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  32 fuego - miscelánea    

El lagarto

(pieza en un acto)

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Personajes

Maribel Briones, mujer de Eustaquio
Eustaquio Alcívar, escritor
Jacinto Mendoza, medio hermano de Eustaquio

Vendedor
Hombre
Mujer
El lagarto

Prólogo


Antes de abrirse el telón, entran Eustaquio, Maribel y el Vendedor.

Aunque todos ellos son costeños, Eustaquio y Maribel se han vestido como los típicos serranos que van de vacaciones a la playa: sombreros de paja, gafas, pantaloncitos cortos y chancletas.

El Vendedor es un montubio vivaz, de movimientos ágiles y voz zalamera.

 

Eustaquio.— ¡Muévete Maribel, te estás rezagando!

Maribel.— No pensé que era tan lejos.

Vendedor.— Ya mismo llegamos patrona. Aguante. Cinco minutos más y aparecerá el estero, en todo su magnífico esplendor. A las cinco de la tarde, el sol arranca pececitos de oro a las tranquilas aguas.

Maribel.— ¡Mira Eustaquio, qué lagarto más lindo! ¿No es tierno? (Se inclina hasta el suelo con la intención de atrapar uno de los pequeños lagartos).

Eustaquio.— ¡Maribel, deja eso!

Vendedor.— ¡Cuidado lo vaya a agarrar! Esos lagartos son como perritos sin dueño. Después le andan siguiendo a uno por todas partes.


Maribel se levanta como un resorte.

 

Eustaquio.— ¿Nunca construyeron el puente?

Vendedor.— No lo llegaron a construir. Dicen que Don Baudilio Mata, había contratado un ingeniero de Guayaquil para que tendiera ese puente… pero ustedes ya ven… se acabó todo…

Eustaquio.— ¿Baudilio Mata, el de las piladoras de arroz?

Vendedor.— Correcto.

Eustaquio.— ¿Y cómo mismo ocurrió la cosa?

Vendedor.— Don Baudilio se había encaprichado hasta las cachas con una gringa que llegó de no sé donde. Entonces la trajo acá, para que su mujer ni se entere. La cuidaba, la atendía, la mimaba como a una reina. Todos los caprichos le cumplía, pero ya ve usted… cuando entra la comezón… todo el mundo se rasca. (Pausa). Llegó hasta acá el ingeniero de Guayaquil: un mocito de apenas veinte y cinco a veinte y seis años de edad… Se enamoraron. Algunos negros de esos que se dedican a atrapar cangrejos dijeron que fue la gringa la culpable de todo. Desnudita se lanzaba por las noches a nadar en el mar… Cuando don Baudilio se enteró de la cosa los coció a machetazo limpio…

Eustaquio.— El típico crimen pasional…

Maribel.— ¿Nadaba en el mar? ¿Por la noche? ¿Desnuda? ¡Qué locura! ¡Yo jamás me metería al mar en la noche! ¡Peor desnuda!

Eustaquio.— ¿Y los cuerpos?

Vendedor.— Los pedaceó y les lanzó a los lagartos. Cuando lleguemos al estero le muestro el sitio. Allí si que hierven esos animales…

Maribel.— Y… dígame. La casa… ¿Es realmente cómoda?

Vendedor.— Los Mata siempre han sido de plata. Les gusta vivir bien. También la gringa tenía sus caprichos… Imagínese que hicieron instalar una planta portátil de electricidad. Allí va a encontrar de todo: refrigeradora, radio, televisión y hasta un computador. No es por venderles la propiedad… pero a decir verdad… la finca es una maravilla. Tiene: café, mango, tamarindo, ciruelos, cacao, caña… y hasta pechiche. Justamente en una canoa de pechiche atravesaremos el estero.

Maribel.— ¿En canoa? Usted no nos dijo nada de eso…

Vendedor.— Vamos. Sigan por acá. No se metan por la maleza. Caminen por el senderito… a veces hay culebra…


Salen el Vendedor, Eustaquio y Maribel. Se levanta el telón.

 


Acto Único


El escenario:


Una casita o villa de un piso, frente a la playa.

