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Antonio
Tello
 
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Personal e intransferible

Publicado en el diario Puntal de Río Cuarto

 

    Hace pocas noches conocí otra estación de la distancia. Como cada noche, desde hace casi veinte años, recorría esa interminable vereda que atraviesa el sueño y me llevaba al país, a la ciudad, al alma de los seres queridos y me reencontraba con todo y con todos.

    Es un ejercicio contra la celulitis de la melancolía, que hace que el tiempo y la medida queden sujetos a las reglas de la memoria. Quiero decir que en el territorio al que regresaba todo era fácil y perfecto. No había voces desconocidas ni disonantes. No las había hasta hace unas pocas noches, cuando un relámpago o acaso un grito rasgó las telas del sueño y me dejó indefenso. Solo. El relámpago, el grito, la voz había surgido desde la inalcanzable ciudad y atravesado vía satélite los cielos, los mares, el día y la noche, para dejarme en el preciso andén del dolor.

    Al cabo sé que mi padre ha muerto y que ya no lo sueño, porque el sueño fue interrumpido. Ahora lo recuerdo. Lo evoco dueño de una ternura seca y de un humor secreto, orgulloso de sus manos y de su esfuerzo, pero sobre todo de su familia y de sus amigos. Sé que no era un hombre dúctil, pero sí que era cabal. Y si no, que se lo pregunten a sus compañeros del Sindicato de Obreros y Empleados Municipales (Félix Álvarez, Felipelli, Salinas) y a tantos otros que lo conocieron.

    Mi padre, don Tello, como lo solían llamar al igual que al fundador de Guernica, tuvo una vida marcada por un inquebrantable afán de superación al que no fue ajeno mi madre, doña Pabla, que le permitió encarar no pocas y azarosas empresas. Desde Las Toscas (Córdoba) natal emigró a Mendoza y Buenos Aires, pasó a Villa Dolores (Córdoba) convertido en pequeño industrial y después a Piedra Blanca (San Luis), a las minas de tungsteno del Cerro Áspero y finalmente a Río Cuarto, siempre con su vasta prole a cuestas. Dedicó horas al comercio, a la agricultura, a la ganadería y a levantar las paredes de varias de las casas que habitó.

    También cultivó algunos defectos menores, pero ahora creo que lo hizo para demostrarnos que todos los hombres somos falibles. Mi padre ha muerto y ahora lo recuerdo. Y al hacerlo comprendo que ha entrado para siempre en mi memoria y que allí se quedará inmutable al paso del tiempo y a mis actos. Mi padre ha muerto y espero soñarlo, para romper esa otra distancia hecha de definitiva ausencia. Una ausencia que me pesará, concreta y evidente, cuando regrese a Río Cuarto. Pero mientras ese día llega estoy solo en una estación desconocida y me pregunto qué hacer con este dolor tan personal e intransferible.


Humberto Tello, murió el 16 de junio de 1993.

 

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