Carta
abierta a mis amigos
Queridos
y entrañables amigos:
Quiero
que sepan que no me voy ni asustado ni enojado. Simplemente dolorido
por el silencio cómplice que impone el terror de quienes
no aman al Pueblo.
Me
voy de mi Patria con la tristeza de saber que la ciudad en la
que viví tantos años, que me hizo suyo, en la que
encontré el amor y mis hijos, con la que compartimos tantas
cosas, ahogó su voz en el miedo. Calló dejando que
arrancaran a sus hijos acusados de pensar, de creer en la felicidad
futura de TODOS.
Ustedes
bien saben, porque son mis amigos, que nunca creí que la
amistad fuera retórica de las «relaciones sociales»,
sino la hermandad de la sangre, de una sangre que no deber ser
aguada con la futilidad del miedo. Porque si así sucede
estarán de más las expresiones, las palabras, las
declaraciones y los manifiestos, pues ellos, los enemigos, habrán
logrado su objetivo: separarnos y hacerse más fuertes en
la impunidad que les da el poder que hoy detentan, usufructuando
el derecho del Pueblo.
Nunca
callé lo que pensaba. Nunca oculté mis convicciones.
Ahí están mis escritos, mi obra, para atestiguarlo;
ahí están ustedes para desmentirme si así
no ha sido. Y lo hice porque consideré que era un deber
ineludible, como trabajador y como padre, señalar quienes
son nuestros verdaderos enemigos. No soy un idealista,
ni un ideólogo, ni un teórico. Soy simplemente un
hombre que ha asumido un compromiso histórico por la felicidad
de su Pueblo; un hombre que no quiere que sus hijos, que son parte
de ese Pueblo, sufran la opresión que hoy padecemos los
argentinos.
Hoy,
mis queridos amigos, los bárbaros tiemblan porque el Pueblo
se sacude bajo sus pies y quieren detener su avance apelando a
la corrupción y al terror, a la mentira y a la impunidad.
Por eso les pido, con todo el respeto que merecen como amigos,
que no se dejen avasallar la dignidad de hombres de bien, que
no crean en sus falacias, llámense como se llamen, aun
aquéllas encubiertas en la máscara del pacifismo.
Porque tal pacifismo no existe ni puede existir hasta que sea
el Pueblo quien ostente el poder. Porque ellos, los enemigos,
tienen el monopolio de la violencia. Y es violencia las muertes
diarias y la explotación; el cierre de las escuelas y las
universidades, y el hambre; los salarios bajos y la carestía
de la vida; la tortura sistemática y la traición.
Y también es violencia callar, adormecerse en la inmoralidad
del silencio.
A
Vds. les confieso mi llanto al pie de la distancia; a Vds., que
sabrán comprender cuánto los quiero y cuánto
es mi dolor por tener que dejarlos, por dejar a mis padres y a
mis hermanos, por dejar a mi Patria y a mi ciudad. A Vds., que
entenderán que mis lágrimas no son de susto ni de
rabia, sino de tristeza por tener que alejarme de todos los que
vencieron el miedo, que supieron ser hermanos con la sangre solidaria.
A Vds., que serán siempre mi Patria y mi ciudad.
Hasta
pronto,
Antonio
Buenos
Aires, diciembre de 1975
Nota:
esta carta fue escrita horas de partir de
Argentina, sin saber, hasta unos minutos antes de tomar el avión
en el aeropuerto de Eceiza, cuál era el destino del vuelo;
la carta se traspapeló durante un tiempo y nunca pude enviarla
a sus destinatarios. Aquel día, 21 de diciembre, aviones
de combate sobrevolaban la Casa Rosada.
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