El escenario está dividido en dos partes, por medio de una pared, tabique o parapeto.

A la izquierda, el interior de la villa, queda visible el dormitorio: una amplia cama; dos veladores con sus lámparas, uno a cada lado del lecho; una mesita con un computador; un banco o una silla; una puerta al fondo, que comunica con el resto de la casafinca; otra puerta, abierta en la pared izquierda, que permite ingresar al baño; un balcón, con ventanales de vidrio y, un montón de libros desperdigados por toda la habitación.

A la derecha, el exterior de la villa. Al fondo, la entrada principal, con el nombre "Maribel", pintado sobre la puerta. La escultura de un lagarto de piedra adorna la entrada. Se completará el cuadro con dos faroles; una hamaca y sobre ésta, una manta; una banqueta de jardín; y, unas cuantas palmeras cerca del mar.


Inicio de la escena:

Al abrirse el telón solamente estará iluminado el lado derecho del escenario, es decir, el exterior de la villa. Los faroles iluminarán con su luz mortecina. Sentado sobre la banqueta, Eustaquio lee el periódico. Maribel nada en el mar. Se escucha el chapoteo del agua y sus risas

 

Voz de Maribel.— (Coqueta, provocativa). ¡Eustaquio! ¡Eustaquio! ¡Anímate, querido! ¡El agua está deliciosa! ¡El mar está en calma! ¡Tranquilo y sereno, como una mujer después de una violenta batalla!

Eustaquio.— (Grita, en dirección hacia la playa). ¡Gracias, querida! Talvez mañana… O alguna de estas noches… (Aparte, para si mismo) ¡Coqueta! "¡Anímate, querido!". ¡Qué bien finge! (Se levanta. Va hacia la hamaca. Toma la manta y cubre el lagarto de piedra) ¡Maldición! ¿Tengo que soportar también la risa cínica de esta cosa? ¡Algún rato de estos agarro un mazo y la hago pedazos! ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? ¡Claro! ¿Quién puede crear o por lo menos concentrarse con todo lo que está pasando? Debo parar esto… Un año estéril, improductivo. Un año perdido. No he escrito una letra, una miserable letra. La novela… inconclusa. Los cuentos, abandonados. El teatro… ni se diga. Nada de nada… Y yo, aquí, día y noche en esta miserable finca… Hoy mismo les diré que se larguen, que lo sé todo. "No les mato —les diré— porque no soy un asesino". ¡Oh, Dios! ¿Qué debo hacer? Es como si el mar me hubiera devorado hasta la raíz la creatividad, la imaginación, el empuje, la determinación… Se ha podrido hasta la médula de mi antigua fantasía…


Se abre la puerta principal de la villa y Jacinto ingresa a escena. Lleva una toalla de playa y la agita como si fuera una bandera.

 

Eustaquio.— ¿A dónde va usted, Jacinto?

Jacinto.— Debo pasarle la toalla. Ya deben ser las nueve de la noche.

Eustaquio.— Aún no ha sonado la campana de la iglesia. (Pausa). ¿Alguna novedad, Jacinto?

Jacinto.— Lo de siempre… También hoy vinieron los lagartos. Ella los ha mal acostumbrado. A los más chicos hasta les da de comer en la boca… En realidad, no sé para qué los está criando… (Pausa). ¿Alguna noticia interesante en la prensa?

Eustaquio.— ¡Qué casualidad! Mire esta nota curiosa... La gente dice que un lagarto se ha comido entero a un niño.

Jacinto.— ¿Dónde?

Eustaquio.— Cerca, muy cerca, en uno de esos islotes que se ven desde aquí.

Jacinto.— ¿Y usted piensa que…?

Eustaquio.— Sí. Podría tratarse del lagarto que vimos hace unas semanas. Bastante agresivo le noté. ¿Vio como los otros se metieron al agua temerosos? Ese no: allí se plantó, como si quisiera dar pelea. Nos tuvimos que orillar como tres metros para poder pasar. Lástima que no lo halláramos al regresar con la carabina…

Jacinto.— Hace un calor terrible, agobiante, criminal... El propio viento parece haber muerto de asfixia. ¿Desea que le sirva una cerveza?

