P O R T A D A                 Ilustración de la cubierta de "El alma oblicua", obra de Manuel Luca de Tena Navarro.    
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Poemas de
El alma oblicua

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Los zapatos amarillos

Con su base de madera aparecían,
escondidos, fascinantes, imposibles
y señeros. No podía sustraerme
a su extrañeza: me postraba
y descubría. Hipnotizaban un deseo
despojado de cuitas: alegre y
puro. Ni las botas azules, ni
la airosa abotonadura abierta
en los de cuero. Sublimaban
el airoso ritmo del claquet, la
contradanza del charol, el arabesco
entobillado del flamenco. Solaz del
pícaro, refugio fulgurante del payaso,
talón de Aquiles del dorado dandy
adamascado. Confundían su tamaño
con mi pie, y en mis manos, destellaban
movimientos en potencia. En sus pasos
presentía los latidos del sonriente
bienestar. Ni de cristal ni de heliotropo
su materia: de la arena y del azufre
de los sueños. Lamidos por su orilla
vigilante, irradiaban luz sus vetas
pinceladas. No era maldad su
extravagancia: eran la urgencia
cenital. Era el ardor del caminar
sobre la tierra, con un gesto de
imprudencia y de jactancia, rebosante
y gualda. En su suelo, ciertos signos
no leídos inscribían historias para ser
sentidas: indicio amable de que nunca
contendrían más función que la de
ornar las ondas del descanso.
Que su huella no será sino
la ciega geografía donde anidan
los heraldos amarillos. Mensajeros
de regiones que no fueron
profanadas, ni en sonoros
pasos del vértigo vertidas.

 

 

 

Significantes

Amor reside en los significantes.
Lo que escucho es tan sólo lo que tú
me expresas: sabe a tu voz, brota
en tu grafía. No hay remisión
posible a otro concepto. Si se alza
un árbol ante mí, es ése y no cualquiera
el que ansío que contemples; en este tronco
se agita cuanto falta; en esta rama
erguida, yérguese la maravilla
de saberte. No piso otro suelo
ni beso otra respiración. Nada se aleja
de la forma que la esculpe. El color
se demora en la instantánea. La letra
agrava el ángulo de su figura;
anuncia la mañana
tu clavícula. El sonido de tus sueños
la desnuda. Lo lejano es infinito
sin tu sombra. Los nombres de los otros
se me olvidan. Los objetos
que no tocas, pierden brillo y densidad,
y se extravían. Nada saben.
Nada indican. La memoria es carne, y
la apariencia, realidad. Más cuando
el signo que es metáfora recupera
su articulación, algo
comienza a expirar. Surge, hostil,
el reino de los ruidos.
Y todo grita su silencio
y todo vuelve al sinsentido.

 

 

 

Cautiva

De la impostura al cautiverio
no hay un abismo,
tan sólo un fuego que flota
y de pronto estalla. Deja así
la estela absurda de los pies
con barro y sin huella. La ocasión
deshabitada que se humilla
como la cifra cautiva
de una ecuación sin resolver.

 

 

Cubierta de El alma oblicua, de Vicente Cervera Salinas.

   
             
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