del objeto. Como la imagen nos ha hecho a todos un poco más niños (aunque con una carencia importante respecto a ellos: la imaginación) y cada vez señalamos más con el dedo, será cuestión de repetir el nombre de las cosas, de buscarlo en el cajón de la memoria o en el arcón del diccionario. Si olvidamos el nombre de las cosas, si reducimos los matices que percibimos de la realidad, no podremos contrastar nuestra percepción, nos perderemos.

Los párrafos anteriores fueron escritos hace bastante tiempo a raíz de unas reflexiones sobre el riesgo de pérdida de la diferencia entre oír y escuchar o entre ver y mirar. Ahora, después de preparar los muchos contenidos que forman este núevo ejemplar de EOM, con el cansancio (también la satisfacción) a cuestas y con la necesidad de improvisar —como siempre— unas líneas para el editorial, pienso que aquí se vuelve a ofrecer una rica y diversa gama de matices, y que vale la pena seguir en el empeño. Frente al pensamiento único, contra el riesgo de que se nos pierdan los muchos conceptos que se esconden tras una serie de términos abandonados o convertidos en tópico por la televisión basura, por los gobiernos basura y por su terrorismo de estadísticas y de Estado —a través de discursos vacíos, de olvidos, de intereses y de guerras—, os invito a una lectura atenta de cuanto ofrece este número 26, denso, diverso y comprometido.

Un abrazo,

 

Francisco Javier Cubero






editorial

índice general
breviario y foro
normas
próximo número
suscripción

26

noviembre 2003
Agua - entrada Aire - entrada
Tierra - entrada Fuego - entrada
Espacios de autor
eldígoras
página de lengua y literatura