Eustaquio.— Es una buena idea. Sírvase también usted una. Si quiere puede dejar aquí esa toalla.


Jacinto deja la toalla sobre el respaldo de la banqueta. Entra y cierra la puerta. Eustaquio dobla el periódico. Se levanta y enciende un cigarrillo.

 

Eustaquio.— ¡Calor estúpido éste! ¡Y los mosquitos que no le dejan tranquilo a uno! En mala hora compré esta finca… (Pausa). ¿Cómo pudo Jacinto… hacerme esto? ¿Quién sabe desde cuando se ríen de mí? ¡Con qué furia habrá matado ese tal Baudilio Mata a la gringa y al ingenierito! ¿Habrá afilado el mismo el machete? ¿Los habrá seguido? ¿Habrá esperado que los dos estén juntos, revolcándose, jadeando de lujuria para descargar el primer golpe? (Pausa). Ideas enfermizas… No debo pensar en eso…


Nueve campanadas lejanas interrumpen el soliloquio de Eustaquio. Entra Jacinto con dos cervezas, un charol y servilletas. Ofrece una cerveza a Eustaquio.

 

Eustaquio.— ¡Salud! (Bebe).

Jacinto.— ¡Salud! (Bebe). ¡Qué refrescante!

Eustaquio.— Si… refrescante…


Entra Maribel. Está desnuda y mojada.

 

Maribel.— ¿Qué ha pasado con mi lagarto? ¿Quién le ha cubierto con esa horrible manta? (Descubre con violencia al lagarto de piedra y lanza al suelo la manta).

Eustaquio.— ¿En verdad te gusta?

Maribel.— (No contesta a Eustaquio. Se dirige a Jacinto). ¿Me alcanza esa toalla, por favor?

Jacinto.— Claro. Con gusto.

Maribel.— (A Jacinto). Pensé que usted me llevaría la toalla…

Jacinto.— Iba a hacerlo en este momento… Se me pasó el tiempo.

Eustaquio.— Yo le impedí que vaya. Le dije que las campanas de la iglesia no habían sonado… todavía…

Jacinto.— Últimamente está atrasándose el reloj de la iglesia. Hace un par de días, cuando fuimos a comprar pescado al puerto, me pareció ver algunos hombres trabajando en la torre.

Maribel.— No importa. Si me disculpan… Debo vestirme.


Maribel entra a la casa.

 

Eustaquio.— ¡No debería hacerlo!

Jacinto.— ¿Teme que alguien la vea así?

Eustaquio.— ¡Es una indecencia!

Jacinto.— No sé por qué se enfada hoy… Siempre lo ha hecho… Esta es casi una playa abandonada. Nadie pasa por estos lados, excepto las jaibas y los cangrejos, con sus patas de porcelana, rosadas y brillantes a la luz de la luna… El estero es peligroso por la noche. La marea sube y las raíces del manglar forman una red impenetrable…

Eustaquio.— ¡Sabe muy bien que eso me disgusta! ¡Lo sabe muy bien!

Jacinto.— Eustaquio…

Eustaquio.— ¿Si?

Jacinto.— Dígame… ¿por qué jamás me trató como hermano?

Eustaquio.— ¿Cómo dice?

Jacinto.— Usted sabe… soy hijo de su padre. Aunque llevo el apellido Briones, de mi made, soy tan Alcívar como usted. Soy su hermano. Sin embargo… me trata como si fuera un extraño. Ni siquiera nos tuteamos. ¿No deberíamos tutearnos?

Eustaquio.— Si usted quiere…

Jacinto.— ¡Déjelo! ¡Es inútil! ¡No se esfuerce! (Pausa) ¿Puedo preguntarle algo?

Eustaquio.— Diga…

Jacinto.— Cuando usted me mandó llamar, me dijo que necesitaba que yo le haga una escultura… Yo sabía muy bien que eso no era cierto… (Se acerca al lagarto de piedra y lo acaricia). Usted jamás miró siquiera este lagarto… ¿Por qué me mandó llamar? ¿Por qué insiste en que yo viva con ustedes aquí… en esta soledad?


