P O R T A D A             Eduardo Moga
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  36     Antología de Eduardo Moga        
Poema VII
de Las horas y los labios
 
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Leo el silencio, a lentas masticaciones. Leo el mar que no alcanzo a ver, pero cuyo azul numeroso lame los cipreses y las palabras. Leo las palabras que gotean: nazco bajo sus escamas tajantes. (El mar se ha ido: lloro sus ascuas; leo.) Pero ¿reconozco aún los espacios abrasados por la lluvia, la última estancia de la miel? ¿Vuelan en mis ojos las gaviotas que veo o son manchas inútiles en las circunvoluciones de lo abierto?

El mar está lejos. (O cerca: en el pecho, sembrando su humo; en la retina, mojada de añil). El mar llamea, como este papel en el que me embarro, como este teléfono en el que convergen cuerpos solos, unidos por un sombrío estertor. Los pechos que amo descansan en otras manos, mientras el mundo es un jirón de fuego, el animal parsimonioso del poema.

Se ha abierto, sin embargo, la puerta. No hay nadie. Se ha abierto para que no olvide que los objetos, pesados, han visitado mi cuerpo, y que lo poseen. Mi tedio, seminal, construye entonces otro centro, otro país donde transformarse en acto. No hay nadie cuya carne sienta, nadie que me dé su sombra tensa, la humedad de su ceniza. Pero la palabra remonta la sangre y le habla al niño duro, al hombre de la desesperación.

Se ha abierto la puerta y cruzo su umbral y sigo aquí, sobre el mismo sillón agujereado por los cigarrillos de alguien que ya ha muerto, junto al mismo cajón ojeroso, frente a esta pantalla que soy yo, cuyas deposiciones soy yo, irrealidad que me transfunde realidad.

Una palabra, muchas palabras, como un caliente derrumbamiento, me indican el camino hacia el sol. Libre de mí, aparto los códigos. En los folios hay pámpanos, azoteas frutecidas en la ventana.

Y vigilia. Y pechos que regresan.


 

 

 

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