Eustaquio no responde. Entra en la casa. Jacinto recoge las botellas, las servilletas y el periódico. Limpia la banqueta y también entra a la casa. Se apagan los faroles. El escenario queda por un instante en completa oscuridad.


Se enciende la luz en el lado izquierdo del escenario. Maribel está acostada y hojea una revista. Le corresponde el lado izquierdo de la cama, el que queda cerca del balcón.

Entra Eustaquio. Va directo hacia la computadora y la enciende. Se sienta.

 

Eustaquio.— (Tipea en el teclado y lee en voz alta). « El lagarto cebado. Capítulo primero. (Pausa). Imagine usted, estimado lector, que sale un buen día al jardín de su casa y se topa de manos a boca con un lagarto. Sí, con un enorme saurio de dos metros, lleno de escamas pintadas de verde, amarillo y azul, que se desplaza ágilmente sobre sus cuatro patas, mientras hiende el sendero con sus afiladas uñas. De las descomunales mandíbulas emergen largos y agudos dientes. La cabeza ovalada y feroz. Los ojos encendidos, como los de un asesino contumaz. ¿Qué impacto le causaría este inusual encuentro? Terror, admiración, curiosidad… todo esto, al mismo tiempo».

Maribel.— ¿Vas a empezar nuevamente con eso, querido? Me has leído y releído ese párrafo unas doscientas veces. ¿Nada has avanzado? Pasas todo el día pegado a esa computadora… Tac-tac, Tac-tac, Tac-tac…

Eustaquio.— De esto vivimos, querida. ¿No te gusta la literatura? "La literatura es mi pasión" me dijiste cuando nos presentaron. "¿Es usted escritor? ¡Qué cosa más notable!" (Nuevamente fija su atención en la computadora). «¿No son, al fin y al cabo, el lagarto, el caimán y el cocodrilo animales temidos, odiado, venerados en la literatura antigua? ¿No lo mencionan incluso algunos textos religiosos como animales sagrados?».

Maribel.— ¡Y dale con el lagarto! Estás obsesionado con eso. Los lagartos son inofensivos y se limitan a devorar insectos. Mientras tanto tú, en ese relato, los estás pintando como si fueran monstruos o asesinos.

Eustaquio.— ¿Entonces… tu crees que..?

Maribel.— Que escriben cosas irreales, pura fantasía, sin nexo con la realidad. En verdad pienso que con eso buscas tan solo escapar, huir de ti mismo. (Pausa). Por esa razón compraste esta finca y me trajiste hasta aquí. Por eso vivimos aislados de todos y de todo. ¿No te das cuenta Eustaquio? Al otro lado de los manglares hierve la vida. Se afanan los pescadores con sus lanchas. Salen las mujeres a caminar por las noches. Nadan los niños en los esteros… Se canta y se baila. Hasta el cura levanta su campanario hasta el cielo… Pero aquí… Aquí solamente me visitan los lagartos… de tarde en tarde. (Pausa). Me gustaba, claro que me gustaba la literatura. Me encantaba el teatro, la poesía… pero todo eso lo ha ido secando la soledad, el encierro forzoso, esta cárcel que has construido para ti, para mí y para tu propio hermano.

Eustaquio.— ¡Ya te he dicho que él no es mi verdadero hermano!

Maribel.— ¿No es hijo de tu propio padre? Él es más Alcívar que tú.

Eustaquio.— ¡Es ilegítimo!

Maribel.— Por Dios, Eustaquio… ¿En qué siglo vives?

Eustaquio.— (Retorna a la pantalla del computador y escribe velozmente, con desesperación). «Eso es precisamente lo que a mí me ocurrió. Todo es tan confuso. Jamás pensé que los lagartos asesinos pudieran existir, pero allí estaba… mirándome con sus llameantes ojos... que lograron paralizarme por momentos...».


Mientras Eustaquio escribe y lee, al mismo tiempo, en voz alta su novela, Maribel se levanta de la cama, se le aproxima y le habla con ternura, como si fuera un niño.

 

Maribel.— Eustaquio. Te hablo y no me escuchas. No prestas atención a lo que digo. Los lagartos que hemos visto por aquí no llegan a un metro de largo. Por más fantasías que escribas no puedes engañar a la gente… Otra cosa es un cocodrilo. Ese sí que puede llegar medir hasta cuatro o cinco metros… pero un pobre lagarto… (Pausa. Se agacha y toma uno de los libros del suelo). Mira: "Veinte poemas de amor y una canción desesperada". ¿Por qué no me lees los poemas de Neruda? (Le abraza por la espalda y le besa el cuello y las orejas).

Eustaquio.— (Zafándose). Neruda, Neruda… ¿Qué tienen de malo mis poemas?

Maribel.— ¿Qué culpa tengo yo si me gusta Neruda? (Lo vuelve a abrazar). Escribe, por ejemplo: "La noche está estrellada y titilan azules los astros a lo lejos. Yo la quise. A veces, ella también me quiso".

Eustaquio.— ¡Discúlpame un minuto, antes de que se me escape esta idea! (Escribe en la computadora y lee en voz alta). «No a todo el mundo le gustan las serpientes o los lagartos. Por ejemplo, mi madre los detestaría».

Maribel.— Esa señora detesta a todo el mundo.

Eustaquio.— Maribel… no empieces con eso…

Maribel.— (Coqueta). ¿Vienes?


Eustaquio apaga la computadora y sigue a Maribel, como un perrito faldero. Se acuesta. Maribel se acerca hacia él, pero Eustaquio la rechaza. Se voltea y se queda dormido.


El escenario queda en penumbra. Una luz lechosa se filtra a través del balcón, enclavado en la pared derecha del dormitorio.

Desde la torre de la iglesia suenan diez campanadas. Hay una pausa y suenan once campanadas.

Marido y mujer duermen plácidamente.

Suenan doce campanadas.

Se escucha el zumbido sordo de una lancha, con motor fuera de borda, que pasa muy cerca, casi rozando el balcón. La ventana tiembla, como si alguien empujara las puertas desde afuera. Se abre. Entra El Lagarto, con una lámpara antigua.

 

El Lagarto.— Eustaquio… Maribel… Apetitosa pareja. Se me hace agua la boca… (A Eustaquio) ¿Cuándo la mandas desnuda al estero… para dejártela nuevita? Ja, ja, ja… Soy un lagarto, lagartón… ¡Nadie es perfecto! ¿Qué veo aquí? Libros y más libros. Historias de muerte, de violencia, de asesinatos, de suicidios, de guerra. (Toma un libro del suelo y arranca una a una las hojas). ¿Le quiere? ¡No le quiere! ¿La quiere? ¡No la quiere! Estúpido juego el del amor. (Lanza al aire el libro mutilado. Toma otro libro y lee, con ayuda de su vieja linterna).

«Un largo lagarto verde,
Con ojos de piedra y agua.
Alta corona de azúcar
Le tejen agudas cañas.»

¿No es esto de Nicolás Guillén? Vaya coincidencia. Encontrarme así, de sopetón, con este antiguo texto. (Suelta el libro y toma otro. No lo abre, solamente lee el título y el autor). «Blues cola de lagarto» escrito por Roberto Castillo Udiarte. No me gustan los blues. (Frente al computador, acariciándolo). ¡Oh… la pasión de la literatura! ¿Quién pudiera dedicar las mejores horas de su vida a relatar historias? (Toma otro libro y lee el título). "Fedra y otras tragedias", Racine, por supuesto. ¡Amo las tragedias! (Lanza por los aires el libro de Racine). ¿Y los libros escritos por ti, Eustaquio? ¿Cuáles son tus obras? Me gustaría leer algo de tu pluma… (El lagarto sopla). Viento helado de la noche, mi fatal aliado, acompáñame… (Se escucha el ruido del viento y los esposos se abrazan, porque sienten frío). He traído conmigo un hechizo maravilloso. (A Eustaquio). Eustaquio: ¡Esto te facilitará el trabajo! (Abre una bolsita y lanza un polvo blanco por toda la habitación). Es el polen del hastío… algunos lo llaman veneno… Adiós. Que tengan felices sueños.


Se escucha nuevamente el ruido de la lancha deslizándose velozmente por el agua. Parece que los vidrios de las ventanas se van a romper. Maribel se incorpora, pero no se levanta.

 

Maribel.— ¿Qué es eso? ¡Dios mío! ¡Eustaquio! ¡Amor!

Eustaquio.— ¿Qué?

Maribel.— ¿No lo escuchas? ¿No lo sientes? ¡Este ruido! ¡Este frenético estremecimiento!

Eustaquio.— Déjame dormir. Yo nada siento…


El pito estridente de un enorme buque irrumpe violento en la habitación. Una potente luz recorre el escenario.

 

Maribel.— ¡Es el faro de un buque! ¿Cómo puede ser esto posible? ¡Eustaquio! ¿Tampoco escuchaste eso?

Eustaquio.— ¿Qué pasa, mujer?

Maribel.— ¡El pitazo de un buque! Después la cegadora luz. Era como ojo luminoso y terrible de una enorme bestia marina, volcándose sobre el dormitorio.

Eustaquio.— (Se incorpora y enciende su lámpara). ¿Un buque, dices? Debes estar soñando. Estas aguas son poco profundas, cariño. Si por alguna casualidad llegara a venir por acá alguna nave, quedaría encallada.

Maribel.— ¿Y si alguien se ha perdido?

Eustaquio.— ¡Perdido!

Maribel.— He oído que los contrabandistas atracan en las playas más despobladas…

Eustaquio.— (Sarcástico). ¡Claro! ¡Los contrabandistas! ¡Qué imaginación la tuya! ¿Para qué vendrían acá si pueden llegar directamente al pueblo a través del estero? ¿Y? ¿Entonces?

Maribel.— ¿Estaría soñando?

Eustaquio.— Ahora déjame dormir que estoy cansado.


Maribel se acuesta y se vira hacia la derecha. Eustaquio apaga la lámpara y también se acuesta.

 

Maribel.— ¡Eustaquio! (Pausa). ¡Eustaquio! ¿Ya estás dormido?

Eustaquio.— ¡Ya!

Maribel.— ¿Puedes hacerme un favor?

Eustaquio.— ¡No!

Maribel.— No seas malo conmigo. (Pausa). ¡Eustaquio!

Eustaquio.— (Se incorpora y enciende su lámpara). ¿Qué pasa esta vez?

Maribel.— ¿Podrías decirle a tu hermano que suba? ¿Podrías, por favor?

Eustaquio.— ¡Ya te he dicho que Jacinto no es mi hermano!

Maribel.— ¿Puedes pedirle que venga?

Eustaquio.— ¿A esta hora?

Maribel.— No ha podado las palmeras. No ha cortado la grama, que tanto trabajo nos costó aclimatar. Tú sabes que no puedo dormir si no está arreglado el jardín.

Eustaquio.— ¿No puede hacerlo mañana?

Maribel.— Para mañana ya sería demasiado tarde. Me habría desvelado. Me sentiría tan agotada, tan deprimida…

Eustaquio.— ¡Está bien! (Se levanta). ¡Francamente ya no sé qué hacer contigo!


Eustaquio sale por la puerta del fondo.

 

Maribel.— (Se incorpora y enciende su lámpara). Esto de casarse con un escritor no le deseo ni a mi peor enemiga. Todo el tiempo en la computadora "Tac-tac Tac-tac". Ningún ejercicio físico. Ningún deporte. Ya parece embarazado con esa barriga que le cuelga como bolsa de canguro. Claro que al comienzo era interesante. Reuniones en el club de los marinos, conferencias en la Casa de la Cultura, reconocimientos y premios en la universidad… Después compró esta maldita finca y allí empezó el infierno. ¿Y qué nos ha quedado en esencia? Libros y más libros. Ya no tenemos dónde poner tanto papel. (Toma un libro y le da un vistazo). Era medio famoso… Era… Sus cuentos aparecían en las mejores revistas del país… Ahora está acabado… ¿Qué encontraban en sus historias? ¿Cuál era el encanto de su estilo? Si por lo menos fuera un poco ordenado, organizado, metódico. Un rato de estos voy a botar toda esta basura…


Entra Eustaquio, seguido por Jacinto.

 

Jacinto.— ¿Entonces ese tal "Lagarto de la Magdalena"?

Eustaquio.— Imagínese, con un saco de pólvora que estalla… ¡Bum! ¡Voló en pedazos por el aire!

Jacinto.— Algo parecido deberíamos tramar por aquí…

Maribel.— Libérese de esas botas, por favor. Camine con cuidado. Hay tanto libro en este dormitorio… podría tropezar de manos a boca con alguna "obra maestra".

Jacinto se saca las botas y se acerca hacia el lado derecho, cerca del balcón.

Eustaquio.— ¿Cortó la grama esta mañana?

Jacinto.— No tuve tiempo para eso. Estuve podando las enredaderas.

Maribel.— Desnúdese. No podemos perder el tiempo. Mi marido está cansado y quiere dormir. ¿Qué le pasa? ¿Tiene vergüenza de él? (A Eustaquio). ¿Podrías virar un rato la cara, por favor? ¡Te tiene recelo!


Eustaquio se acuesta y apaga su lámpara. Jacinto se desnuda.

 

Maribel.— ¡Acuéstese!


Jacinto se acuesta. Maribel apaga su lámpara. La habitación queda a oscuras. Se escucha el ruido de una cortadora de césped.

 

Jacinto.— ¡Qué hermosas margaritas han brotado en los rincones! Tan delicadas, tan frescas. ¿Puedo?

Maribel.— Claro. Con confianza.


El ruido de la cortadora se escucha nuevamente.

 

Eustaquio.— Podía haber puesto un poco de aceite en esa podadora. Hace un ruido infernal.

Maribel.— ¡Te quejas de todo, Eustaquio! ¡Déjale que trabaje en lo suyo!

Jacinto.— Hago lo que puedo.

Maribel.— ¡Qué bien que corta usted! No solo que es un buen escultor, también ha resultado ser un excelente jardinero. El que sabe… sabe. Lo deja todo liso, hermoso, fresco… No se olvide de limpiar los filos.


Se escucha nuevamente el ruido de la cortadora.

 

Jacinto.— He terminado.

Maribel.— ¿Tan rápido?

Jacinto.— Casi no ha llovido últimamente. La hierba no estaba tan alta.

Maribel.— ¿Y los filos?

Jacinto.— También los he cortado.

Maribel.— ¿Escuchó usted el ruido del buque?

Jacinto.— Si, lo escuché. Yo estaba en la cabaña cuando pasó esa máquina. Todo trepidó. Cayeron los cajones de los libros y se desperdigaron por el piso. El primer pitazo me hizo estremecer. Cuando pitó la segunda vez ya no me cogió desprevenido. ¿No lo vio usted desde el balcón? Yo me habría precipitado hacia la ventana. ¿Quién puede perderse un espectáculo como ese?

Maribel.— No quería despertar a mi marido. Trabaja tanto el pobre.

Jacinto.— Usted siempre tan considerada. (Pausa). ¿Puedo retirarme?

Maribel.— Si, claro. Gracias por sus servicios.

Jacinto se levanta. Las luces permanecen apagadas. Busca a tientas la salida. Tropieza con los libros y cae.

Maribel.— (Se incorpora y enciende su lámpara). ¿Qué hace allí? ¿Con qué ha tropezado esta vez?

Jacinto.— (Toma uno de los libros y lee el título). He tropezado con "El amante de Lady Chatterley".

Maribel.— ¡Qué título más sugestivo! ¿Quién es el autor? (A Eustaquio). ¿Fuiste tú, cariño?

Eustaquio.— Ese libro lo escribió David Herbert Lawrence.

Maribel.— ¿Es interesante?

Eustaquio.— (A Jacinto). Arrójelo por la ventana, por favor. Es literatura decadente.

Jacinto lanza el libro por el balcón.

Maribel.— Qué pena que lo haya botado. Me hubiera encantado leerlo.

Jacinto toma las botas y se las pone. Avanza hacia la puerta del baño.

Eustaquio.— Atranque la puerta cuando salga, por favor.

Jacinto.— ¿Ya no me necesitan?

Eustaquio.— Ya no. ¡Espere!. ¡Esa no es la puerta de salida! Por allí se va al baño.

Jacinto.— Disculpe. Qué torpe soy. Felices sueños.

Eustaquio.— Una cosa más. Casi me olvido. Encienda los faroles externos.


Jacinto abandona el escenario. Sale por la puerta del fondo. Maribel apaga su lámpara y se acuesta. Se encienden los faroles externos. Se ilumina la puerta principal y el porche. Marido y mujer duermen plácidamente. Oscuridad total en el interior de la casa.

Desde la torre de la iglesia suena una campanada.

Desde la playa llega el ruido de pasos, luego risas de hombre y de mujer. Ingresan a escena el Vendedor, el Hombre y la Mujer.

 

Vendedor.— Esta es la casa del escritor…

Hombre.— (A la Mujer). ¿Te acuerdas? Te hablé de él… Era un hombre muy importante, hasta famoso, diría yo.

Mujer.— ¿Y ese es el balcón? ¡Qué ventanas más lindas! Me encantaría vivir en una casa como esta. Llena de plantas y pequeños farolitos. ¡Qué cosa más romántica! (Pausa). ¡Huy! ¡Qué susto! ¿Y ese animal tan horripilante?

Hombre.— Es un lagarto. Pero no te asustes. Es tan solo una escultura de piedra.

Mujer.— ¿Y ese libro?

Hombre.— ¿Dónde?

Mujer.— Aquí. (Se agacha y toma el libro). ¿También lo habrá escrito él?

Hombre.— ¡Déjame verlo, mujer! ¡Presta acá ese libro!

Mujer.— No. Yo lo vi primero.

Hombre.— No se debe leer todo lo que le cae a uno en las manos… ¿Cuál es el título de ese libro?

Mujer.— "El amante de Lady Chatterley".

Hombre.— Me encantan las historias de amantes. ¿Me lo prestas?

Mujer.— ¿Lo habrá escrito él?

Hombre.— Es bastante probable…


Se escuchan dos campanadas en la torre de la iglesia.

 

Mujer.— ¡Las dos de la mañana! ¡Qué miedo! Y nosotros aquí, solos… en esta casa maldita…

Hombre. Si, son las dos. El reloj del campanario jamás miente. Pero no creo que debamos asustarnos. Los muertos, están bien muertos.

Mujer.— ¿Cuántos años han pasado desde que encontraron los cuerpos?

Vendedor.— Tres años.

Mujer.— ¿Y nunca se supo qué pasó aquí?

Vendedor.— La típica historia de engaño, celos y asesinato. Todos envenenados: el escritor, su mujer y un tal Jacinto. Los encontraron mutilados, devorados parcialmente por los lagartos. El veneno debe haber sido bastante fuerte… También murieron los lagartos.

Hombre.— ¿Quién encontró los cadáveres?

Vendedor.— Vea lo que son las cosas… Maribel y Jacinto habían decidido fugarse. Contrataron para eso una lancha con motor fuera de borda, de esas que meten mucho ruido. Llegó el tipo y esperó y esperó... Allí, al pie de esa palmera había estado como dos horas. Muriéndose de frío…. A la madrugada sopla una brisa helada por aquí. Entonces decidió acercarse…

Mujer.— ¡Qué historia más trágica!

Vendedor.— La culpa es siempre de las hembras, patrona. Dicen que Maribel solía salir desnuda por las noches y que se bañaba justo allí, en esa playa… Era una mujer hermosa, ardiente…

Mujer.— ¿Nadaba en el mar? ¿Por la noche? ¿Desnuda? ¡Qué locura! ¡Yo ni loca me metería al mar en la noche! ¡Peor desnuda!

 

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